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El presidente tautológico (por Ignacio Camacho)

Publicada el septiembre 2, 2009 por admin6567
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IGNACIO CAMACHO
(Publicado en ABC. aquí)
 
A partir de la célebre proclama de que «la política no está al servicio de las palabras sino las palabras al servicio de la política», cualquier cosa puede esperarse de un gobernante capaz de un quiasmo tan literalmente maquiavélico. Cualquier cosa, desde luego, menos que resulte fiable. Desde el momento en que Zapatero pronunció aquella frase invalidó todo posible compromiso y decretó el estado de ambigüedad perpetua de su propio lenguaje, reducido a líquidos sintagmas expresados en función de las conveniencias circunstanciales. De algún modo, esa declaración preliminar le exime incluso del riesgo de la mentira: se trata de una advertencia tan cínica que traslada la responsabilidad del fraude moral a quien se crea las promesas en vez de a quien las formula.
Carece, pues, de importancia que anunciase que no iba a subir los impuestos y vaya a aumentarlos, o que no fuese a negociar más con ETA y lo siguiera haciendo. No mentía; simplemente ofrecía sus palabras al servicio puntual de su política voluble y tornadiza, eterna en el sentido metafísico o quevediano del término: sin principio ni fin. O con fines, pero sin principios. Ni siquiera cabe la posibilidad de reprocharle que se desmienta a sí mismo puesto que su concepto del liderazgo consiste en la propiedad demiúrgica de decidir no sólo sobre los significados sino hasta sobre los significantes. Como en esos decálogos humorísticos de ciertas oficinas -«el jefe no llega tarde, le retienen; el jefe no se queda dormido, descansa»-, el presidente no rectifica, se adapta; no cambia de opinión, evoluciona. Ayer lo oímos de su boca: el Gobierno no improvisa, reacciona a los cambios objetivos. Es la realidad, pues, la que se equivoca al inadaptarse.
Si Aznar solemnizaba lo evidente, Zapatero enfatiza el vacío, dotando a la nada de entidad categórica a través de una parafernalia de repeticiones huecas. El presidente es un maestro de la tautología que vive instalado en la obviedad retórica, capaz de envolver una pedestre subida de impuestos en el pleonasmo de una medida «limitada y temporal»; menudo hallazgo: como toda disposición de gobierno, como los gobiernos mismos, como la condición humana. Daría igual, por lo demás, que hubiese prometido un ajuste ilimitado y eterno; tendría el mismo valor de una expresión volátil, fatua, evaporadiza. Insustancial.
Subido a la nube de su discurso acomodaticio y gaseoso, el hombre tautológico queda dispensado de la falsedad o del doblez; su lenguaje está vacío de cualquier propósito de trascendencia y al fin y al cabo la mentira, escribió Cioran, es una forma de talento. El problema de fondo acaso no consista tanto en lo que él diga como en lo que los demás estemos dispuestos a creer. Porque hay personas estupendas a las que, como dijo una vez de cierto rival Adlai Stevenson, se les podría confiar cualquier cosa… excepto un cargo de responsabilidad pública.

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