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Rita ya no es Rita pero ella no lo sabe (por Lucía Méndez)

Publicada el marzo 19, 2016septiembre 11, 2025 por Juan Andrés Buedo
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LUCÍA MÉNDEZ (Publicado en El Mundo, aquí)

ESTUVE en Fallas cuando Rita Barberá era Rita Barberá. Invitada por ella al balcón del Ayuntamiento, a la 'Nic del Foc', a la 'Cremà'. Junto a muchos colegas periodistas, intelectuales, escritores, políticos, actores, cantantes y famosos. Rita no era una simple alcaldesa. Rita era imperial, soberbia, espléndida, descarada, populista. Al paso de Rita todo el mundo le lanzaba sus alabanzas. Al ritmo de Rita la gente reía a carcajadas. Al son de Rita sonaba la música de las 'mascletás'. Rita era la anfitriona perfecta que invitaba a toda España cuando Valencia era una fiesta y no el escenario de una novela de Rafael Chirbes. Rita llegaba a los actos oficiales pisando fuerte, con modales de reina mora, espléndida del brazo de Francisco Camps. La alcaldesa y el presidente componían una pareja de poder absoluto, imponente, exuberante como los monumentos falleros, fastuoso como el fuego donde se quema Valencia la noche del 19 de marzo para renacer el 20. Los invitados -personalidades muy relevantes del mundo político, financiero y mediático- quedaban epatados ante el espectáculo resplandeciente y luminoso del poder del PP en la Comunidad Valenciana. Un poder que mareaba la cabeza. Un poder ejercido de tal manera que casi dejaba sin sentido. Sordo como sólo puede dejar el estruendo de la pirotecnia y mudo como dejaba Rita cuando encadenaba risas, chistes e ironías.

Mariano Rajoy quería a Rita. Se entendía bien con ella. Las cajas de avales portadas por el PP valenciano le dieron la Presidencia del PP en 2008. No dejó de quererla ni cuando el PP valenciano comenzó a declinar golpeado por la corrupción. Rita se convirtió en la madre protectora de Francisco Camps cuando éste empezó a perder el sentido de la realidad. Rita era intocable. Lo ha sido durante el último cuarto de siglo.

Rita ya no es Rita, pero ella no lo sabe. Cree que sigue siendo aquella majestuosa anfitriona del poder y la gloria. Su fiesta terminó hace tiempo, devorada por el fuego de la corrupción, pero ella sigue bailando sin orquesta, sin pólvora y sin sentido.

Los testigos de aquel esplendor asisten atónitos al patético espectáculo de la caída de los dioses del PP. Sólo la deshonrosa caída de Rodrigo Rato a los pies de la Justicia es superior en dramatismo a la de aquella Rita imperial bajando ahora la escalera disfrazada de Norma Desmond.

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