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La impasibilidad de los conquenses ante la clausura del tren convencional (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el diciembre 3, 2025diciembre 3, 2025 por Juan Andrés Buedo
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La escena se repite desde hace años en Cuenca: cierres, anuncios, proyectos que no llegan, promesas fosilizadas, y un murmullo ciudadano que rara vez se eleva a protesta. Cuando clausuraron definitivamente la línea de tren convencional Madrid–Cuenca–Valencia, muchos esperaban una reacción proporcional: un plante multitudinario, columnas de vecinos en la estación de Renfe, cacerolas, pancartas improvisadas. Pero no ocurrió. Apenas un grupo reducido acudió a las convocatorias. El resto, la inmensa mayoría, siguió su rutina con una mezcla de resignación y silencio que en cualquier otro lugar habría sorprendido. En Cuenca, no.

El comportamiento tiene raíces profundas. Décadas de promesas rotas, de inversiones desplazadas a otros territorios y de decisiones tomadas lejos de la provincia han generado una cultura de resignación aprendida. No es que los conquenses estén satisfechos; es que han aprendido a no esperar gran cosa. La clausura del tren se percibe como un episodio más en una larga saga donde la ciudadanía se siente espectadora, no protagonista.

El síndrome de la marginalidad asumida

Psicosociológicamente, Cuenca arrastra un complejo de periferia. La ciudad se percibe a sí misma como marginal dentro de la agenda estatal y regional, y ese sentimiento se ha normalizado hasta convertirse en identidad. Cuando se anunció el cierre, muchos reaccionaron con un encogimiento de hombros: “¿Qué esperabais? Aquí siempre nos quitan cosas”. Esa naturalización de la pérdida desactiva cualquier impulso colectivo.

La protesta requiere comunidad y vínculo. Cuenca, en cambio, vive una fragmentación social creciente: envejecimiento acelerado, jóvenes que se marchan, barrios desarticulados, asociaciones debilitadas, desconexión entre ciudad y pueblos. El tejido cívico que tradicionalmente sostenía movilizaciones —vecinos, sindicatos, colectivos culturales, asociaciones de barrio— está hoy adelgazado. La ciudadanía observa, pero no se organiza.

El falso consuelo de la modernidad prometida

A ello se sumó un mensaje institucional bien calculado: “el tren convencional se sustituye por servicios modernos”, “la alta velocidad lo soluciona todo”, “vendrán inversiones urbanísticas”. Muchos conquenses, aunque escépticos, aceptaron ese relato como un consuelo funcional. La AVEdependencia, la fe en la modernización sin preguntar por los costes reales, terminó actuando como sedante social.

En un territorio pequeño, donde “todos se conocen”, ir a un plante puede tener costes simbólicos: ser “el que protesta”, el que se enfrenta a la administración local, el que cuestiona al partido de turno. Existe un miedo difuso al conflicto, una autocensura amable pero paralizante, que refuerza la pasividad.

La psicología del mal menor

Cuando no hay expectativas de éxito, la acción colectiva se evapora. Muchos conquenses pensaban que cualquier protesta sería inútil, que todo estaba decidido en despachos lejanos, que la reapertura era una quimera. Preferible —creían— asumir el mal menor y continuar con la rutina. La sensación de irreversibilidad es uno de los mayores anestésicos políticos de nuestro tiempo.

El cierre del tren no solo es una pérdida material; es también un golpe simbólico. Pero en Cuenca, la emocionalidad pública está contenida, casi inhibida. La gente lo comenta en los bares, en los taxis, en las colas de la farmacia —pero no lo convierte en acción política. Hay una derrota emocional acumulada que impide transformar indignación en movilización.

Una estación vacía, con la melodía del alma: «Resistencia sobre raíles»

La estación permanece silenciosa, los andenes sin pasos, la marquesina oxidándose sin viajeros. El silencio que la rodea no es indiferencia auténtica, sino la forma más honda de agotamiento social. Un agotamiento que hace que, cuando se convoca un plante, el conquense medio mire el cartel, asienta con tristeza… y continúe caminando.

La clausura del tren ha revelado menos sobre el ferrocarril y más sobre el alma colectiva de una provincia que, tras tantos años de pérdidas, ha acabado por creer que nada puede recuperar. Por esto se ha compuesto la mágica melodía Resistencia sobre raíles, que ayer escuchamos en la Plaza de San Esteban de Cuenca durante el Plante 144, y que a partir de ahora se escuchará en cada zancada que demos para la transformación socioeconómica que reportará indefectiblemente el regreso del tren que nunca debió hacer su «último viaje»:

4 comentarios en “La impasibilidad de los conquenses ante la clausura del tren convencional (por Juan Andrés Buedo)”

  1. MIGUEL ÁNGEL BOLÓS SOTO dice:
    diciembre 3, 2025 a las 1:22 pm

    https://tenor.com/es/view/i-love-you-binh-gif-6142726653922245520

    Responder
  2. Rosa Ermila Campaña Cadena dice:
    diciembre 10, 2025 a las 2:31 pm

    Lo queremos lo NUESTRO

    Responder
  3. ANGEL LUIS Gallego Navarro dice:
    diciembre 10, 2025 a las 2:32 pm

    Lo queremos lo NUESTRO

    Responder
  4. ANGEL LUIS Gallego Navarro dice:
    diciembre 10, 2025 a las 2:33 pm

    LO NUEDTRO

    Responder

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