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Confusos y desconfiados (por Ignacio Camacho)

Publicada el enero 17, 2011 por admin6567
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El desprestigio de la política dibuja a una sociedad olvidada de que cada pueblo tiene el gobierno que merece

IGNACIO CAMACHO
(Publicado en ABC, aquí)
LA democracia es un régimen de opinión pública basado en el principio de que el pueblo siempre tiene razón… incluso cuando no la tiene. El problema es que en la posmodernidad este principio ha derivado en una supremacía del marketing porque los partidos y demás agentes políticos declinan cualquier compromiso de persuasión para elaborar su oferta como un menú a medida del electorado. La hegemonía del zapaterismo, por ejemplo, se ha basado en un depurado conocimiento del mercado sociológico que hacía abstracción simultánea de las dos éticas weberianas —la de la convicción y la de la responsabilidad— para formular una política de gestos de impacto priorizados según demanda. Cuando esa fórmula ha chocado con las exigencias de la realidad derivadas de la crisis se ha vuelto inviable porque la sociedad no estaba advertida de la verdadera dimensión de las dificultades; el Gobierno se había limitado a anestesiarla con promesas optimistas y recetas indoloras.
El sociólogo Víctor Pérez Díaz, un intelectual riguroso, brillante y honesto, ha dirigido un serio estudio de diagnóstico sobre el perfil de esa sociedad española sacudida por la recesión hasta dejarla en un estado de ánimo que define en tres palabras cargadas de pesimismo: alerta, confusa y desconfiada. El documento retrata un país desconcertado y receloso, apalancado en inercias pasivas, refractario a debates conflictivos y con escaso nivel de entendimiento sobre los mecanismos reales de la economía abierta. Una mentalidad colectiva de fuerte anclaje paternoestatalista, reacia a la competencia y acostumbrada a que le resuelvan los problemas sin implicarse demasiado en las soluciones. Un pueblo refugiado en las redes de apoyo familiar que se queja amargamente de una dirigencia pública enfrascada en sus conflictos de poder. Es decir, la clase de sociedad un poco victimista en la que resulta muy difícil encajar la idea de autorregeneración por el esfuerzo; resulta muy significativo que el desplome de popularidad de Zapatero se haya producido precisamente cuando se ha visto obligado a desdecirse de sus mensajes blandos y emprender reformas antipáticas que implican un margen de sacrificio. El acentuado desprestigio, rayano en la animadversión, de una clase política surgida a imagen de los propios ciudadanos dibuja la realidad sociológica de una nación renuente a aceptar que en democracia todo el mundo tiene el gobierno que se merece.
Ése es el retrato de esta España… y de la que va a heredar el próximo Gobierno, al que le queda una importante tarea de pedagogía social para explicar la necesidad de los inevitables esfuerzos pendientes. Para que el relevo de poder sirva de algo, a esa gente confusa y desconfiada hay que decirle desde ahora mismo dónde está, lo que le espera y para qué. Ha llegado la hora de la ética de la convicción por encima de los oportunismos electorales.

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