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Impecables e implacables (por Fernando Vallespín)

Publicada el noviembre 27, 2015 por admin6567
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Las democracias, deseosas de conciliar bien y política, justicia y poder, sufren un desgarro cuando salta el fusible que garantiza su compatibilidad

FERNANDO VALLESPÍN (Publicado en El País, aquí)
 

Las democracias, deseosas de conciliar bien y política, justicia y poder, sufren un desgarro cuando salta el fusible que garantiza su compatibilidad. Suele ocurrir cuando vuelve el picor hobbesiano del miedo a la inseguridad, suenan tambores de guerra y, consecuentemente, el interés general no puede realizarse sin aplicar medios que nos aterran por sus eventuales consecuencias morales. Es el momento en que se nos abre la "herida maquiaveliana". Política y moral se escinden y nos vemos obligados a recordar que la pluralidad de valores que sostenemos no siempre son armonizables. 

Nuestro añorado Rafael del Águila creyó encontrar dos formas opuestas de lidiar con el problema. La primera es la actitud del "impecable", el moralista que se rige por la ética de la convicción y desprecia toda limitación a la plena realización de la obligación moral. Las consecuencias de nuestra acción son secundarias. Un mundo político sujeto a la moral siempre acabará siendo profundamente armónico. Hacer el bien solo produce el bien y hacer el mal solo genera el mal; o sea, combatámoslo con el bien. Estos sacerdotes impecables abundan entre quienes se resisten a enfrentarse a la naturaleza dilemática de la política y, en consecuencia, se ubican fuera de ella. Eso sí, se presentan ungidos con el beneficio de la superioridad moral.

En el polo opuesto se sitúa el "implacable": ignora toda tensión posible entre bien común y los dictados morales y actúa ciego en la persecución del interés de la comunidad. Son los más prestos a la hora de pronunciar la palabra "guerra" sin atender a las consecuencias de prescindir de las limitaciones impuestas por el bien y la justicia y están abiertos a provocar las inevitables transgresiones que ello comporta. En palabras de Del Águila, "la inseguridad produce espanto, y ese espanto moviliza hacia una forma de reflexión que, a la postre, es bastante más espantosa que el espanto mismo".

Hoy volvemos a transitar entre impecables e implacables, un Escila y Caribdis por el que debemos conducir la política democrática. Más que nunca precisamos una alternativa anclada en la ética de la responsabilidad weberiana, que renuncie a la idea de que siempre existen soluciones perfectas, limpias, confortantes, impecables; pero que atienda a la vez a las consecuencias de nuestras acciones sin buscar atajos dictados por las pasiones o rentables beneficios políticos inmediatos. Necesitamos al "responsable". Es menos lucido que el impecable y bastante más ambiguo que el implacable. Pero su hechura se corresponde bastante más con la de la auténtica política democrática.

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