Skip to content

La Vanguardia de Cuenca

Intereses: comunicación y actualidad en general, weblogs, sociedad, política

Menu
  • INICIO
  • BIOGRAFÍA
  • PUBLICACIONES DEL AUTOR
  • Instagram
  • Facebook
  • X
Menu

Los vanidosos de La Parra de las Vegas. 53 (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el octubre 10, 2026 por Juan Andrés Buedo
Compartir

La tierra que me nombra: del niño que fui al pueblo que todavía podemos cuidar

Hay días en que uno ordena papeles y acaba desordenando el corazón. Me sucede ahora, mientras escribo mis memorias y reúno fotografías, versos y testimonios de un tiempo que no se deja encerrar en una carpeta. Entre esos materiales está el ejemplar de La Vanguardia Española del 5 de mayo de 1951, la fecha de mi nacimiento. Lo contemplo con una curiosidad que tiene algo de ternura y bastante de extrañeza: mientras aquel periódico daba cuenta del mundo, en La Parra de las Vegas comenzaba mi vida. Nada sabía yo de generales, fronteras, escaseces o discursos. Mi primera noticia fue, necesariamente, la de quienes me recibieron. Todo lo demás vendría después, cuando aprendiese que la historia entra en las casas aunque nadie le haya abierto expresamente la puerta.

Setenta y cinco años más tarde, aquel sábado me permite colocar una primera piedra en el edificio de la memoria. El periódico conserva las imágenes oficiales, las preocupaciones económicas y hasta los anuncios con los que una sociedad intentaba persuadirse de que podía vivir mejor. En sus páginas interiores aparece una conferencia sobre la ruralidad peninsular; cerca de ella, un editorial reconoce carencias de materias primas y deficiencias en los transportes, aunque las explica desde el discurso justificativo del régimen. Resulta revelador encontrar, en la prensa del día en que nací, ese contraste entre la exaltación del campo y las dificultades materiales del país. Los pueblos podían recibir grandes elogios mientras sus habitantes seguían esperando medios suficientes para prosperar.

No voy a atribuirle al recién nacido una conciencia que sólo adquiriría con los años. Sería una vanidad excesiva, incluso para esta serie. Pero sí puedo advertir que las preguntas que hoy me ocupan —el territorio, la dignidad de las personas, los servicios públicos, la posibilidad de permanecer en el lugar querido— poseen raíces anteriores a mis estudios y a mis artículos. Antes de aprender a interpretar una estructura social, uno ha sido sostenido por ella. Antes de conocer la palabra comunidad, ha necesitado que alguien lo cuide. La biografía empieza mucho antes de que seamos capaces de contarla, y quizá por eso su escritura exige escuchar tanto como recordar.

JABG-Poemario de vidaDescarga

En el Poemario de vida, bajo el título La tierra que me nombra, encuentro una frase que quisiera situar en el umbral de estas páginas: «Antes de que mi nombre fuera mío, ya me esperaba un lugar». Su verdad es literaria y afectiva: expresa la experiencia de pertenecer antes de haber elegido. El lugar no se reduce a un término municipal. Lo componen las personas que hacen sitio, las voces que nos reconocen, los cuidados que todavía no sabemos agradecer. Mi La Parra comienza ahí. Después vendrán los caminos, los horizontes y las explicaciones; primero estuvo aquel nosotros del que fue desprendiéndose, despacio, el hombre que hoy escribe.

La infancia posee una confianza que los adultos rara vez recuperamos entera. Creemos que las casas seguirán abiertas, que los mayores permanecerán siempre a la altura de nuestra mirada, que bastará regresar para encontrar cada cosa en su sitio. Los poemas dedicados a la calle, a la escuela y a la mesa familiar recogen esa proximidad. Me interesan porque permiten decir algo que la relación de fechas apenas alcanza: cuánto puede sostenernos lo que entonces parecía corriente. El niño disfruta del orden cotidiano sin conocer su coste. Ya mayor, descubre que aquella aparente facilidad estaba hecha de trabajo, de renuncias y de preocupaciones que otros procuraron mantener lejos de sus juegos.

Al escribir mis memorias quiero detenerme en ese descubrimiento. A veces contamos nuestra formación enumerando títulos, destinos y responsabilidades, y dejamos fuera a quienes hicieron posible que llegáramos hasta ellos. El poema Donde empezaba el día recuerda precisamente el cuidado que queda detrás de las cosas dispuestas. No basta con decir que hubo pan sobre la mesa: importa comprender quién lo puso y qué tuvo que hacer para conseguirlo. Tampoco basta con evocar una casa luminosa: alguien sostuvo aquella luz. La edad me invita a mirar de nuevo esas escenas, con una gratitud más consciente y con menos prisa por colocarme en el centro.

Conviene, sin embargo, que el afecto conserve la honradez. No quiero transformar el mundo rural de mi infancia en un paraíso sin sombras. Las dificultades, las estrecheces y las oportunidades desiguales también pertenecen a aquella España. Que recordemos con cariño a quienes vivieron en ella no obliga a embellecer todas sus condiciones de vida. El cariño se dirige a las personas; el juicio histórico debe atender a lo que las limitaba. Confundir ambas cosas acaba haciendo un flaco favor a nuestros mayores, porque disimula el esfuerzo con que sacaron adelante a sus familias. Su mérito aumenta cuando reconocemos los obstáculos que tuvieron que vencer.

Después llegó la inquietud de crecer, esa mezcla de apego e impaciencia que el poemario recoge en El muchacho que quiso irse. La juventud desea ampliar el mundo y conservar al mismo tiempo cuanto le resulta querido. A menudo pide las dos cosas sin comprender aún las dificultades de conciliarlas. Quien sale de un pueblo descubre espacios donde nadie conoce su historia y donde debe presentarse desde el principio. Esa experiencia puede liberar, pero también hace sentir el valor de una conversación en la que no tenemos que explicar quiénes somos. Para enriquecer mis memorias me interesa explorar esa tensión: lo que se gana al partir y lo que, desde la distancia, empieza a comprenderse mejor.

No considero que marcharse constituya una deslealtad. Tampoco que quedarse equivalga a carecer de ambición. Hay personas que necesitan buscar fuera su formación o su trabajo y otras que ensanchan el horizonte de un lugar mediante una perseverancia diaria. Las dos experiencias merecen ser escuchadas. La cuestión más dolorosa aparece cuando salir deja de ser una elección y se convierte en el único camino practicable. Ahí comienza una responsabilidad pública que ninguna evocación sentimental puede sustituir. El arraigo necesita posibilidades concretas. Si deseamos que alguien permanezca, hemos de preguntarnos de qué vivirá, dónde encontrará vivienda y cómo accederá a los servicios que requiere.

Los materiales reunidos sobre los años setenta abren otra ventana en este recorrido. Yo tenía diecinueve años al empezar aquella década y veinticuatro cuando murió Franco. Son edades en las que el porvenir se siente cerca, aunque todavía no se sepa bien qué hacer con él. La reseña de Lluís Fernández sobre el libro de Xavier Gassió, ¿Qué fue de los 70?, recupera músicas, revistas, objetos y cambios culturales. Es una lectura con un enfoque político definido, que no hay por qué aceptar en todos sus extremos, pero sirve para recordar cuánto de la transformación de una sociedad se manifiesta en sus hábitos: en lo que escucha, en lo que lee y en las libertades que empieza a reclamar para su vida cotidiana.

Escribir sobre aquella juventud requiere resistir dos tentaciones. Una consiste en reducirla a una colección de canciones, prendas y aparatos; la otra, en presentarla como si cada joven hubiera conocido de antemano el desenlace de la historia. Los objetos despiertan recuerdos, pero no explican por sí solos las circunstancias de quienes los usaban. Y quienes atravesamos aquellos años vivimos dentro de su incertidumbre, cada uno desde una situación distinta. Las memorias ganan espesor cuando recuperan las preguntas de entonces sin prestarles respuestas adquiridas después. Me interesa conservar la distancia entre lo que sabía el muchacho y lo que interpreta ahora el hombre.

Al volver sobre la Transición encuentro también la reflexión de Jordi Sevilla, Lo que hemos olvidado desde la Transición. Su defensa de los avances democráticos y de la disposición a acordar reformas plantea una cuestión que merece acompañar este ejercicio de memoria. Reconocer lo conseguido no impide criticar el presente. Exige, en cambio, comparar con cuidado y recordar que las mejoras necesitaron esfuerzo y cooperación. Desde esa lectura me pregunto qué hemos hecho con la capacidad de entendernos, y cuánto pierde una comunidad cuando la discrepancia se convierte en enemistad permanente. Cinco Días

Mi trayectoria en la Administración, la docencia y la vida pública ha añadido otros ámbitos a estas preguntas. Las responsabilidades profesionales enseñan que detrás de un expediente hay alguien que necesita una respuesta, y que la eficacia de una institución se mide también en el trato que dispensa. La atención a las personas con discapacidad ocupa un lugar esencial en esa experiencia. Al incorporarla a mis memorias quisiera evitar que todo quedase reducido a una sucesión de cargos. Importa contar qué aprendí, qué convicciones se afirmaron y qué límites encontré. Una vida de trabajo se comprende mejor cuando aparecen las personas y las necesidades que dieron sentido a ese trabajo. La Vanguardia de Cuenca

El sociólogo sabe que una biografía transcurre dentro de procesos colectivos; el escritor procura que esos procesos no borren los rostros. Entre ambos oficios intento encontrar el tono de estas páginas. La emigración, la expansión educativa, el cambio político o el envejecimiento de nuestros pueblos ayudan a explicar una época, pero cada familia los vivió a su manera. Un cuadro estadístico permite reconocer una tendencia; una memoria puede mostrar cómo se experimentó. Para contar La Parra hacen falta ambas miradas, y también la prudencia de reconocer que mi recuerdo constituye una aportación entre otras. No puedo convertirlo en la medida de todas las vidas del pueblo.

En la entrega 49 de estos Vanidosos dejé constancia de una mañana de San Isidro en El Ejido, compartida con mi esposa y con Juli, Elena y Alicia. La caldereta y la conversación nos condujeron hacia las tradiciones y hacia el futuro rural. Hoy vuelvo a aquella jornada porque contiene algo que los discursos sobre la despoblación suelen expresar con dificultad: la alegría de encontrarse. Y conservo en lo escrito el detalle de las cuatro piedras que mi esposa llevó a nuestra vivienda de Cuenca. Un gesto pequeño puede guardar una experiencia entera. Por eso merece sitio en unas memorias: ayuda a comprender lo que un lugar significa para quienes lo quieren. La Vanguardia de Cuenca

La reunión, sin embargo, deja abierta una pregunta para el día siguiente. ¿Qué necesita el pueblo cuando termina la celebración? Necesita que la vida ordinaria sea posible, que haya cuidados, actividad, viviendas utilizables y comunicaciones suficientes. Los encuentros renuevan el vínculo, pero mantenerlo durante todo el año exige una labor continuada. De ahí mi insistencia en pasar del elogio rural a la atención efectiva. La memoria de un pueblo debe permitirnos ver tanto lo que hemos perdido como lo que todavía podemos cuidar. Si sólo recogemos estampas hermosas, corremos el riesgo de acostumbrarnos a una ausencia que deberíamos combatir.

Hay un poema del libro que me lleva a otra clase de ausencia: No caben todos en una fotografía. Su título basta para detener la mirada. Las fotografías reúnen a las personas en un instante y permanecen ajenas a cuanto vino después. Nosotros, en cambio, sabemos. Reconocemos en ellas a quienes ya no están y sentimos cuánto se ha alejado aquella escena. Pero quisiera que mis memorias recordasen a los ausentes con toda su vida, sin reducirlos al dolor de haberlos perdido. Antes de la ausencia hubo conversación, consejo, risa y compañía. Recuperar esa riqueza permite que su recuerdo siga participando en nuestra manera de recibir y cuidar a otros.

También el regreso necesita aprender algo. El pueblo tiene derecho a cambiar; quienes viven hoy en él merecen ser mirados por sí mismos. No puedo exigir a La Parra que conserve intacto el escenario de mi niñez para ofrecerme consuelo. Una casa que despierta en mí recuerdos puede albergar ahora el comienzo de otra historia. Y una voz joven puede contar unas experiencias que no se parezcan a las mías. Quiero que mis páginas dejen sitio a esas diferencias. La continuidad de una comunidad se sostiene cuando las generaciones pueden reconocerse y, al mismo tiempo, vivir de manera propia.

Con ese ánimo entiendo hoy la palabra vanidosos. En estas páginas me permite sonreír ante el orgullo de procedencia, siempre que ese orgullo permanezca hospitalario. Amar La Parra de las Vegas me ayuda a comprender el vínculo de otras personas con sus lugares. No necesito establecer una competición entre pueblos ni demostrar que mi infancia fue superior a ninguna. Basta con intentar contarla bien, agradecer lo recibido y reconocer lo que todavía debo. La pertenencia se vuelve más fecunda cuando nos hace atentos a los demás; se empobrece cuando únicamente sirve para levantar una frontera.

Sigo, pues, escribiendo. El periódico de mayo de 1951 me presta el marco de una época; el poemario, palabras para acercarme a los afectos; los antecedentes de esta serie, una conversación que deseo prolongar. Mis memorias habrán de reunir esas dimensiones con paciencia, distinguiendo lo vivido, lo documentado y lo que la literatura ayuda a expresar. Si estas páginas consiguen que alguien recuerde una voz, pregunte por una historia familiar o mire con mayor cuidado la vida actual del pueblo, habrán encontrado una utilidad que me importa. El niño que fui no puede regresar. El hombre que soy todavía puede abrir una puerta.

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

  • Actualidad
  • Administración Pública
  • Administraciones Públicas
  • Ciencia
  • Cine
  • Comunicación
  • Cultura
  • Deportes
  • Economía
  • Educación
  • Empleo
  • Gastronomía
  • Historia
  • Juegos
  • Libros
  • Literatura
  • Medio ambiente
  • Música
  • Pensamiento político
  • Política
  • Religión
  • Sociedad
  • Sociedad de la Información
  • Televisión
  • TIC y Sociedad del Conocimiento
  • Uncategorized
  • Urbanismo y Arquitectura
  • Viajes
  • Web/Tecnología
  • Weblogs

Recent Posts

  • Los vanidosos de La Parra de las Vegas. 53 (por Juan Andrés Buedo)
  • El equilibrio ferroviario que necesita la España vaciada y el caso singular de Cuenca (por Juan Andrés Buedo)
  • Cuenca debe poner la vivienda en las urnas: propuestas y compromisos ante las próximas elecciones (por Juan Andrés Buedo)
  • El fracaso de la legislatura del muro, 2023-2026 (por Juan Andrés Buedo)
  • Cuenca no puede votar otra vez a ciegas (por Juan Andrés Buedo)

Recent Comments

  1. Alfons J. Kruijer en Lo que Cuenca necesita en información lo trae SOMOS (por Juan Andrés Buedo)
  2. JOSE ERNESTO en El convenio que vence y el tren que Cuenca aún puede reclamar (por Juan Andrés Buedo)
  3. JOSE ERNESTO en Cuenca necesita respuestas, no ambigüedades (por Eduardo Cruz)
  4. Alfons J. Kruijer en El Virgen de la Luz no puede convertirse en un cajón de sastre (por Juan Andrés Buedo)
  5. Alfons J. Kruijer en El Virgen de la Luz no puede convertirse en un cajón de sastre (por Juan Andrés Buedo)
© 2026 La Vanguardia de Cuenca | Desarrollado por Superbs Tema de blog personal