
Cuenca atraviesa uno de esos momentos históricos en los que ya no basta con diagnosticar los problemas: es imprescindible actuar. Durante demasiado tiempo, la provincia ha permanecido atrapada entre promesas aplazadas, desequilibrios territoriales y políticas insuficientes para responder al reto de la despoblación y la pérdida de oportunidades. Hoy, más que nunca, resulta necesario construir un nuevo horizonte político, económico y social que permita reactivar el territorio y devolverle confianza en su futuro.
Hablar de Cuenca únicamente como una provincia vaciada o envejecida supone asumir una visión incompleta y resignada. La realidad es que existe un enorme potencial todavía infrautilizado: recursos naturales, patrimonio cultural, capacidad agroalimentaria, posibilidades turísticas, energías renovables y calidad de vida. Lo que ha faltado no es capacidad, sino una estrategia sostenida y una voluntad política capaz de convertir esas fortalezas en desarrollo real.
El desafío exige abandonar definitivamente la política de la resignación. Vivir en un pueblo no puede equivaler a disponer de menos servicios, peores comunicaciones o menos oportunidades laborales. La igualdad territorial no puede quedarse en un discurso institucional: debe traducirse en inversiones, infraestructuras y decisiones concretas que permitan fijar población y garantizar derechos básicos en todo el territorio provincial.
En este contexto, resulta imprescindible impulsar un gran acuerdo provincial que trascienda siglas y rivalidades locales. La reactivación de Cuenca no puede depender de iniciativas aisladas ni de estrategias fragmentadas. Instituciones, ayuntamientos, tejido empresarial, cooperativas, universidad, asociaciones y ciudadanía deben participar en un proyecto compartido, con objetivos medibles, financiación clara y mecanismos públicos de evaluación. La provincia necesita compromisos verificables y políticas sometidas a resultados.
Uno de los principales retos sigue siendo la conectividad. Sin movilidad ni comunicaciones eficaces no existe cohesión territorial posible. La dispersión geográfica de Cuenca requiere soluciones adaptadas a su realidad: transporte comarcal flexible, conexiones eficaces entre municipios y una agenda ferroviaria moderna que permita integrar la provincia en los grandes corredores económicos y logísticos. El ferrocarril no representa únicamente una cuestión de movilidad, sino también una apuesta por la cohesión, la sostenibilidad y el futuro económico.
Junto a las infraestructuras, la creación de empleo debe convertirse en prioridad absoluta. La fijación de población depende directamente de la capacidad para ofrecer proyectos de vida viables. Cuenca necesita una economía diversificada que aproveche sus ventajas competitivas: transformación agroalimentaria, gestión forestal, turismo sostenible, economía digital, teletrabajo, energías limpias y nuevos servicios ligados al cuidado y al envejecimiento de la población. Para ello, la administración debe asumir un papel facilitador, reduciendo trabas burocráticas y acompañando la inversión y el emprendimiento.
La vivienda constituye otro elemento central. Muchos municipios cuentan con patrimonio residencial vacío o deteriorado mientras jóvenes y nuevas familias encuentran enormes dificultades para acceder a una vivienda adecuada. Un plan provincial de rehabilitación y vivienda rural permitiría recuperar inmuebles, incentivar el alquiler y facilitar el arraigo de nuevos pobladores. A ello debe sumarse la garantía de servicios públicos esenciales —sanidad, educación, conectividad digital o atención a la dependencia— como condición indispensable para mantener vivo el territorio.
Pero la transformación de Cuenca no depende únicamente de inversiones materiales. También requiere una nueva forma de gobernar. Innovar significa planificar con datos, coordinar administraciones, medir resultados y escuchar de manera permanente a las comarcas y municipios. La creación de estructuras técnicas capaces de ayudar especialmente a los pequeños ayuntamientos sería clave para acceder a fondos europeos, gestionar proyectos y evitar que muchas oportunidades continúen perdiéndose por falta de recursos administrativos.
Al mismo tiempo, la provincia necesita fortalecer su autoestima colectiva. Cuenca no puede seguir apareciendo únicamente asociada a la pérdida o al declive. Su patrimonio histórico, natural, artístico y cultural constituye un enorme activo económico y social que debe integrarse en una estrategia de identidad territorial moderna y ambiciosa. La cultura, lejos de ser un elemento ornamental, puede convertirse en motor de desarrollo, cohesión y atracción de nuevos visitantes y residentes.
La construcción de una “Cuenca Activa” exige, por tanto, pasar de la queja a la planificación, de la nostalgia a la acción política. La provincia dispone de recursos, talento y capacidad para afrontar el futuro, pero necesita una estrategia coherente, sostenida y compartida. El reto ya no consiste únicamente en resistir, sino en reactivar, conectar y generar oportunidades para las próximas generaciones.
Porque Cuenca no está condenada al retroceso. Lo que necesita es una política capaz de convertir sus posibilidades en realidad.