
Las declaraciones de Martínez Guijarro calificando de “incongruente” la postura del Partido Popular respecto al convenio de ADIF desvían el foco de la cuestión esencial: qué modelo económico y urbano se está consolidando en Cuenca y a quién beneficia realmente.
En ese contexto, cobra especial relevancia una infraestructura concreta que suele presentarse como incuestionable: el vial de conexión con la estación del AVE. La pregunta es obligada: ¿es realmente necesario tal y como se plantea, o responde a una lógica que puede estar perjudicando a la propia ciudad?
Las recientes tensiones políticas en torno al convenio de ADIF han centrado el foco en la coherencia de los votos y el ruido institucional. Sin embargo, tras el cruce de declaraciones entre el Gobierno regional y la oposición, subyace una cuestión mucho más profunda y alarmante para el futuro de Cuenca: qué modelo de ciudad estamos construyendo y a quién beneficia realmente esta conectividad extrema.
La trampa de la hiperconectividad
El vial de conexión con la estación de la alta velocidad se presenta a menudo como una infraestructura incuestionable. No obstante, cuando se analiza de forma estructural, surge una pregunta incómoda: ¿está diseñado para que la gente venga o para que se marche más rápido?.
Al optimizar el desplazamiento con viales rápidos, autobuses gratuitos y lanzaderas, se está facilitando un modelo de movilidad basado en la entrada y salida diaria. El resultado es una «ciudad dormitorio invertida»: un lugar donde se genera el empleo, pero no se desarrolla la vida.
El coste oculto: La fuga de consumo
Este fenómeno no es una teoría técnica; tiene rostros y sectores económicos concretos que sufren las consecuencias. Personal sanitario del nuevo hospital, empleados de empresas como Sumitomo y funcionarios desplazados encuentran ahora más fácil trabajar en Cuenca sin necesidad de residir en ella.
Para el comercio local, esta facilidad de huida es una herida abierta en su cuenta de resultados:
- Hostelería: Cada trabajador que sube al AVE al terminar su jornada es una cena o una caña menos en bares y restaurantes locales.
- Comercio de proximidad: El gasto cotidiano se traslada a las ciudades de origen, debilitando el tejido comercial conquense.
- Servicios y ocio: Se reduce la circulación de dinero, limitando la capacidad de crecimiento de nuevos negocios culturales o de servicios personales.
La fórmula del arraigo frente a la descapitalización
La conectividad, por sí sola, no es una inversión neutra. Si no se acompaña de políticas de arraigo, se convierte en un acelerador de la fuga de riqueza. El análisis es matemático: Conectividad + Ausencia de políticas locales = Descapitalización.
Para que Cuenca no sea solo un lugar de paso, la inversión debe equilibrar el «moverse rápido» con el «quedarse a vivir». Esto implica priorizar medidas que generen pertenencia:
- Vivienda accesible para fijar población joven y trabajadores desplazados.
- Incentivos fiscales que favorezcan la residencia efectiva.
- Servicios familiares atractivos que conviertan la ciudad en un proyecto de vida, no solo en un destino laboral.
Un futuro que se decide en cada trayecto
El verdadero debate no está en la infraestructura en sí, sino en sus efectos acumulativos sobre la vida urbana .
Cada tren que parte no solo transporta pasajeros: también puede estar llevándose consumo, relaciones sociales y oportunidades de arraigo. Cada mejora en la conectividad plantea, al mismo tiempo, una disyuntiva silenciosa entre permanecer o marcharse.
Cuenca se encuentra ante una encrucijada que no admite simplificaciones. Apostar únicamente por la velocidad y la conexión externa puede convertirla en un espacio funcional, eficiente pero deshabitado en lo esencial. En cambio, complementar esa conectividad con políticas decididas de arraigo abre la puerta a un modelo más equilibrado, donde moverse rápido no esté reñido con quedarse.
En última instancia, el futuro de la ciudad no se decidirá en los convenios ni en los titulares, sino en las elecciones cotidianas de quienes la habitan —o podrían hacerlo—. La pregunta sigue abierta: ¿será Cuenca un lugar al que se llega… o del que resulta cada vez más fácil irse?