
La demanda que aquí se pronuncia no es un capricho teórico, sino una urgencia política. La provincia ha empezado a “doblegar la curva” de la pérdida de habitantes, pero lo hace sobre un suelo frágil: municipios envejecidos, economía vulnerable y una creciente sensación de territorio de sacrificio, útil para todo salvo para que su propia gente pueda vivir dignamente en él.
De la política de la foto al territorio de sacrificio
Durante años, la respuesta institucional a la despoblación en Cuenca ha consistido en una sucesión de leyes, estrategias, jornadas y anuncios que han colocado el “reto demográfico” en todas las agendas… menos en la vida cotidiana de los pueblos. La palabra despoblación se ha convertido en un comodín: sirve para justificar fondos europeos, planes regionales y discursos solemnes, pero no ha evitado que más de dos tercios de los municipios conquenses figuren hoy en la categoría de “extrema” o “intensa” despoblación.
Mientras tanto, el territorio ha sido colonizado por infraestructuras y proyectos que se venden como modernidad pero dejan un reguero de frustración: autovías, AVE, trasvases, grandes parques solares y eólicos y ahora una avalancha de plantas de biogás y biometano. En comarcas como Campos del Paraíso, con apenas 600 habitantes dispersos en cinco núcleos, se tramitan hasta siete proyectos de biogás en un radio de apenas 30 kilómetros, con una capacidad conjunta cercana al millón de toneladas de residuos orgánicos al año, en buena parte purines que ni siquiera se generan allí.
La escena es elocuente: pueblos con la escuela tiritando de alumnos, centros de salud bajo mínimos, transporte público testimonial y, al mismo tiempo, camiones de purines atravesando sus carreteras para alimentar plantas industriales aprobadas muchas veces con informes favorables desde despachos lejanos. Es difícil diseñar una metáfora más cruda de lo que significa ser “territorio de sacrificio”: asumir impactos ambientales, paisajísticos y sociales mientras los beneficios se consolidan fuera.
Cuando miles de vecinos se echan a la calle en Carrascosa del Campo bajo el lema “Ni en tu pueblo ni en el mío. Un territorio, un mismo no”, no están negando la transición ecológica ni el desarrollo energético; están denunciando un modelo extractivo que ni crea empleo digno local ni respeta la capacidad de decisión de las comunidades afectadas. Esa protesta marca un punto de inflexión: la Cuenca despoblada está diciendo que no quiere más desarrollo “sobre” ella, sino desarrollo “con” ella.
La trampa del monocultivo: del turismo al biometano
Cuenca ha convivido con varias promesas de “tabla de salvación”: primero fue el turismo, después las energías renovables y ahora la bioenergía. Cada ciclo ha repetido el mismo guion: euforia inicial, inversiones concentradas en unas pocas manos, empleos limitados y altamente especializados, y una huella desigual sobre el territorio, que termina dependiendo de un solo sector y quedando expuesto a decisiones que se toman en consejos de administración ajenos.
El turismo rural y patrimonial ha demostrado su utilidad, pero también sus límites: concentra la actividad en fines de semana y temporadas altas, expulsa vivienda hacia el alquiler turístico y no garantiza empleos estables para jóvenes y familias. Las grandes instalaciones solares y eólicas han dado ingresos a algunos ayuntamientos y propietarios, pero su modelo, muy capital-intensivo y poco intensivo en mano de obra, apenas ha fijado población.
Las macroplantas de biometano llegan envueltas en el lenguaje de la “economía circular”, pero en Campos del Paraíso la circularidad brilla por su ausencia: los purines no se generan allí, los olores y riesgos ambientales sí se quedan, y el empleo que se promete ni está dimensionado ni se garantiza que sea local. Es un modelo lineal: la materia y los beneficios vienen y van, pero las consecuencias se quedan.
Un nuevo modelo para la Cuenca despoblada debe romper con esta lógica del monocultivo. No se trata de demonizar sectores, sino de evitar que ninguno se convierta en dogma y de exigir una regla básica: ningún proyecto que no demuestre, con datos, que fija población, mejora servicios y es aceptado socialmente debería poder presentarse como “solución” a la despoblación.
Economía arraigada: producir desde y para el territorio
La primera pieza de ese nuevo modelo es la economía arraigada al territorio: actividades que dependen de los recursos locales, pero en las que el control, el valor añadido y el empleo se quedan, fundamentalmente, en la comarca. Cuenca tiene campo para ello.
En el ámbito agroalimentario, la provincia combina tradición cerealista, viñedo, ganadería y una creciente apuesta por productos de calidad, desde quesos hasta vinos y transformados. El salto pendiente no es producir más, sino producir mejor y comercializar mejor: cooperativas que pasen de vender materia prima a lanzar marcas propias, circuitos cortos que conecten directamente con mercados urbanos y plataformas logísticas comarcales que abaraten la salida del producto sin intermediarios asfixiantes.
La gestión forestal sostenible es otro pilar potencial olvidado. Cuenca dispone de una vasta superficie forestal que podría sostener industrias locales de madera certificada, biomasa a pequeña escala, resina, setas y otros productos forestales, vinculadas a empleo estable en cuadrillas de monte, empresas de servicios ambientales y proyectos de bioeconomía. De nuevo, la clave está en que el diseño no quede en manos de grandes grupos externos, sino de alianzas público‑cooperativas que forjen cadenas de valor completas en la provincia.
A esto se suma la economía de los cuidados y de los servicios de proximidad. En un territorio envejecido, la atención domiciliaria, los centros de día, las residencias de tamaño humano y los servicios de apoyo a la autonomía no son solo gasto social, sino una fuente estable de empleo local, especialmente femenino. Convertir el cuidado en sector estratégico, formativo y bien remunerado puede fijar población allí donde no llegará una planta industrial.
Finalmente, la innovación rural no puede seguir siendo sinónimo de “teletrabajo desde el pueblo” y poco más. Centros de innovación comarcales, bien dotados, conectados con la UCLM y con programas específicos de emprendimiento, pueden incubar proyectos tecnológicos, culturales y sociales que tengan sus raíces en Cuenca aunque operen en mercados globales. La cuestión no es que todo sea rural, sino que la base fiscal, el empleo y la vida estén en los pueblos.
Servicios públicos y comarcalización: sin Estado no hay arraigo
Quien quiera un nuevo modelo para la Cuenca despoblada debe asumir una obviedad incómoda: sin servicios públicos decentes, no hay arraigo posible. Puedes tener la mejor cooperativa, la mejor idea de negocio o el paisaje más hermoso; si no hay pediatra, instituto accesible, transporte fiable y conectividad real, una familia joven elegirá otro lugar.
La arquitectura municipal de Cuenca, extremadamente fragmentada, hace que muchos ayuntamientos no tengan músculo técnico para gestionar proyectos, captar fondos ni prestar servicios de calidad. De ahí que la propuesta de una comarcalización real, con competencias claras, presupuesto propio, equipos técnicos compartidos y una ventanilla única para ciudadanía y empresas no sea un debate académico, sino una condición para la supervivencia.
Comarcalizar no significa liquidar municipios ni identidades, sino hacerlos viables: compartir servicios de transporte a demanda, brigadas de mantenimiento, equipos sanitarios itinerantes, servicios sociales comunitarios, escuelas rurales agrupadas y una planificación territorial que deje de improvisarse pueblo a pueblo. Es también una forma de profesionalizar la gestión pública rural y de reducir la brecha entre lo que las leyes prometen y lo que realmente llega a la gente.
En paralelo, la financiación autonómica y local debe dejar de penalizar la dispersión y la baja densidad. La Red SSPA lo ha dicho con claridad: si el nuevo modelo de financiación consolida menos recursos para territorios con pocos habitantes, el resultado será un círculo vicioso de peores servicios y más despoblación. Un modelo de desarrollo para la Cuenca despoblada exige un giro redistributivo: más recursos por habitante allí donde prestar un mismo servicio es más caro por razones geográficas y demográficas.
Gobernanza y participación: del “por vosotros” al “con vosotros”
Otro cambio de paradigma imprescindible es el de la gobernanza. El diseño actual de las políticas contra la despoblación combina buena voluntad técnica con un fuerte sesgo vertical: planes elaborados en la capital, participación formal en procesos consultivos y mucha comunicación institucional. Pero los conflictos en torno al biometano o la movilización de Carrascosa muestran que los pueblos no quieren ser “escuchados”, quieren decidir.
Consejos comarcales de reto demográfico, con representantes de ayuntamientos pequeños, plataformas ciudadanas, cooperativas, pymes, sindicatos y organizaciones del tercer sector, deberían tener capacidad real de priorizar inversiones, vetar proyectos que consideren lesivos y promover aquellos que encajen en una visión compartida de futuro. No son órganos decorativos; son el espacio donde se decide si un territorio sigue en manos ajenas o se gobierna a sí mismo.
La experiencia comparada también enseña que los modelos que funcionan combinan liderazgo institucional con iniciativa social organizada. En Madrid, programas como “Pueblos con Vida” se han construido sobre el fortalecimiento del tejido local, el apoyo al emprendimiento y la mejora de servicios, y se presentan ahora como referencia en jornadas celebradas en Las Valeras. Cuenca no necesita copiar recetas, pero sí aprender que sin protagonistas locales empoderados no hay milagros demográficos.
Además, la evaluación independiente ha de dejar de ser tabú. El Tribunal de Cuentas ya ha señalado incoherencias y falta de medición en planes estatales de reto demográfico; la revisión intermedia de la Estrategia regional abre la puerta a corregir rumbo, pero eso solo será posible si se comparten datos pueblo a pueblo y si se acepta que algunas medidas no funcionan. La peor política contra la despoblación es la que se declara exitosa por decreto mientras los pueblos siguen cerrando.
De la protesta al proyecto: una agenda para la Cuenca que viene
Cuando se ve a más de un millar de personas marchando por Carrascosa del Campo contra las plantas de biogás, puede pensarse que la Cuenca despoblada solo sabe decir “no”. Esa mirada es injusta y, sobre todo, interesada. Detrás de ese “ni en tu pueblo ni en el mío” hay una intuición política de gran calado: ningún territorio va a salvarse aceptando ser el vertedero o el patio trasero de otros.
El desafío es transformar esa energía de resistencia en un proyecto compartido. Un nuevo modelo de desarrollo para la Cuenca despoblada pasa por, al menos, cinco compromisos claros:
- No más proyectos “de sacrificio” sin consentimiento informado y beneficios tangibles para el territorio.
- Priorizar vivienda, movilidad y servicios básicos por encima de la obra vistosa y el evento fotogénico.
- Apostar por cadenas de valor completas en sectores agroalimentarios, forestales, de cuidados y de innovación, donde el mando y el beneficio sean locales.
- Comarcalizar la gestión pública para garantizar servicios a escala real, con financiación que compense la dispersión y no la castigue.
- Crear estructuras de gobernanza donde los municipios pequeños y la ciudadanía organizada tengan poder de decisión, no solo silla en la foto.
La despoblación no es un fenómeno inevitable, igual que no lo fue en otros territorios europeos que lograron revertirla con políticas obstinadas, coherentes y sostenidas en el tiempo. Cuenca no necesita más diagnósticos, sino coraje para romper con un modelo que la concibe como espacio vacío disponible y para apostar por otro en el que sus pueblos sean, de nuevo, lugares donde valga la pena quedarse, volver o empezar.
Ese es, al final, el núcleo político del nuevo modelo de desarrollo para la Cuenca despoblada: decidir que el territorio no se mide solo en hectáreas ni en megavatios, sino en vidas posibles. Y exigir que toda política, toda inversión, toda planta y toda infraestructura se midan con esa vara.
Muy interesante y veraz el artículo sobre la despoblación y territorios de sacrificio!!!