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Los vanidosos de La Parra de las Vegas. 52 (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el julio 30, 2026julio 30, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Un verano lento para que el pueblo siga viviendo

La Parra de las Vegas no pretende competir con la velocidad de las ciudades. Su victoria consiste precisamente en otra cosa: conservar el pulso, reconocerse en sus costumbres y demostrar que un pueblo pequeño puede seguir produciendo convivencia, memoria y creatividad. Mientras haya alguien dispuesto a abrir una puerta, preparar una actividad, contar una historia o regresar durante el verano, la desaparición no habrá ganado.

Hay pueblos en los que el verano no llega de golpe. No entra con una avalancha de turistas, ni con el estrépito de las maletas arrastradas sobre el mármol de los hoteles, ni con esos atascos que convierten las carreteras costeras en ríos de impaciencia. En La Parra de las Vegas, el verano llega despacio, como llegaban antes las visitas queridas: después de una curva, levantando un poco de polvo, reconociendo desde lejos la silueta del campanario y buscando, casi por instinto, la casa familiar.

Primero aparece una persiana abierta que llevaba meses cerrada. Luego se escucha el golpe de una puerta que vuelve a encajar en su quicio. Más tarde, una mujer sacude unas mantas en el balcón; alguien barre la entrada de una vivienda; un automóvil se detiene delante de una fachada conocida y de él bajan hijos, nietos, bolsas, cajas, una nevera portátil y algún perro que todavía no sabe que ha llegado al territorio de la libertad.

Así comienza el verano lento.

Lento no quiere decir inmóvil. Tampoco triste. Mucho menos resignado. La lentitud de los pueblos es una forma diferente de movimiento. Mientras las ciudades corren para no llegar a ninguna parte, los pueblos avanzan reconociendo cada piedra del camino. Allí la vida no se mide solamente por la cantidad de acontecimientos, sino por la intensidad con que se viven los pequeños sucesos.

Una conversación a la sombra puede ocupar una mañana entera. Una partida de cartas puede convertirse en tratado de psicología colectiva. Una silla colocada junto a una puerta constituye una declaración de sociabilidad. Y una actividad preparada con pocos medios, pero con imaginación y voluntad, puede congregar más verdad humana que muchos de esos grandes espectáculos urbanos cuyos asistentes salen igual de solos que entraron.

El reel que inspira estas líneas ofrece precisamente esa impresión: la de una localidad que se mueve sin estridencias, que crea sin presumir demasiado y que reúne a sus vecinos alrededor de una iniciativa nacida del entusiasmo común. No hacen falta grandes decorados. Basta con que alguien tenga una idea, otro preste unas manos y varios más decidan que merece la pena acudir.

En los pueblos, casi todo comienza de ese modo.

—¿Y si hacemos algo?

La frase parece sencilla, pero contiene una revolución.

Porque en la España Vaciada hacer algo es mucho más que organizar un entretenimiento. Es desafiar las estadísticas. Es discutirle el porvenir a los demógrafos. Es responder a quienes llevan décadas anunciando que las pequeñas localidades están condenadas a convertirse en cementerios de casas cerradas, paisajes para excursionistas de fin de semana o recuerdos amarillentos guardados en los cajones familiares.

Cada actividad organizada en un pueblo es un acto de resistencia. Cada reunión es una derrota provisional de la soledad. Cada niño que corre por una calle donde durante el invierno apenas se escucha el viento representa una pequeña insurrección contra la desaparición.

La terquedad heredada

La Parra de las Vegas conoce bien el arte de resistir. No lo aprendió en manuales de desarrollo rural ni en jornadas académicas celebradas en hoteles de capital. Lo aprendió de sus mayores.

Aquellos antecesores no utilizaron palabras como “resiliencia”, “innovación territorial” o “dinamización comunitaria”. No les hacían falta. Practicaban todas esas cosas sin nombrarlas.

Sabían aprovechar lo poco, reparar lo viejo, guardar para mañana, ayudarse durante la siega, acudir cuando una familia atravesaba una desgracia y celebrar juntos cuando la ocasión lo permitía. Sabían que la supervivencia nunca había sido una empresa individual. En un medio duro, la comunidad no era una abstracción: era una herramienta imprescindible.

La tierra enseñaba disciplina. Los inviernos enseñaban paciencia. Las malas cosechas enseñaban previsión. Las distancias enseñaban autonomía. Y la falta de comodidades desarrollaba una creatividad práctica que hoy sorprendería a más de un especialista.

Donde no había recursos, había ingenio. Donde faltaban máquinas, sobraban manos. Donde no llegaban las instituciones, llegaba el vecino.

Esa herencia permanece, aunque hayan cambiado los aperos, las ocupaciones y las formas de comunicarse. Ahora las convocatorias pueden circular por WhatsApp, las imágenes se graban con teléfonos móviles y una actividad local puede contemplarse desde Madrid, Barcelona, Valencia o cualquier otro punto al que fueron a vivir los descendientes del pueblo.

Pero el impulso sigue siendo el mismo: juntarse para hacer.

La Parra conserva esa testarudez que algunos confunden con inmovilismo. Es exactamente lo contrario. El inmóvil se deja llevar. El testarudo se agarra a lo que considera valioso y busca la manera de salvarlo.

Los pueblos que todavía viven no son los que han permanecido idénticos a sí mismos. Son aquellos que han sabido cambiar sin dejar de reconocerse. Han incorporado novedades, han admitido costumbres llegadas de fuera, han utilizado las tecnologías y han aprendido a relacionarse con un mundo más amplio. Pero, al mismo tiempo, conservan una forma propia de mirar, de hablar, de bromear y de reunirse.

Eso es la creatividad autóctona: no la repetición mecánica del pasado, sino la capacidad de transformar la herencia en presente.

El pueblo como escenario

Durante el verano, las calles adquieren otra condición. Dejan de ser simples lugares de paso y recuperan su antigua función de escenario.

En una esquina se habla del tiempo. En otra se reconstruyen parentescos.

—Ese muchacho es nieto de…

—No, hombre, es hijo de la pequeña de…

—Pues tiene los mismos ojos que su abuelo.

En los pueblos nadie regresa completamente solo. Vuelve acompañado por su genealogía. Los rostros se leen como documentos familiares. Un gesto, una manera de andar o una determinada inclinación de la cabeza bastan para que los mayores localicen al recién llegado dentro del mapa humano de la localidad.

Los niños descubren que sus padres también fueron niños. Les enseñan la casa donde nacieron, la calle en la que jugaban, el ribazo desde el que se lanzaban, la fuente a la que iban a por agua o el lugar donde tuvieron lugar algunas aventuras convenientemente corregidas por la memoria.

Porque la memoria de los pueblos no es una notaría. Es un género literario.

Cada vecino conserva su propia versión de los hechos. Las historias se agrandan, se adornan, se contradicen y acaban adquiriendo esa forma de verdad colectiva que no depende tanto de la exactitud como del significado.

De ahí proceden también los vanidosos de La Parra.

Vanidosos no por soberbia, sino por orgullo de pertenencia. Vanidosos porque, en el fondo, cada cual considera que su calle era la más animada, su cuadrilla la más atrevida, sus fiestas las mejores y su juventud irrepetible.

Y acaso tengan todos razón.

Cada generación vivió un pueblo distinto. La localidad de quienes nacieron antes de la guerra no fue la misma que conocieron los jóvenes de los años sesenta. Tampoco se parece exactamente a la que recuerdan quienes regresan ahora con hijos y nietos. Pero existe un hilo que las une: la necesidad de convertir el espacio heredado en una experiencia compartida.

Por eso las actividades veraniegas importan tanto. No son meros pasatiempos. Funcionan como talleres de continuidad.

Quien prepara una representación, una exposición, una comida colectiva, un torneo, una ruta, una velada musical o cualquier encuentro vecinal está fabricando recuerdos futuros. Dentro de veinte o treinta años, alguien evocará aquella tarde, aquella risa, aquel pequeño incidente que hoy parece insignificante.

La historia local también se construye así: con hechos que nunca aparecerán en los archivos oficiales, pero que permanecerán en la conversación de las familias.

La dignidad de hacer con poco

En las ciudades se ha extendido la idea de que toda actividad necesita un presupuesto considerable, una campaña de comunicación, patrocinadores, técnicos, asesores y una complicada maquinaria administrativa. Los pueblos, acostumbrados a que los recursos siempre lleguen tarde o no lleguen, conservan una filosofía más directa.

Se mira lo que hay. Se pregunta quién puede colaborar. Se reutiliza lo guardado. Se trabaja. Y al final se hace.

Quizá no resulte perfecto. Tal vez falte una luz, sobre una silla o haya que improvisar porque algo no funciona. Pero esa pequeña imperfección forma parte de su encanto. Lo importante no es producir un espectáculo impecable para consumidores pasivos, sino conseguir que la gente participe.

En un pueblo nadie es solamente público.

El espectador de hoy puede ser el organizador de mañana. Quien no actúa coloca las sillas. Quien no coloca las sillas prepara la merienda. Quien no puede ayudar físicamente ofrece un consejo, presta un objeto o se encarga de mantener viva la conversación.

Esta economía moral de la colaboración constituye uno de los grandes patrimonios de la España rural. No figura en las estadísticas del producto interior bruto, pero sostiene comunidades enteras.

¿Cuánto vale que una persona mayor no pase la tarde sola? ¿Cuánto vale que un niño conozca a otros niños vinculados al mismo pueblo? ¿Cuánto vale que varias generaciones compartan un espacio sin que nadie haya diseñado para ellas un sofisticado programa de convivencia intergeneracional? ¿Cuánto vale que un antiguo vecino, después de muchos meses ausente, vuelva a sentirse parte de algo?

Los indicadores oficiales no saben medir estas cosas. Por eso tantos diagnósticos sobre el mundo rural resultan incompletos. Cuentan habitantes, empleos, nacimientos, cierres de negocios y kilómetros hasta el hospital más cercano. Todo eso es indispensable. Pero rara vez cuentan la energía comunitaria, la creatividad espontánea, la red de cuidados o el apego.

Y sin esos elementos no se entiende por qué algunos pueblos, aun golpeados por décadas de emigración y abandono institucional, continúan negándose a desaparecer.

Contra los determinismos del presente

Hay una forma especialmente dañina de hablar de la despoblación: presentarla como una ley natural.

Se dice que los pueblos se vacían porque los tiempos han cambiado. Que los jóvenes se marchan porque es inevitable. Que los servicios desaparecen porque mantenerlos cuesta demasiado. Que el comercio cierra porque no hay clientes. Que las escuelas se clausuran porque no hay niños. Que el transporte público se elimina porque no resulta rentable.

Cada explicación aislada parece razonable. Pero, cuando se observan todas juntas, aparece el mecanismo perverso.

Se retiran servicios porque disminuye la población y, al retirar servicios, se obliga a marcharse a más población. Después, la nueva pérdida de habitantes justifica otro recorte. Así se crea una profecía que se cumple a sí misma.

Lo llaman determinismo demográfico, pero muchas veces es abandono político.

Los pueblos no piden vivir congelados en el pasado. Piden disponer de condiciones materiales para tener futuro: buenas comunicaciones, vivienda, acceso digital, atención sanitaria, educación, transporte, oportunidades laborales y una Administración que no trate la ruralidad como un problema residual.

Sin embargo, mientras esas políticas llegan —cuando llegan—, las pequeñas localidades se sostienen con su propia fortaleza.

La Parra no puede resolver por sí sola los desequilibrios territoriales de España. Ningún pueblo puede hacerlo. Pero sí puede negarse a interiorizar el discurso de la derrota.

Y esa negativa tiene consecuencias.

Cuando una comunidad programa actividades, rehabilita espacios, conserva tradiciones, invita al regreso y muestra públicamente que sigue viva, está defendiendo su derecho a existir. No sustituye a las inversiones ni a los servicios públicos, pero crea la base social sin la cual ninguna política de recuperación será posible.

Un pueblo que ha perdido la esperanza no se salva solamente con dinero.

Un pueblo que todavía conserva iniciativa puede multiplicar cada ayuda que recibe.

El verano como promesa

El verano rural posee una contradicción. Es la estación en la que muchos pueblos recuperan temporalmente una población que después volverán a perder. Las casas se abren, los bares se llenan, las calles vuelven a escuchar voces infantiles y las plazas recuperan su antiguo bullicio. Después llega septiembre y una parte de esa vida se marcha.

Podría contemplarse este fenómeno con melancolía. Pero también conviene interpretarlo como una oportunidad.

Quienes regresan durante el verano no son simples visitantes. Mantienen lazos familiares, emocionales y patrimoniales. Conservan casas, consumen en los negocios próximos, participan en las fiestas, transmiten historias y ofrecen a sus hijos la posibilidad de desarrollar una segunda pertenencia.

Ese vínculo puede convertirse en algo más.

Las nuevas formas de trabajo permiten que algunas personas pasen temporadas más largas en el medio rural. La conectividad abre posibilidades antes inexistentes. El turismo cultural, la producción artesanal, los cuidados, los proyectos ambientales y determinadas actividades profesionales pueden generar oportunidades si encuentran respaldo institucional.

Pero el primer requisito es que el pueblo continúe siendo un lugar deseable.

Y para ello no basta con ofrecer tranquilidad. Un pueblo vivo necesita relaciones, acontecimientos, cultura y ocasiones de encuentro. Necesita que sucedan cosas, aunque sucedan despacio.

El verano lento no es un verano vacío. Está lleno de gestos.

La mañana empieza con el sonido de las persianas. Después aparecen los pasos que se dirigen a comprar el pan, los saludos que se alargan, la visita al huerto, las conversaciones sobre el calor y esas pequeñas investigaciones vecinales destinadas a averiguar quién ha llegado, cuánto tiempo piensa quedarse y si este año ha venido también la familia entera.

A la hora de la siesta, el pueblo parece detenerse. Pero no duerme completamente. Detrás de alguna ventana se prepara la actividad de la tarde. Se buscan materiales, se ensayan palabras, se envían mensajes, se comprueba si falta alguien.

Luego baja el sol y la calle vuelve a abrirse.

Las sillas salen de las casas. Los niños ocupan el espacio con esa autoridad natural que sólo poseen los niños. Los mayores observan. Los recién llegados se mezclan con quienes permanecen todo el año. Alguien hace una fotografía. Otro graba un pequeño vídeo. Y durante un rato la localidad deja de ser un punto diminuto en un mapa de la despoblación.

Se convierte en el centro del mundo.

Permanecer no es quedarse quieto

Durante demasiado tiempo se ha asociado la permanencia rural con una actitud conservadora, casi defensiva. Como si querer que un pueblo continúe existiendo significara oponerse al progreso.

Nada más equivocado.

Permanecer exige cambiar constantemente.

Lo hicieron los antepasados cuando adaptaron cultivos, introdujeron herramientas o buscaron trabajos complementarios. Lo hicieron las familias que emigraron, enviaron recursos y mantuvieron las casas. Lo hacen ahora quienes utilizan las redes sociales para difundir actividades, reunir a los ausentes y dar visibilidad a lugares que antes apenas aparecían en los medios.

El reel es un ejemplo de esa modernidad rural. Una escena local, nacida en una pequeña comunidad, puede viajar a través de las pantallas y alcanzar a personas dispersas. El pueblo ya no termina en su término municipal. Se prolonga allí donde vive uno de los suyos.

Hay una La Parra física, hecha de calles, casas, caminos, eras y paisajes.

Y existe otra La Parra extendida, formada por quienes la recuerdan desde lejos, quienes regresan cuando pueden y quienes siguen sintiendo como propias las noticias del pueblo.

Las tecnologías, tantas veces acusadas de aislar, también pueden recomponer comunidades separadas por la emigración. Una imagen compartida despierta conversaciones, reactiva recuerdos y provoca el deseo de regresar.

—Mira, están haciendo esto en el pueblo.

Esa frase sencilla mantiene abierto el camino de vuelta.

La victoria de lo pequeño

Tal vez el gran error de nuestra época consista en identificar importancia con tamaño. Todo debe ser grande: las ciudades, las empresas, los proyectos, los acontecimientos, las audiencias. Lo pequeño se considera irrelevante.

Pero la vida humana ocurre casi siempre en escalas reducidas. Una familia. Una amistad. Una calle. Una plaza. Un grupo de personas que decide reunirse.

La actividad de un pueblo puede parecer diminuta desde la distancia. Sin embargo, para quienes participan en ella contiene un universo entero. Genera conversación, pertenencia, autoestima y memoria.

Es también una forma de decir: estamos aquí. No somos un decorado abandonado. No somos solamente la aldea de la que se marcharon nuestros padres. No somos una cifra descendente en el padrón. No somos un problema que las administraciones mencionan durante los discursos sobre el reto demográfico.

Somos una comunidad capaz de crear.

Esa es la verdadera vanidad de La Parra: el orgullo de mostrarse viva.

Una vanidad legítima, alejada de la arrogancia. La vanidad de quien limpia su puerta porque espera visitas. La de quien adorna una calle, ensaya una actuación o prepara una mesa porque considera que su pueblo merece atención.

Los pueblos desaparecen dos veces. Primero, cuando pierden habitantes. Después, cuando quienes quedan dejan de creer que merece la pena hacer algo.

La Parra se resiste a esa segunda desaparición.

Y mientras la evite, la primera no será irreversible.

Cuando se apaga la tarde

Al terminar la actividad, las sillas regresan lentamente a las casas. Se recogen los objetos, se comentan los mejores momentos y se repiten las anécdotas que quizá mañana ya hayan comenzado a exagerarse.

Los niños continúan jugando un rato más. Los mayores permanecen sentados, aprovechando el fresco. Las conversaciones se dispersan por las calles.

No ha ocurrido nada extraordinario, podrían decir quienes contemplan el mundo desde la lógica de los grandes acontecimientos.

Y, sin embargo, ha ocurrido todo.

Durante unas horas, una comunidad se ha reconocido a sí misma. Ha compartido un tiempo que no estaba gobernado por la prisa, el consumo ni la productividad. Ha creado algo propio y lo ha ofrecido a los demás.

Eso es cultura. Eso es desarrollo local. Eso es lucha contra la despoblación. Eso es política en su sentido más antiguo y noble: cuidar la vida común.

Cuando la noche termina de asentarse sobre los tejados, el pueblo recupera su silencio. Pero no es el silencio de la muerte. Es el reposo de quien ha cumplido una jornada.

Mañana se volverá a hablar del calor, de las cosechas, de los que han llegado, de los que todavía faltan y de lo que podría organizarse la semana siguiente.

Porque siempre aparece alguien dispuesto a pronunciar nuevamente la frase decisiva:

—¿Y si hacemos algo?

Entonces vuelve a ponerse en marcha esa maquinaria modesta de la voluntad popular. Una maquinaria construida con recuerdos, conversaciones, favores, imaginación y testarudez.

La misma testarudez de quienes trabajaron aquellas tierras antes que nosotros.

La misma que permitió atravesar épocas de escasez, despedidas, emigraciones e inviernos interminables.

La misma que ahora afirma, sin proclamas grandilocuentes, que La Parra de las Vegas no acepta el destino que otros han escrito para ella.

El verano seguirá pasando despacio. Caerá la tarde sobre las fachadas. Las cigarras insistirán desde los campos. Alguna puerta volverá a abrirse.

Y mientras exista una persona dispuesta a crear un motivo para reunirse, otra que quiera regresar y una tercera que conserve la memoria de quienes estuvieron antes, el pueblo seguirá respirando.

Lento, sí. Pero vivo. Testarudo. Vanidoso. Y decidido a permanecer.

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