
Pedro Sánchez no está preocupado por José Luis Rodríguez Zapatero. Está preocupado por Pedro Sánchez. Esa es la clave política del momento. La imputación del expresidente socialista en el caso Plus Ultra, en una investigación sobre presuntos delitos de organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental, no golpea solo a un antiguo inquilino de La Moncloa, sino al relato moral con el que el actual presidente ha intentado sostenerse en el poder.
Sánchez ha salido en defensa de Zapatero apelando a la presunción de inocencia y al respeto a la justicia, pero también ha pedido al PSOE “defender el buen nombre” del expresidente. Hasta ahí, nada que objetar en términos jurídicos: nadie debe ser condenado antes de que hablen los tribunales. El problema es político. Porque quien ha convertido cada causa ajena en una sentencia moral contra sus adversarios no puede pedir ahora una prudencia que tantas veces negó a los demás.
Zapatero no es un jubilado político que aparezca de vez en cuando para recibir homenajes. En los últimos años ha sido presentado como referente, consejero, mediador, activo electoral y aval sentimental del sanchismo. Por eso su situación judicial no puede aislarse del presente del PSOE. Si Zapatero cae en el barro de una investigación tan delicada, Sánchez no pierde solo a un expresidente: pierde una coartada.
Durante años, el sanchismo ha intentado dividir España entre los limpios y los sospechosos, entre los progresistas virtuosos y la derecha corrupta. Esa superioridad moral ha sido uno de sus grandes instrumentos de combate. Pero la política tiene una memoria cruel. Lo que ayer se usó como arma, hoy vuelve como espejo. Y en ese espejo Sánchez no ve a Zapatero: se ve a sí mismo.
La cuestión no es si Zapatero será finalmente culpable o inocente. Eso corresponde a los jueces. La cuestión es por qué el presidente del Gobierno necesita proteger con tanta urgencia el relato antes incluso de que avance el proceso. La respuesta es sencilla: porque si se rompe la figura de Zapatero, se rompe también una parte del decorado que Sánchez había construido para presentarse como heredero de una tradición socialista noble, dialogante y limpia.
La oposición ha entendido perfectamente el flanco abierto. Feijóo ha llevado el asunto al Congreso y ha vinculado el caso con el propio Gobierno de Sánchez, recordando que el rescate de Plus Ultra fue una decisión adoptada desde el Ejecutivo actual. Puede haber exageración partidista en esa ofensiva, pero también hay una pregunta legítima: si el caso afecta a un rescate público de 53 millones de euros, ¿hasta dónde llega la responsabilidad política de quienes autorizaron, defendieron o justificaron aquella operación?.
Sánchez sabe que el peligro no está únicamente en los juzgados. Está en la erosión. En la acumulación de episodios. En la sensación de fin de ciclo. En la idea de que el poder ha dejado de gobernar para defenderse. Cuando un Gobierno dedica más energía a explicar sus sombras que a resolver los problemas del país, empieza a perder autoridad aunque conserve los votos suficientes para resistir.
Por eso el presidente no teme tanto por Zapatero como por el efecto Zapatero. Teme que el caso sirva para ordenar en la opinión pública una intuición que ya circulaba: que el sanchismo ha vivido demasiado tiempo de la propaganda, del muro, de la polarización y de la excepcionalidad permanente. Teme que sus socios empiecen a calcular costes. Teme que su partido empiece a mirar más allá de él. Teme que la palabra “resistencia”, tan útil en el pasado, empiece a sonar a agotamiento.
La defensa de la presunción de inocencia es obligada. Pero la exigencia de responsabilidad política también lo es. Un país serio no condena sin pruebas, pero tampoco acepta que todo se esconda detrás de una consigna de partido. Sánchez puede defender a Zapatero como compañero. Lo que no puede hacer es confundir esa defensa con una absolución política del Gobierno, del PSOE y de sí mismo.
Al final, Zapatero es el nombre que aparece en los titulares. Pero Sánchez es el destinatario real de la crisis. Porque en política los casos judiciales no solo afectan a quienes declaran ante un juez. También afectan a quienes hicieron de ellos una bandera, una compañía, una legitimación y una forma de permanecer en el poder.
Por eso, sí: Sánchez no está preocupado por Zapatero. Está preocupado por lo que Zapatero revela de Sánchez.