
Hay padrinos que bautizan, padrinos que protegen y padrinos que, llegado el momento, dejan de ser una compañía discreta para convertirse en una carga pública. José Luis Rodríguez Zapatero ha sido durante años algo más que un expresidente socialista: ha ejercido como avalista sentimental, ideológico y estratégico del sanchismo. Según EFE, pese a haber dejado hace casi quince años la presidencia del Gobierno y la secretaría general del PSOE, Zapatero ha seguido siendo uno de los principales baluartes del proyecto de Pedro Sánchez.
El problema del PSOE no es solo que Zapatero vuelva a estar en primera línea. El problema es que nunca se fue del todo. Mientras Felipe González se convirtió en la conciencia incómoda del viejo socialismo, Zapatero eligió ser el protector político del nuevo. EFE lo ha descrito como el “antídoto” de Sánchez frente a González, precisamente por su defensa constante del presidente y de su proyecto.
Ahora, con la imputación del expresidente en el caso Plus Ultra, el padrinazgo se vuelve un boomerang. El País informó de que Pedro Sánchez expresó “todo mi apoyo al presidente Zapatero” y descartó un adelanto electoral tras conocerse la imputación del expresidente socialista por tráfico de influencias y falsedad documental en relación con el rescate de Plus Ultra. La frase contiene la fórmula de siempre: respeto a la justicia, presunción de inocencia y abrazo político al compañero. Pero en política los abrazos también pesan, y algunos acaban pareciéndose demasiado a un salvavidas lanzado desde el mismo barco que empieza a hacer agua.
Conviene decirlo con claridad: la presunción de inocencia no se discute. Lo que se discute es la responsabilidad política de quienes han convertido a Zapatero en tótem de partido, en certificado de pureza progresista y en comodín moral para justificar cualquier deriva. RTVE ha señalado que la Audiencia Nacional investiga si el rescate de 53 millones de euros a Plus Ultra sirvió para lavar fondos, y que el juez José Luis Calama atribuye al expresidente el liderazgo de una trama orientada al “ejercicio ilícito de influencias”. Eso no es una anécdota ni una tormenta pasajera. Es un golpe en la línea de flotación del relato socialista.
Zapatero fue presentado durante años como el hombre amable, el dialogante perpetuo, el expresidente útil para tender puentes allí donde otros veían muros. Pero la política española ha aprendido, a base de sobresaltos, que el lenguaje de la concordia puede servir también para envolver operaciones de poder. En Venezuela, su papel de mediador ha sido objeto de controversia, y RTVE recuerda que allí ejerció durante años como mediador con el gobierno chavista, incluyendo la liberación de presos políticos. El PSOE hizo de esa agenda internacional una especie de aura. Hoy esa aura se ha vuelto sospecha política.
El padrino no manda necesariamente desde un despacho. A veces basta con estar. Basta con aparecer en campañas, bendecir liderazgos, bendecir silencios y repartir indulgencias internas. En ese papel, Zapatero ha sido útil a Sánchez porque le ha dado una coartada histórica: la apariencia de continuidad con el socialismo de los derechos civiles, de la retirada de Irak y de la ley de dependencia, hitos que el PSOE sigue reivindicando como parte de su legado. Pero ningún legado absuelve por anticipado. Ninguna biografía compra impunidad moral.
El PSOE tiene ahora un dilema que no puede resolver con comunicados. Si cierra filas sin matices, confirma que la organización se protege a sí misma antes que a las instituciones. Si toma distancia, admite que durante años elevó a los altares a una figura cuya influencia quizá debía haber sido examinada con más prudencia. Y si calla, que es la peor de las soluciones, deja que la sospecha escriba sola el editorial.
A Zapatero se le llamó muchas veces optimista antropológico. Quizá el problema es que ese optimismo terminó aplicado al poder: creer que todo contacto es diálogo, que toda mediación es servicio público, que toda influencia es legítima si la ejerce uno de los nuestros. Pero una democracia adulta no puede funcionar con padrinos, ni de derechas ni de izquierdas. Necesita instituciones, límites, transparencia y rendición de cuentas.
Por eso el caso no afecta solo a Zapatero. Afecta al PSOE que lo ha usado como escudo, a Sánchez que lo ha mantenido como aval y a una cultura política que confunde lealtad con blindaje. El padrino del PSOE ya no es solo una figura de autoridad interna. Es el espejo en el que el socialismo español empieza a ver reflejado aquello que decía combatir: el poder que se acostumbra a no dar explicaciones.