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La resaca andaluza: victoria amarga para el PP, derrota amarga para el PSOE (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el mayo 18, 2026 por Juan Andrés Buedo
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La política española amaneció hoy con una de esas resacas electorales que cada partido intenta disimular con el maquillaje de sus argumentarios. El PP ganó con claridad en Andalucía, sí. El PSOE volvió a sufrir un golpe severo en una tierra que durante décadas fue su granero político, también. Pero la noche no dejó una fotografía limpia, sino una imagen con doble exposición: Juanma Moreno venció, pero perdió la mayoría absoluta; María Jesús Montero resistió peor de lo que necesitaba; Vox no conquistó el escenario, pero obtuvo la llave; y la izquierda situada más allá del PSOE encontró aire, aunque no unidad.

El resultado tiene una primera lectura aritmética y una segunda lectura política. La aritmética dice que el PP obtuvo 53 escaños, dos por debajo de la mayoría absoluta; que el PSOE se quedó en 28; que Vox subió a 15; que Adelante Andalucía alcanzó 8; y que Por Andalucía conservó 5, con el escrutinio prácticamente cerrado al 99,9% según los datos publicados por Demócrata. La política, que siempre pesa más que la suma de las actas, dice otra cosa: Andalucía deja de ser el escaparate de la autosuficiencia moderada del PP y pasa a convertirse en el laboratorio de su dependencia de Vox.

Juanma Moreno no ha perdido las elecciones. Las ha ganado con amplitud, y eso conviene no olvidarlo. Pero ha perdido el privilegio que más valor tenía para él y para Alberto Núñez Feijóo: gobernar sin tener que mirar de reojo a su derecha. Desde 2022, cuando el PP andaluz logró 58 escaños y mayoría absoluta, Moreno representaba para Génova una fórmula casi perfecta: derechización suficiente para absorber a Ciudadanos, moderación suficiente para contener a Vox y una imagen institucional capaz de penetrar en antiguos caladeros socialistas. Esa fórmula sigue viva, pero ya no es completa.

La diferencia entre 58 y 53 escaños no es solo una diferencia de cinco sillones. Es una diferencia de relato. Con 58, Moreno podía presentarse como el presidente andaluz de todos, dueño de sus tiempos, de sus presupuestos y de sus equilibrios internos. Con 53, necesitará negociar, pactar o al menos aceptar la abstención o el apoyo de Vox. Y en política, quien necesita una llave ajena deja de ser dueño absoluto de la puerta.

Ahí aparece la primera consecuencia nacional. Feijóo puede celebrar que el PP sigue siendo la primera fuerza en la comunidad más poblada de España. Puede subrayar que el PSOE no levanta cabeza en Andalucía. Puede utilizar el resultado como munición contra Pedro Sánchez y contra la candidatura de Montero. Pero no puede esconder que su principal barón territorial ha quedado atrapado en el mismo dilema que el PP arrastra desde hace años: ganar mucho, pero no lo suficiente; vencer al PSOE, pero depender de Vox; prometer centralidad, pero gobernar condicionado por la derecha más dura.

Esa es la victoria amarga del PP. Andalucía era el ejemplo de que se podía ganar desde una derecha amable, administrativa, poco estridente, casi tecnocrática. Ahora Andalucía se suma al mapa de las autonomías donde Vox puede condicionar la gobernabilidad. No es un matiz menor. Para Feijóo, que aspira a convencer a una parte del electorado moderado de que puede gobernar España sin sobresaltos, cada pacto con Vox es una piedra en el zapato. Y cada exigencia de Vox en Andalucía será amplificada en Madrid como advertencia de lo que podría suceder en La Moncloa.

El PSOE, por su parte, no tiene motivos para el consuelo. Haber evitado una catástrofe aún mayor no convierte el resultado en aceptable. Andalucía fue durante décadas el corazón simbólico del socialismo español. Allí se construyeron redes de poder, identidades políticas, fidelidades sociológicas y una cultura institucional que parecía casi indestructible. Pero aquella Andalucía socialista ya no existe, o al menos no existe como fuerza hegemónica. El PSOE conserva suelo, pero ha perdido techo; conserva presencia, pero no centralidad; conserva siglas, pero no magnetismo.

La candidatura de María Jesús Montero tenía una dimensión que iba más allá de la política andaluza. No era una dirigente cualquiera. Era una de las figuras más reconocibles del Gobierno de Sánchez, ministra, portavoz política de una etapa y símbolo de la resistencia del sanchismo. Su resultado, por tanto, será leído como derrota andaluza y como derrota nacional. Si el PSOE no remonta ni con una candidata de primera línea, el problema no está solo en la campaña. Está en la marca, en el desgaste del Gobierno, en la desconexión territorial y en la dificultad para reconstruir confianza allí donde el PP ha ocupado el espacio de la gestión tranquila.

Pero conviene no simplificar. La derrota del PSOE no significa automáticamente que todo el campo progresista se haya hundido. Adelante Andalucía crece y supera a Por Andalucía, lo que revela que una parte del electorado de izquierdas busca un discurso más nítido, más andalucista, más combativo y menos subordinado a las lógicas estatales. Ese movimiento tiene interés porque apunta a una fatiga doble: fatiga con el PSOE, pero también fatiga con las coaliciones de izquierda que se presentan como suma de siglas sin alma reconocible.

La izquierda andaluza, sin embargo, sigue pagando su gran pecado: la fragmentación. Si el PSOE no seduce y sus aliados no suman con claridad, el resultado es un bloque progresista incapaz de disputar el poder. La derecha puede permitirse tensiones internas porque llega por delante. La izquierda, cuando llega dividida y debilitada, convierte cada matiz en una frontera y cada frontera en una derrota.

Vox, mientras tanto, vuelve a demostrar que no necesita ganar para influir. Le basta con ser necesario. Ese es el secreto de su fuerza. En Andalucía no se ha producido una ola ultra, pero sí una consolidación suficiente para condicionar al PP. Vox podrá exigir compromisos en materia fiscal, educativa, cultural, migratoria o institucional. Y aunque no entre formalmente en el Gobierno, su influencia puede instalarse en los presupuestos, en los discursos y en los gestos. A veces el poder no consiste en ocupar consejerías, sino en obligar al otro a hablar tu idioma.

La resaca andaluza deja, por tanto, una España más parecida a sí misma: bloques enfrentados, gobiernos pendientes de socios incómodos, partidos que ganan sin imponerse del todo y una ciudadanía que castiga, pero no entrega cheques en blanco. El bipartidismo sigue ahí, pero ya no manda solo. El PP gana donde antes mandaba el PSOE, pero no siempre puede gobernar como quisiera. El PSOE resiste como segunda fuerza, pero ya no marca el compás. Vox no desborda, pero condiciona. Y las izquierdas alternativas crecen, pero no ordenan.

Para Sánchez, el golpe es evidente. Andalucía confirma que el PSOE territorial sigue débil y que la marca gubernamental no basta para recuperar espacios perdidos. Pero para Feijóo tampoco es una noche perfecta. Su partido gana, sí, pero la pregunta que se abre desde hoy es incómoda: si ni Moreno, el dirigente autonómico más moderado y mejor valorado del PP, logra evitar la dependencia de Vox, ¿qué garantía puede ofrecer Feijóo de hacerlo en España?

Esa pregunta será la verdadera resaca. No la que dura veinticuatro horas, sino la que se instala en la estrategia de los partidos durante meses. El PP intentará hablar de victoria. El PSOE intentará hablar del freno a la mayoría absoluta. Vox hablará de llave. Adelante hablará de renacimiento. Todos tendrán una parte de razón. Pero la conclusión más honesta es otra: Andalucía no ha cerrado el ciclo político español. Lo ha complicado.

Y quizá esa sea la enseñanza mayor de la noche. España no camina hacia una victoria clara de nadie, sino hacia una política de dependencias. Dependencia del PP respecto a Vox. Dependencia del PSOE respecto a sus socios. Dependencia de los relatos respecto a los números. Dependencia de los líderes respecto a territorios que ya no obedecen como antes. La Andalucía que durante tantos años fue termómetro del poder socialista es hoy el espejo donde la derecha ve sus límites y la izquierda contempla sus ruinas.

En política, ganar no siempre significa mandar. Y perder no siempre significa desaparecer. La resaca andaluza nos recuerda algo más inquietante: el país se acostumbra a vivir entre victorias incompletas y derrotas administradas. Ese es el nuevo paisaje. Un Parlamento más fragmentado, un poder más condicionado y una España donde nadie parece tener fuerza suficiente para gobernar sin pedir permiso a sus contradicciones.

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