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La gestora interminable: cómo la crisis del PP de Cuenca reconfigura el mapa electoral de 2027 (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el septiembre 28, 2026septiembre 28, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Hay crisis internas que son simples peleas de despacho, ruido de pasillo que se apaga solo cuando llegan las urnas. Y hay crisis que desnudan un modelo de partido, una manera de entender el poder y, sobre todo, una forma de tratar al territorio que dice representar. La que atraviesa el PP de Cuenca desde noviembre de 2025 pertenece, sin matices, a la segunda categoría. Y lo más inquietante no es ya lo que le está pasando al partido, sino lo que ese desgaste empieza a permitirse hacer, sin apenas esfuerzo, a quienes compiten contra él.

Una crisis que ya cumple un año

El origen es conocido pero merece recordarse con precisión, porque los detalles son los que explican la profundidad de la herida. El 3 de noviembre de 2025 dimitió Benjamín Prieto, presidente provincial durante trece años, y Génova respondió con la fórmula más fría posible: una Junta Gestora dirigida por José Antonio Martín-Buro, pensada como parche transitorio. La reacción no se hizo esperar. En 48 horas, el alcalde de Villar de Cañas abandonó la gestora denunciando «falta de democracia interna», y 66 alcaldes y 40 portavoces —más de un centenar de cargos— firmaron un comunicado exigiendo un Congreso Provincial. Uno de ellos, según recogió la prensa local en aquellos días, llegó a calificar la operación sin rodeos: «un golpe de Estado, una imposición de la Ejecutiva nacional». No es un exceso retórico de columnista: es la expresión literal de un alcalde del propio partido.

Génova prometió entonces un Congreso en un plazo máximo de seis meses. El plazo venció el 4 de mayo de 2026. No pasó nada. El 21 de mayo, más de 70 cargos presentaron 72 impugnaciones formales. Tampoco pasó nada. Y el 18 de septiembre, casi un año después de la crisis original, Miguel Tellado visitó Cuenca y remató la reivindicación con una frase que debería estudiarse en cualquier manual de cómo no gestionar un conflicto interno: «Estamos centrados en ganar elecciones, no en ganar congresos». Preguntado por la fecha del Congreso, la respuesta fue seca: no la hay. Días después, un encuentro en Madrid con el colectivo crítico «Los Valientes de Cuenca» terminó descrito como «extremadamente tenso», sin acuerdo alguno, y con nuevas críticas de Tellado a la gestión de Prieto que han añadido leña a un fuego que ya ardía solo.

Lo que piden no es poder, es procedimiento

Conviene detenerse en esto porque suele diluirse en el ruido: «Los Valientes de Cuenca» no exigen cargos ni reparto de sillas. Piden, literalmente, que se cumplan los estatutos del partido, que fijan seis meses de plazo para las gestoras transitorias. Piden respeto a los derechos de los afiliados. Piden una fecha. Y piden, con un argumento comparativo que resulta demoledor, que se les explique por qué Granada va a celebrar su decimosexto Congreso Provincial el 7 de noviembre mientras Cuenca «sigue esperando». No es una rebelión ideológica ni una escisión doctrinal: es más de un centenar de alcaldes, portavoces y concejales de pueblos como Villar de Cañas, Carboneras de Guadazaón, Gascueña o Buenache de la Sierra pidiendo, sencillamente, votar.

Que la respuesta de la dirección nacional haya sido el silencio, la dilación y, finalmente, el desprecio explícito, dice más sobre el PP de Cuenca que cualquier análisis externo. Y explica por qué el colectivo ya no descarta acudir a los tribunales, algo que Montserrat Martínez, su voz más visible, ha intentado evitar «de ninguna manera» pero admite que «la paciencia tiene un límite».

El detalle que lo resume todo

Si hubiera que elegir una sola imagen para ilustrar la contradicción de esta crisis, sería esta: mientras la gestora cuestionada permanece sin legitimidad congresual, ya ha empezado a diseñar las listas para 2027. Y en la candidatura de la capital, confirmada desde julio con Beatriz Jiménez a la cabeza, figura en el puesto 12 José Antonio Martín-Buro, el mismo dirigente señalado por los críticos como el rostro de la «provisionalidad» antidemocrática. Es decir: la persona cuya legitimidad se cuestiona ya está integrada, sin ningún pudor, en la candidatura que esa misma estructura contestada ha confeccionado. Quien pone las reglas del juego también juega, y se coloca.

Esta asimetría —capital resuelta y arropada desde Génova, provincia entera en vilo— no es casualidad. Es la fotografía exacta de cómo el PP entiende hoy el territorio: la ciudad se cuida, se blinda y se proyecta con optimismo (Tellado ya habla de mayoría absoluta para Jiménez); los pueblos, que son precisamente donde se concentra la disidencia, quedan a la espera de que alguien decida por ellos.

Cómo se ve esto desde fuera: el regalo que nadie pidió

Aquí es donde el análisis debe cambiar de plano, porque una crisis de partido que dura casi un año, sin resolución, y a menos de nueve meses vista de las municipales, autonómicas y generales de 2027, no es un asunto doméstico del PP. Es un dato estratégico que sus adversarios ya están incorporando a sus cálculos, con distinto grado de disimulo.

El PSOE de Cuenca ha sido el más explícito. Ha señalado directamente al «débil liderazgo» de Paco Núñez como causa de la parálisis provincial, y ha planteado un órdago inteligente: exigir que el PP acepte, siguiendo la propia propuesta nacional de Feijóo, que gobierne «la lista más votada» tras 2027. Es una jugada de manual: convertir el desorden interno del rival en una exigencia de coherencia programática que, si el PP la rechaza, se le puede reprochar públicamente como doble discurso; y si la acepta, limita su margen de maniobra en unos comicios que las encuestas disponibles ya describen como muy ajustados en la capital.

Vox, por su parte, juega una partida distinta y más paciente. A nivel nacional ha extremado el pulso frontal contra el Gobierno y ha reforzado su papel de socio de gestión allí donde ya cogobierna con el PP, cultivando una imagen de utilidad institucional sin fricciones aparatosas. En Cuenca, eso se traduce en una posición de guardián silencioso: si el PP conquense necesita su abstención para gobernar la capital —como ya apuntan las encuestas—, Vox llega a esa negociación con la sartén por el mango y sin el desgaste de una crisis interna equivalente. La debilidad ajena es, para Vox, una palanca de negociación futura, no un frente de ataque inmediato.

La incógnita más interesante, sin embargo, es Cuenca Nos Une (CNU). Con la participación de la agrupación en el aire por el fallecimiento de su líder, Isidoro Gómez Cavero, el escenario de 2027 se describe ya como «sin mayoría absoluta» y dependiente en buena medida de ese espacio municipalista, en el que ha asomado con fuerza la alternativa Somos Cuenca (SCU), que capta la transversalidad política que viene faltando a las opciones anteriores de CNU, CEM o Cuenca Ahora. Si el PP conquense sigue exhibiendo fracturas hasta bien entrada la precampaña, la fuerza local que aparezca como opción organizada, sistemática, cohesionada y sin ruido interno tiene delante una oportunidad que no habría existido de otro modo: capturar el voto de un electorado de centro (captador del voto desencantado de los aleros huidos en comicios anteriores a PP y PSOE) cansado no de las ideas del PP, sino de su gestión de sí mismo; lo mismo que de la barrena herrada por la gerencia absorbente y desnortada del PSOE local, provincial, regional y nacional.

La lectura que nadie quiere hacer en Génova

Lo que revela esta crisis, vista desde fuera, no es solo un problema de organigrama. Es la evidencia de que el PP de Cuenca ha decidido, en la práctica, que gestionar el poder desde arriba es más cómodo que legitimarlo desde abajo. Y esa comodidad tiene un precio que no paga la dirección nacional, sino los cargos locales que llevan un año sin capacidad real de negociar nada, y que ahora deben salir a pedir el voto en sus pueblos con la autoridad moral debilitada por meses de imposición no resuelta.

Cuenca no puede permitirse, en un momento en que su despoblación, su déficit de infraestructuras y su desconexión ferroviaria exigen una clase política con autoridad y proyecto, que su principal partido de oposición al PSOE llegue a las urnas de 2027 fracturado, desconfiado de sí mismo y gobernado por una gestora que ni siquiera ha sido capaz de fijar una fecha para dejar de serlo. La pregunta que debería incomodar a Génova no es si el PP ganará o perderá en Cuenca. Es si, llegado el momento decisivo, tendrá delante un partido o solo la cáscara de uno, mientras otros —con menos ruido y más paciencia— terminan de servirse del banquete que la propia dirección nacional les ha dejado puesto en la mesa.

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