
En honor y gloria de Javier López Salmerón
Hay canciones que nacen para acompañar un verano y otras que llegan para quedarse en la conciencia de un pueblo. Las de Javier López Salmerón pertenecen a esa segunda estirpe: la de las palabras que no aceptan el olvido. En una época donde todo parece condenado a la fugacidad —la noticia instantánea, la indignación efímera, el titular de usar y tirar—, el autor conquense ha decidido levantar algo mucho más difícil: memoria.
Y lo ha hecho desde la música, que es quizá la forma más humana de resistencia.
Escuchar sus letras es volver a oír el silbido de un tren que muchos quisieron dar por muerto. Pero no hay defunción posible cuando todavía quedan ciudadanos capaces de nombrar aquello que les duele. Porque el ferrocarril convencional Madrid-Cuenca-Valencia no era solamente una infraestructura; era una arteria sentimental, una forma de pertenencia, un puente entre generaciones. Por sus ventanillas viajaron estudiantes, trabajadores, soldados, enamorados, emigrantes y abuelos con bolsas de rafia y bocadillos envueltos en papel de plata. También viajaba algo más profundo: la sensación de que Cuenca seguía conectada al mundo sin renunciar a sí misma.
Eso es precisamente lo que Javier López Salmerón entiende con admirable lucidez poética.
En sus composiciones no hay panfleto, sino dignidad. No hay consigna hueca, sino una emoción civil que brota de la tierra. Cuando escribe “un pueblo sin caminos se empieza a desconectar”, no está hablando únicamente de raíles. Está hablando de la despoblación emocional de un territorio al que demasiadas veces se le exige resignación disfrazada de modernidad.
Porque quizá el gran talento del autor reside en haber comprendido algo esencial: que el progreso auténtico nunca puede construirse sobre el abandono. Hay una belleza amarga en esa denuncia que atraviesa sus versos, una mezcla de rabia serena y amor por la ciudad herida. Frente al lenguaje burocrático de expedientes, competencias y planes estratégicos, López Salmerón devuelve humanidad al debate. Les pone voz a quienes sienten que las decisiones sobre su futuro fueron tomadas demasiado lejos de las estaciones vacías.
Y ahí aparece el verdadero valor de su obra: convertir una reivindicación ferroviaria en un relato moral.
No es casual que sus canciones invoquen continuamente al pueblo, a la memoria y a la democracia real. Son palabras grandes, sí, pero pronunciadas desde abajo, desde la intemperie de quienes ven desaparecer servicios esenciales mientras se les promete un mañana abstracto. En tiempos de cinismo político y resignación colectiva, resulta profundamente conmovedor encontrar a alguien que todavía cree en el poder de la palabra compartida.
Cuenca necesita voces así.
Necesita creadores que recuerden que una ciudad no se defiende únicamente con estadísticas o informes técnicos, sino también con emoción, identidad y cultura. El arte, cuando nace de una verdad profunda, puede convertirse en una forma de patrimonio colectivo. Y estas canciones lo son. Porque hablan del tren, sí, pero también hablan de algo mucho más grande: del derecho de los territorios a no ser borrados lentamente del mapa sentimental de un país.
Quizá dentro de unos años alguien vuelva a escuchar estos versos y comprenda mejor lo que ocurrió aquí. Comprenda que hubo ciudadanos que no aceptaron el silencio de las vías como algo inevitable. Que hubo quienes defendieron el tren convencional Madrid-Cuenca-Valencia no por nostalgia vacía, sino porque entendían que la cohesión territorial no puede depender exclusivamente de la rentabilidad inmediata.
Mientras tanto, Javier López Salmerón ya ha conseguido algo importante: que la memoria siga circulando aunque los convoyes hayan dejado de hacerlo.
Y a veces, en los pueblos que se niegan a desaparecer, una canción puede convertirse en el último tren de la dignidad.