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El Virgen de la Luz no puede convertirse en un cajón de sastre (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el septiembre 16, 2026septiembre 16, 2026 por Juan Andrés Buedo
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La Junta y el Ayuntamiento proponen fragmentar el antiguo hospital entre apartamentos, despachos, archivos y almacenes. Cuenca necesita más ambición: convertirlo en un Hospital Nacional de Utilización Geriátrica Integral, capaz de atender, investigar, formar y generar empleo cualificado.

El futuro del antiguo Hospital Virgen de la Luz acaba de ser presentado por el alcalde de Cuenca, Darío Dolz, y por el vicepresidente primero de Castilla-La Mancha, José Luis Martínez Guijarro, como si se hubiera encontrado una solución imaginativa, equilibrada y definitiva para uno de los edificios públicos más importantes de la ciudad. Pero, examinada con detenimiento, la propuesta anunciada se parece demasiado a lo que tantas veces ha padecido Cuenca: una combinación de necesidades administrativas acumuladas, actuaciones dispersas y promesas aplazadas que se empaquetan precipitadamente bajo la apariencia de un gran proyecto. El viejo hospital corre el riesgo de dejar de ser un espacio estratégico para convertirse en un enorme cajón de sastre donde la Junta coloque todo aquello para lo que no encuentra ubicación en otros lugares.

El planteamiento conocido contempla alrededor de 250 apartamentos de alquiler para jóvenes, el traslado de las delegaciones provinciales de Sanidad y Desarrollo Sostenible, varios servicios sociosanitarios, el Archivo Histórico Provincial y un almacén para restos arqueológicos. La zona de hospitalización se transformaría en viviendas; el edificio administrativo recibiría a la Delegación de Sanidad y sus laboratorios; el Policlínico alojaría la Delegación de Desarrollo Sostenible; las plantas bajas acogerían servicios de Atención Temprana, Infancia y Familia, Centro Base y Salud Mental; el antiguo bloque quirúrgico se dedicaría al archivo, y los sótanos servirían para depositar materiales arqueológicos. Todo cabe en el Virgen de la Luz, al parecer, salvo aquello para lo que fue construido: desarrollar un gran proyecto sanitario.

Conviene dejarlo claro desde el principio: Cuenca necesita vivienda asequible para jóvenes, alojamiento para estudiantes, mejores dependencias administrativas, una sede adecuada para el Archivo Histórico y espacios dignos para los servicios sociosanitarios. Ninguna de esas necesidades debe despreciarse. Pero reconocerlas no obliga a aceptar que el antiguo hospital sea el lugar apropiado para resolverlas todas simultáneamente. La política seria no consiste en elaborar una lista de carencias y distribuirlas por plantas dentro del primer edificio disponible. Consiste en establecer prioridades, estudiar alternativas y reservar los activos públicos excepcionales para proyectos igualmente excepcionales.

El Virgen de la Luz no es un inmueble administrativo cualquiera. Es un complejo hospitalario de grandes dimensiones, integrado en la ciudad, próximo al campus universitario, dotado de estructuras, circulaciones e instalaciones concebidas durante décadas para la actividad asistencial. Su configuración puede requerir una rehabilitación profunda, como es lógico después de más de sesenta años de funcionamiento, pero conserva una identidad sanitaria, una memoria colectiva y unas posibilidades funcionales que no deberían diluirse mediante una ocupación fragmentaria. Desmontar esa unidad para introducir pisos, despachos, archivos y almacenes es una decisión que podría ser irreversible. Una vez troceado el edificio entre numerosos usos y organismos, recuperar en el futuro una finalidad sanitaria integral sería prácticamente imposible.

Lo más preocupante es que el anuncio se ha presentado antes de disponer de los instrumentos esenciales que permitirían considerarlo un verdadero proyecto. No existe todavía un plan director aprobado, ni proyectos técnicos de ejecución, ni una estimación económica global, ni un calendario concreto para la mayor parte de las actuaciones. La transformación principal se remite a la siguiente legislatura y depende previamente de que la Tesorería General de la Seguridad Social autorice el cambio de uso del inmueble. Tampoco se ha explicado con precisión cuánto costará convertir antiguas habitaciones hospitalarias en apartamentos, qué fórmula de colaboración público-privada se utilizará, quién asumirá la inversión, qué condiciones tendrá el alquiler o qué garantías existirán para evitar que una infraestructura pública termine subordinada a intereses empresariales. Es decir, se ha anunciado el destino antes de concluir el diagnóstico. La información difundida confirma que aún no hay presupuesto ni fecha concreta para la intervención principal.

Martínez Guijarro asegura que el Gobierno regional lleva meses trabajando en la propuesta. Si es así, resulta difícil entender que después de esos meses lo presentado continúe siendo un esquema general sin memoria económica, cronograma vinculante ni estudio comparativo de alternativas. Y más difícil resulta comprender que durante ese proceso no se haya abierto un debate público con los colegios profesionales, la Universidad de Castilla-La Mancha, las asociaciones sanitarias, las organizaciones de mayores, los expertos en geriatría, los movimientos ciudadanos y el conjunto de la sociedad conquense. El futuro del principal edificio sanitario de la historia contemporánea de Cuenca no puede decidirse exclusivamente desde los despachos de Toledo ni anunciarse en una rueda de prensa como un acuerdo ya orientado.

La reacción del alcalde tampoco está a la altura de la trascendencia de la decisión. Darío Dolz ha agradecido la iniciativa y ha celebrado que permitirá mejorar la oferta de alquiler y “completar” una zona ahora vacía. Esa conformidad automática vuelve a mostrar un Ayuntamiento demasiado predispuesto a aceptar los planes que la Junta prepara para Cuenca, en vez de ejercer una defensa exigente de los intereses estratégicos de la ciudad. Un alcalde no está para asentir ante cada anuncio del Gobierno autonómico, sino para preguntar si existe una alternativa mejor, si se ha escuchado a los conquenses, si el proyecto creará empleo estable y cualificado, si atraerá inversión exterior y si reforzará la posición de Cuenca dentro de Castilla-La Mancha y de España.

La comparación con el Plan XCuenca resulta inevitable. Otra vez se pretende justificar la transformación de un patrimonio público mediante la promesa de viviendas y nuevos usos urbanos. Otra vez se presenta como modernización lo que en realidad puede significar la pérdida definitiva de una infraestructura estratégica. Y otra vez se utiliza la vivienda como argumento legitimador para evitar el debate de fondo. Cuenca necesita vivienda, desde luego, pero dispone de solares y edificios aptos para construirla sin sacrificar un complejo hospitalario. Los terrenos ferroviarios, el desarrollo del nuevo Plan de Ordenación Municipal, las parcelas públicas disponibles y la rehabilitación de inmuebles vacíos ofrecen alternativas suficientes. Lo que no abunda son hospitales clausurados con capacidad para convertirse en centros nacionales de investigación, asistencia y formación.

Frente a este reparto del inmueble en piezas inconexas existe una alternativa de mucha mayor envergadura: instalar en el antiguo Virgen de la Luz el Hospital Nacional de Utilización Geriátrica Integral. No se trataría de crear otra residencia de mayores, ni un simple hospital de crónicos, ni un centro burocrático dedicado a elaborar informes. El proyecto propone levantar un complejo nacional especializado en fragilidad, multimorbilidad, rehabilitación funcional, ortogeriatría, psicogeriatría, demencias, cuidados paliativos, telemedicina rural, investigación aplicada y formación de profesionales. Atención sanitaria, innovación, docencia y políticas sociales reunidas alrededor de uno de los mayores desafíos de España: el envejecimiento.

Cuenca posee razones demográficas, territoriales y sociales para reclamar esa función. Es una de las provincias más envejecidas, dispersas y despobladas del país. Muchos de sus municipios presentan un porcentaje muy elevado de población mayor, dificultades de movilidad, soledad no deseada y una insuficiente coordinación entre sanidad, dependencia y servicios sociales. Precisamente por eso podría convertirse en un laboratorio nacional para estudiar y aplicar nuevas formas de atención a la longevidad en territorios rurales. Lo que aquí se investigara y desarrollara sería útil para amplias zonas de Castilla y León, Aragón, Extremadura, Galicia, Asturias y el resto de la España interior.

El Hospital Nacional de Utilización Geriátrica Integral podría incorporar una unidad de valoración geriátrica avanzada, hospitalización de media estancia, rehabilitación neurológica y funcional, ortogeriatría, psicogeriatría, atención a las demencias, cuidados paliativos y apoyo especializado a las residencias y a la atención primaria. Podría sumar un centro de día de alta intensidad, programas de respiro familiar, una ventanilla única de prestaciones, un observatorio del envejecimiento rural y una plataforma de teleasistencia avanzada conectada con los pueblos de la provincia. También podría establecer convenios con la Universidad de Castilla-La Mancha, el nuevo Hospital Universitario, el Instituto de Salud Carlos III, el CSIC y otras instituciones nacionales y europeas.

Una iniciativa de estas características generaría empleo cualificado para médicos, enfermeros, fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales, psicólogos, trabajadores sociales, investigadores, ingenieros biomédicos, técnicos de laboratorio y especialistas en nuevas tecnologías. Atraería talento, congresos, programas universitarios, proyectos europeos y empresas vinculadas a la denominada economía de la longevidad. Ayudaría a consolidar titulaciones sanitarias en el campus conquense y abriría la posibilidad de desarrollar formación especializada en geriatría, gerontología, dependencia, rehabilitación y cuidados de larga duración. En lugar de limitarse a alojar temporalmente a jóvenes, ofrecería a muchos de ellos una razón profesional para permanecer en Cuenca después de terminar sus estudios.

La diferencia entre ambos modelos es evidente. La propuesta de Dolz y Martínez Guijarro resuelve problemas de espacio de la Administración regional y una parte de la demanda de alquiler. La alternativa geriátrica intenta resolver un problema nacional desde Cuenca. La primera redistribuye dependencias; la segunda crea una especialización. La primera consume un edificio; la segunda lo convierte en motor económico, científico y asistencial. La primera produce ocupación inmobiliaria; la segunda puede generar una nueva centralidad para la ciudad.

Nada impediría, además, compatibilizar el Hospital Nacional de Utilización Geriátrica Integral con algunos de los servicios sociosanitarios anunciados. El Centro Base, la Atención Temprana, determinadas unidades de salud mental o los servicios de apoyo a las familias podrían integrarse en un campus sanitario y social más amplio, siempre que existiera coherencia funcional. Incluso podría reservarse una parte para alojamientos temporales de investigadores, profesionales sanitarios, estudiantes de posgrado, pacientes desplazados o familiares. Lo que carece de sentido es subordinar la mayor parte del complejo a 250 apartamentos y relegar la función sanitaria a unos cuantos servicios dispersos.

También sería necesario hablar con seriedad de la financiación. Un proyecto nacional exigiría la cooperación del Ministerio de Sanidad, la Junta de Comunidades, la Universidad, el Ayuntamiento y la Seguridad Social, titular del inmueble. Podría optar a programas estatales y europeos relacionados con envejecimiento activo, innovación sanitaria, digitalización, cohesión territorial y rehabilitación energética. Pero antes habría que elaborar un estudio independiente de viabilidad arquitectónica, asistencial y económica. Esa debería ser la primera decisión institucional: suspender cualquier transformación irreversible y encargar una evaluación comparativa entre el proyecto anunciado y la creación del gran centro geriátrico.

La palabra “nacional” no puede ser una ornamentación. Debe traducirse en especialización, investigación, redes de cooperación, financiación compartida y capacidad para atender pacientes, formar profesionales y transferir conocimiento al conjunto del país. Tampoco conviene prometer que todo será fácil o barato. Rehabilitar el Virgen de la Luz exigirá inversión en cualquier caso, tanto para convertirlo en viviendas como para devolverle una función sanitaria avanzada. La pregunta responsable no es qué alternativa cuesta menos a corto plazo, sino cuál produce un mayor retorno social, económico y territorial durante los próximos treinta años.

Cuenca ha perdido demasiadas oportunidades por aceptar proyectos pequeños, decisiones tomadas desde fuera y compensaciones presentadas como grandes conquistas. El antiguo hospital constituye una ocasión extraordinaria para romper esa inercia. No podemos conformarnos con que el edificio no quede abandonado. Debemos exigir que tenga el mejor uso posible. No basta con llenar sus habitaciones, pasillos y sótanos; hay que dotarlo de una misión de ciudad. Un inmueble ocupado puede seguir siendo una oportunidad perdida.

Darío Dolz y José Luis Martínez Guijarro todavía están a tiempo de rectificar. Deben abrir un periodo real de participación pública, presentar toda la documentación técnica disponible y permitir que las alternativas sean estudiadas con igualdad. La propuesta de los apartamentos no puede convertirse en un hecho consumado antes de que Cuenca haya debatido qué quiere hacer con uno de sus principales patrimonios públicos. Gobernar no consiste en anunciar una distribución de metros cuadrados, sino en elegir el futuro que esos metros cuadrados pueden construir.

El Virgen de la Luz cuidó a varias generaciones de conquenses. Su continuidad histórica no debería consistir en almacenar expedientes, depositar restos arqueológicos y levantar tabiques para producir pequeños apartamentos. Puede volver a cuidar, esta vez respondiendo al gran desafío de la longevidad. Puede ser hospital, centro de investigación, escuela de profesionales, laboratorio tecnológico y referencia de la España rural envejecida. Puede convertir una debilidad demográfica en una especialización de futuro.

Cuenca no necesita otro reparto administrativo concebido para salir del paso. Necesita un proyecto capaz de situarla en el mapa nacional. Entre fragmentar el Virgen de la Luz y convertirlo en la capital española de la atención geriátrica integral, la elección debería ser evidente. Lo que falta no es espacio, ni necesidad social, ni argumentos. Lo que falta es ambición política. Y esa carencia, después de tantas oportunidades perdidas, Cuenca ya no puede seguir pagándola.

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