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Los vanidosos de La Parra de las Vegas. 51 (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el mayo 16, 2026 por Juan Andrés Buedo
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En la mañana luminosa de San Isidro, La Parra de las Vegas volvió a reconocerse a sí misma en el espejo antiguo de sus tradiciones. Hay pueblos que celebran sus fiestas como un simple calendario heredado; otros, en cambio, las viven como un acto de reafirmación colectiva, como si cada campana, cada saludo y cada conversación fueran una manera de impedir que el tiempo devore la memoria. La Parra pertenece a esta última categoría: la de las tierras que aún conservan alma.

Después de aquel largo silencio que interrumpió esta serie el 26 de julio de 2025, hoy reabro las ventanas de Los vanidosos de La Parra. Y no ha sido un impulso casual. Ha bastado la frase cariñosa de una querida amiga, Vicenta —con esa simpatía cordial que sólo poseen las personas verdaderamente buenas— para devolverme a la escritura: “nos tienes abandonados”. A veces, una frase sencilla contiene la fuerza suficiente para rescatar un mundo entero.

La celebración de San Isidro comenzó con una misa encomiable, oficiada por el cura párroco con una serenidad cercana y una palabra limpia. Glosó la figura del santo labrador como ejemplo de humildad, de trabajo silencioso y de bondad compartida. En tiempos dominados por la exhibición y la estridencia, escuchar hablar de un hombre que santificó la sencillez de la tierra posee una resonancia casi revolucionaria. El sacerdote supo enlazar el trigo con el espíritu, la sementera con la esperanza, y recordó que los pueblos sobreviven no sólo por sus cosechas materiales, sino por la fertilidad moral de quienes los habitan.

Mientras la mañana avanzaba entre saludos, reencuentros y el leve rumor de las conversaciones dispersas en la plaza, advertí una vez más el profundo significado antropológico de estas reuniones rurales. Las fiestas patronales son, en realidad, un inmenso archivo emocional. Allí comparecen los ausentes, regresan los que emigraron y se reconocen los descendientes que apenas empiezan a comprender de dónde vienen. En los pueblos pequeños, la identidad nunca es una abstracción: tiene nombre, parentesco, calles concretas y recuerdos compartidos.

El diálogo con mi prima Elena, con mi esposa Juli y con Ana derivó pronto hacia aquello que inevitablemente ocupa el corazón de quienes avanzamos por la edad madura: los enlaces matrimoniales de nuestros descendientes, el embarazo ilusionante de la hija de Ana, los proyectos familiares que anuncian la continuidad de la vida. En esos instantes comprendí que la verdadera historia de los pueblos no se escribe en los archivos oficiales, sino en conversaciones aparentemente humildes como aquella, sostenidas junto a una mesa o bajo el cielo abierto de una mañana festiva.

Y entonces apareció Vicenta con la memoria encendida. Surgieron las anécdotas juveniles, los episodios que el tiempo había convertido en pequeñas piezas legendarias de nuestra biografía colectiva. Reímos con esa risa limpia que sólo nace cuando el pasado deja de doler y empieza a iluminar. Cada recuerdo compartido parecía añadir otra piedra invisible a la arquitectura sentimental de La Parra.

Quizá por eso he sentido la necesidad de escribir este nuevo capítulo. Porque La Parra de las Vegas no es únicamente un lugar geográfico; es la protogénesis de nuestra identidad, la tierra madre desde la que se levantaron nuestras raíces familiares y emocionales. Todo cuanto hemos sido y cuanto somos encuentra allí una explicación secreta. En cada generación, el pueblo se transforma, pero permanece intacto el hilo invisible que une a los vivos con quienes los precedieron.

He pensado también, mientras caminaba entre vecinos y familiares, que la vanidad de los pueblos pequeños es una vanidad entrañable. No nace de la arrogancia, sino del orgullo de pertenecer. Los vanidosos de La Parra no presumen de riqueza ni de poder: presumen de memoria, de parentesco, de fidelidad a una tierra que sigue convocándolos cada primavera. Y acaso esa sea la forma más noble de vanidad que puede existir.

Hoy, San Isidro ha vuelto a recordarnos que los pueblos sobreviven mientras alguien conserve la voluntad de narrarlos. Y quizá escribir no sea otra cosa que eso: impedir que el olvido cierre definitivamente las ventanas de nuestra historia.

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