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Todo el operativo de la cloaca, dos agendas y un destino: P.S. (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el junio 16, 2026junio 16, 2026 por Juan Andrés Buedo
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La cloaca socialista tiene calendario, nombres y apellidos. Ya no hablamos de teorías conspirativas ni de ese retintín cansino con el que se ha usado la palabra “cloacas” para descalificar al adversario, sino de una causa judicial abierta en la Audiencia Nacional, autos firmados por Santiago Pedraz y miles de páginas de sumario en las que la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil describe una organización criminal articulada desde el entorno del PSOE para desestabilizar sistemáticamente cualquier procedimiento judicial que afectara al partido, al Gobierno o al círculo íntimo del presidente. Esa trama tiene un nombre propio –Leire Díez, la “fontanera” de Ferraz– y un cerebro orgánico ya señalado en los autos: Santos Cerdán, exsecretario de Organización, que habría puesto “a disposición de la trama criminal la propia estructura del partido”. No es una metáfora: sedes, personal, logística y financiación del PSOE aparecen en la investigación como piezas de un engranaje dedicado a proteger al poder y atacar a quienes lo incomodan.

En esa topografía del subsuelo político español, las tuberías ya no se esconden solo en los sótanos del Ministerio del Interior ni en los despachos en penumbra de comisarios en excedencia, sino en los pasillos alfombrados de las sedes de partido y en la zona noble de la Presidencia del Gobierno. La cloaca del PSOE no copia simplemente el patrón de la Kitchen del PP: lo perfecciona, lo profesionaliza y lo extiende a un ecosistema completo de intermediarios que operan a caballo entre lo público y lo privado, entre la militancia y el negocio, entre la obediencia orgánica y el lucrativo arte de “arreglar problemas”. Que hoy sea la Audiencia Nacional la que utilice expresiones como “organización criminal” no es un exceso retórico: es la constatación de que el Estado de derecho se ha visto obligado a bajar, una vez más, al sótano donde el poder cocina su propia impunidad.

En medio de ese paisaje de sobornos, facturas presuntamente falsas y maniobras para tumbar causas penales, hay un objeto aparentemente banal que se ha convertido en pieza central del relato: una agenda de 2025, incautada por la UCO, donde la mano de Leire Díez escribió en la página del 3 de febrero dos palabras y unas siglas: “reunión con P.S.”. Nada más. Ni lugar, ni hora, ni explicación. Pero en esas mismas libretas aparecen, al menos en dos ocasiones, menciones explícitas a “Pedro Sánchez” con nombre y primer apellido, junto a notas sobre fiscales, mandos policiales y reuniones estratégicas con responsables de medios de comunicación. Es esa combinación –las siglas desnudas y el nombre completo en páginas contiguas– la que ha encendido todas las alarmas políticas y mediáticas y ha convertido un cuaderno de espiral en prueba indiciaria de algo mucho más profundo: la posible conexión directa entre el presidente y la cloaca que decía desconocer.

El Gobierno ha reaccionado como reaccionan siempre los gobiernos cuando una libreta incómoda asoma desde el sumario: negándolo todo. La portavoz, Elma Saiz, ha “desmentido rotundamente” cualquier encuentro entre Pedro Sánchez y Leire Díez y ha insistido en que el presidente “nunca ha conocido ni avalado ni ha sido informado de las andanzas” de la fontanera del PSOE. Moncloa se aferra a la agenda oficial de aquellos días, que sitúa a Sánchez en Bruselas el 3 de febrero y en otros actos públicos los días siguientes, para contraponerla a la enigmática anotación de la libreta. Pero las cloacas nunca se escriben en los diarios oficiales, sino en cuadernos de espiral, aplicaciones cifradas y contabilidades creativas. Y es precisamente ahí donde la versión gubernamental comienza a chirriar, porque a la libreta de Díez se suman los chats intervenidos, los pagos autorizados y los testimonios que dibujan un patrón de actuación coordinada.

La imagen es potente: un agente de la UCO inclinado sobre un microscopio, observando no una muestra biológica, sino una pequeña lápida con las iniciales P.S. grabadas en la piedra. No es solo metáfora: es exactamente lo que está ocurriendo, con forenses de la legalidad escudriñando cada trazo, cada asterisco, cada cambio de tinta en las agendas de la fontanera. En la España de 2026, el destino político del presidente del Gobierno puede depender de una anotación mínima en un cuaderno cualquiera. El poder que desprecia la letra pequeña suele acabar atrapado en ella. Y, sin embargo, la pregunta clave sigue flotando sobre esa platina de laboratorio: ¿es P.S. solo un conjunto de iniciales malditas o la pista de que las cloacas ya no se activaban “sin conocimiento de arriba”, sino “por orden del one”, como señalan algunos mensajes intervenidos?

Esa segunda agenda tiene incluso nombre de archivo: “Operación PSOE”. No es un eslogan de tertulia, sino la etiqueta que la UCO localiza en una carpeta compartida en la nube, gestionada por la periodista Patricia López y el empresario Javier Pérez Dolset, donde se almacenaban sumarios, audios y documentación reservada procedente de las causas de Villarejo con un objetivo muy preciso: desacreditar actuaciones policiales y judiciales sensibles para los socialistas y “proteger los intereses” del partido y del Gobierno. El auto de Pedraz y los informes de la Guardia Civil describen esa Operación PSOE como la herramienta de una organización que se dedicó a desestabilizar “de forma sistemática y continuada” cualquier procedimiento judicial o actuación policial que pudiera impactar en el PSOE o en el Ejecutivo, especialmente a partir del punto de inflexión que supuso la imputación de Begoña Gómez en la primavera de 2024.

Esa organización, según el sumario, tenía un diseño muy nítido: en la cúspide, Santos Cerdán, como presunto líder político de la trama; en el plano operativo, Leire Díez, la exmilitante convertida en fontanera encargada de ejecutar encargos, conseguir información sensible y tejer la red de contactos con policías, fiscales, periodistas y empresarios; a su alrededor, un círculo de abogados y medios afines pagados con fondos del propio PSOE. La UCO sostiene que todos los gastos relevantes de la estructura proceden “de un mismo origen: el PSOE”, con pagos autorizados por Cerdán que suman decenas de miles de euros a Díez, a letrados como Jacobo Teijelo y a plataformas como Crónica Libre, camuflados en ocasiones como campañas de banners electorales para las europeas de 2024. Cuando un juez pide a los bancos todos los movimientos de las cuentas del partido y a Hacienda toda la información fiscal del PSOE desde 2024, no está revisando una anécdota, sino la posibilidad de imputar al partido como persona jurídica.

La carpeta “Operación PSOE” es la prueba de que las cloacas del siglo XXI ya no viven solo de sobres en metálico y llamadas de madrugada, sino de drives compartidos, grupos de Signal y facturas que se travisten de publicidad electoral mientras lubrican un aparato de presión sobre jueces, fiscales y policías. Lo que antes se hacía en bares discretos y cafés de hotel, hoy se hace con enlaces y permisos de edición. Pero la lógica es la misma: usar información reservada como moneda de cambio, ofrecer “material” a cambio de favores procesales, blindar al líder aunque para ello haya que arrastrar a las instituciones por el fango. El problema no es solo que existan operadores dispuestos a ensuciarse las manos, sino que la estructura orgánica de un partido de gobierno haya podido convertirse, según los indicios, en su principal cliente.

La cloaca mediática es, quizá, la pieza más inquietante de todo este engranaje: sin ella, la Operación PSOE no pasaría de ser un oscuro asunto de despacho; con ella, se convierte en una máquina capaz de moldear percepciones y destruir reputaciones a demanda. Diversas informaciones coinciden en que alrededor de Leire Díez y del entorno de Santos Cerdán se articuló una red de periodistas y medios afines que recibían filtraciones selectivas, dossieres y argumentarios para atacar a jueces, fiscales, policías y adversarios políticos incómodos, mientras se protegía al partido y al presidente. Esa red no solo buscaba silenciar noticias molestas, sino fabricar relatos alternativos: sembrar dudas sobre investigaciones judiciales, ridiculizar a los denunciantes, presentar como “lawfare” lo que los autos califican como indicios de corrupción y abuso de poder. En las agendas aparecen referencias a reuniones con grupos como Prisa, a “cambiar relato” y a la idea de que “la línea editorial la marca P.S.”, un lema involuntario que condensa la colonización política de parte del ecosistema informativo.

Para quienes hacemos oficio del periodismo, este apartado tiene una gravedad especial: cuando el poder político convierte a una parte de la prensa en sucursal de su aparato de protección, la primera víctima es la ciudadanía, privada de un relato honesto de lo que ocurre. La segunda víctima son las provincias y territorios periféricos, como Castilla‑La Mancha y, en particular, Cuenca, que quedan atrapados en un ruido mediático centrado en la capital mientras sus problemas estructurales –infraestructuras amputadas, despoblación, abandono institucional– desaparecen de la agenda. En paralelo, la cloaca mediática funciona como brazo ejecutor simbólico de la Operación PSOE: no detiene a nadie ni firma autos, pero ensucia, intoxica, deslegitima y, sobre todo, distrae. Mientras los tribunales pelean por abrirse paso entre presiones y campañas de descrédito, una parte del ecosistema informativo actúa como cortina de humo, empujando al público a hablar del mensajero antes que del mensaje.

El periodismo no es neutral ante este tipo de operaciones: o se convierte en dique o se convierte en canal. No hay término medio cuando el poder baja al fango y busca cómplices para repartir el barro. Por eso resultan tan elocuentes las referencias a “reuniones con Vox, Podemos” o a pactos editoriales que, según las agendas, se cocinaban al margen de cualquier código deontológico conocido. Mientras una parte de la profesión hacía cola para entrar en el drive de la Operación PSOE, otra seguía trabajando con expedientes en papel, presupuestos recortados y un correo electrónico que nadie en Ferraz se molesta en contestar. Esa brecha entre periodistas de cloaca y periodistas de a pie es también una brecha democrática: donde la información se compra, la realidad acaba alquilada.

Llegados a este punto, la tentación es convertir el caso Leire en una simple inversión del relato: hoy le toca al PSOE, mañana le tocará al PP, y así en un eterno retorno de cloacas cruzadas donde la única constante es la impunidad de los grandes aparatos de poder. Pero esa lectura cínica es precisamente la que alimenta el problema. España ya conoció su Kitchen, con un PP que utilizó las estructuras del Estado para perseguir a su propio extesorero y manipular procedimientos judiciales. Ahora, si los indicios se consolidan, asistimos a una Operación PSOE que habría puesto la estructura de un partido de gobierno al servicio de una trama para sabotear causas penales, presionar a testigos y condicionar el trabajo de fiscales y policías. La alternancia en la Moncloa corre el riesgo de convertirse en simple relevo en la gestión del alcantarillado.

La diferencia, sin embargo, es que esta vez las siglas que aparecen en las agendas no se refieren a un misterioso “M. Rajoy” sobre el que nunca se quiso tirar del hilo, sino a un P.S. sobre el que las propias notas manuscritas hablan como “presidente” y “Pedro Sánchez”. Moncloa puede seguir negando, con razón jurídica o sin ella, que ese P.S. sea la persona que hoy ocupa la presidencia del Gobierno, pero el debate político y moral va por otro lado: ¿cuánto tiempo más va a tolerar la democracia española que los partidos conviertan las instituciones en guaridas de autoprotección? Mientras las cloacas compiten por ver quién ensucia más al rival, provincias como Cuenca siguen pagando la factura en silencio: menos trenes, menos futuro y mucha más mugre de la que aparece en ninguna agenda.

La regeneración no consistirá en cambiar de siglas en la cabecera del BOE, sino en sellar de una vez estas galerías que recorren el subsuelo del sistema político. Eso exige una justicia verdaderamente independiente, una fiscalía que no sea correa de transmisión del Gobierno de turno, unos partidos dispuestos a renunciar a su tentación de controlarlo todo y unos medios que prefieran perder publicidad antes que alquilar su portada al mejor postor. Es un programa mínimo de higiene democrática. Sin él, no habrá agenda lo bastante gruesa ni cloaca lo bastante profunda como para enterrar el hedor. Porque, al final, las iniciales mudan, los nombres cambian, los líderes pasan. Pero el olor de P.S. –de PP, de PSOE, de cualquier P de poder– permanece mientras no se limpien de verdad las cañerías de la política española.

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