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Los que se van (Editorial de El País)

Publicada el octubre 16, 2012 por admin6567
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(Publicado en El País-Reggio´s, aquí)

EDITORIAL

Tras la estadística no se ven señales políticas para frenar la salida masiva de ciudadanos

El frenazo de la actividad económica, con un empobrecimiento general y  un desempleo masivo, se está traduciendo en una pérdida de capital  humano que, como muestran los datos del Instituto Nacional de  Estadística, empieza a ser de amplias dimensiones. Aun no siendo  comparables las cifras, dado que a mediados del siglo pasado la  población española era muy inferior a la actual, lo cierto es que entre  1950 y 1973 abandonaron España en busca de trabajo un millón y medio de  personas. Ahora el ritmo es mucho más rápido: solo desde el 1 de enero  de 2011 son ya 927.890 los ciudadanos que han emigrado. Detrás de tales  cifras hay muchos extranjeros que retornan a casa, pero también no pocos  españoles: 117.000. Algunos de esos movimientos se deben sin duda a la  mayor movilidad actual, pero los datos confirman una tendencia  preocupante por cuanto reflejarían una emigración obligada por unas  circunstancias adversas.

La descapitalización es evidente. El perfil del nuevo emigrante es el  de un adulto de entre 28 y 45 años que elige por destino Reino Unido,  Francia, Alemania, EE UU y algunos países sudamericanos. No hay datos  sobre el nivel educativo de los que se van, pero dado el alto nivel  medio de la actual población española, los expertos consideran que hay  entre ellos muchas personas de alta cualificación. Son ciudadanos, en  definitiva, que aplicarán los conocimientos que adquirieron aquí —y cuya  formación ha sido sufragada en gran parte por los contribuyentes— en un  país distinto del suyo. Solo su incierto retorno en el futuro cerraría  el círculo positivamente. De momento, lo que se produce es una  transferencia perjudicial para nuestros intereses, que solo se compensa  en el medio plazo a través de las remesas migratorias.

El impacto demográfico de la nueva coyuntura es la primera reducción  en términos absolutos del censo de población. En la última década,  España ha sido el destino favorito de la inmigración hacia Europa: este  país ha llegado a recibir a 700.000 extranjeros en un solo año. A pesar  de las críticas hacia el efecto llamada y el aumento de la xenofobia, lo  cierto es que la inmigración ha sido un factor determinante en el  crecimiento económico español de los últimos años y en el aumento  enriquecedor de la diversidad. Su marcha es un drama humano, pero  también un termómetro preciso de la falta de oportunidades.

Era previsible que una crisis como esta expulsase a los ciudadanos no  ya del mundo laboral, sino fuera de nuestras fronteras. Pero el  fenómeno se está acelerando. Con menos adultos —nacionales o  extranjeros— en edad de trabajar, las cotizaciones para el sistema de  protección social se tambalean y al empobrecimiento actual es probable  que le aguarde más empobrecimiento. Tras las estadísticas oficiales no  se aprecia, sin embargo, señal alguna de un plan para frenar en lo  posible una diáspora tan preocupante.

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