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Cuenca necesita respuestas, no ambigüedades (por Eduardo Cruz)

Publicada el septiembre 20, 2026septiembre 20, 2026 por Juan Andrés Buedo
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El debate sobre el futuro de Cuenca ha llegado a un punto en el que las declaraciones genéricas ya no bastan. Cuando el presidente provincial del Partido Popular, José Martín-Buro, reclama la recuperación de infraestructuras sin precisar cuáles ni cómo pretende hacerlo, deja sin respuesta la pregunta que más incomoda a la política conquense: qué posición ocupa en sus planes el tren convencional. La distancia entre las necesidades de la provincia y el discurso de los partidos tradicionales se mide, precisamente, en esas omisiones.

La línea Aranjuez–Cuenca–Utiel sigue siendo la gran ausente. Se presentan mociones y se pronuncian palabras favorables a las comunicaciones, pero en el ámbito local y municipal cuesta escuchar un compromiso inequívoco sobre el ferrocarril convencional. Cabe preguntarse si esa prudencia responde al deseo de evitar fricciones con los intereses urbanísticos asociados al Plan XCuenca y a la reordenación de los terrenos de Adif. Quien aspire a representar a esta provincia debería explicar con claridad qué propone para las vías y para los municipios que dependían de ellas.

La indefinición no pertenece en exclusiva al PP. Los grandes partidos parecen calcular el coste electoral de cada posición: defender el tren puede contrariar a quienes prefieren otros usos para el suelo ferroviario; aceptar su desmantelamiento puede alejar a quienes lo consideran una infraestructura esencial. Así se aplaza la decisión mientras avanzan los hechos. En una provincia castigada por la despoblación y el aislamiento, guardar silencio sobre una conexión capaz de articular el territorio no parece cautela, sino falta de valentía política.

Frente a esa inercia han alzado la voz movimientos ciudadanos, plataformas de la España Vaciada y confluencias municipalistas como Cuenca en Marcha!, tanto contra el desmantelamiento ferroviario como contra el abandono rural. Su trabajo ha mantenido asuntos decisivos en la conversación pública. También ha mostrado una dificultad: competir con la organización, los recursos y la presencia mediática del PSOE y el PP exige un músculo del que estas iniciativas no siempre disponen. La polarización nacional, además, empuja a muchos electores a votar unas siglas antes que a juzgar lo que cada candidatura ofrece para Cuenca.

En ese escenario aparece Somos Cuenca con una propuesta que merece ser examinada por lo que afirma aportar: una perspectiva provincial apoyada en profesionales de prestigio y personas procedentes del derecho, el urbanismo y las ciencias políticas. Su posible contribución no dependerá solo de reunir nombres reconocibles. Dependerá de convertir ese conocimiento en proyectos comprensibles, viables y sometidos al escrutinio público. La independencia ideológica que reivindica puede permitirle reunir sensibilidades distintas alrededor de problemas concretos, siempre que el rigor técnico, la viabilidad económica y el sentido común se traduzcan en decisiones y no queden reducidos a consignas.

Ese equipo también podría ejercer una fiscalización que Cuenca necesita. Un plan oficial se discute mejor cuando se conocen sus fundamentos jurídicos, sus efectos urbanísticos, sus costes y sus alternativas. Exigir responsabilidades con datos y desmontar argumentos débiles con razones sólidas es una tarea más útil que intercambiar reproches partidistas. En el caso del tren y del Plan XCuenca, esa exigencia resulta especialmente urgente: los conquenses tienen derecho a conocer las consecuencias de cada opción antes de que desaparezca la posibilidad de elegir.

Romper décadas de bipartidismo no será sencillo. Los partidos tradicionales cuentan con organizaciones asentadas, hábitos de voto y electores que permanecen fieles a sus siglas incluso cuando discrepan de decisiones concretas. Somos Cuenca tendrá que demostrar que puede reunir a la provincia más allá del desencanto, sostener su propuesta en el tiempo y convencer con hechos a quienes desconfían de cualquier nueva formación.

Ahí reside, en último término, la oportunidad para Cuenca. La esperanza no nace por la mera aparición de otro partido, sino por la posibilidad de elevar la exigencia política: menos ambigüedad, más planificación; menos consignas, más argumentos; menos obediencia a las direcciones nacionales, más defensa honesta del territorio. El futuro provincial dependerá también de que sus ciudadanos pidan cuentas, premien el rigor y reclamen sin rodeos el lugar que Cuenca merece.

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