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Un particularismo abierto: la ideología municipal que Cuenca necesita (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el julio 28, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Un municipalismo arraigado, cooperativo y exigente puede reunir a sensibilidades diferentes sin caer en el victimismo ni en la indefinición.

Toda alternativa política duradera necesita una idea de ciudad. No basta con reunir descontentos, elaborar una lista de problemas o aprovechar el desgaste de quienes gobiernan. Las fuerzas que nacen exclusivamente contra alguien suelen desaparecer cuando cambia el adversario o cuando la protesta debe convertirse en presupuesto, personal, contratos y decisiones difíciles. «Somos Cuenca» necesita, por tanto, una doctrina municipal reconocible. Esa doctrina puede construirse a partir de un particularismo abierto: amor activo a la patria chica, defensa firme de sus intereses y voluntad de cooperar con el exterior.

El particularismo conquense no debe confundirse con el localismo defensivo. El localismo defensivo sospecha de quien llega, idealiza el pasado y convierte cualquier crítica interna en una deslealtad. El particularismo abierto actúa de otra manera. Conoce la singularidad de Cuenca, protege su patrimonio, exige un trato territorial justo y, al mismo tiempo, atrae talento, aprende de otras ciudades y acepta que la identidad se fortalece cuando dialoga. No proclama que Cuenca sea superior; sostiene que merece gobernarse con la misma ambición y calidad institucional que cualquier otra ciudad.

La historia social de Cuenca explica la fuerza de la patria chica. El paisaje, el casco histórico, las hoces, la memoria religiosa y la relación con la provincia han construido una comunidad de pertenencia intensa. Esa identidad es un activo político. Permite movilizar solidaridad, defender servicios e interpretar decisiones externas desde una conciencia territorial. Pero también puede producir fragmentación: barrios que se ignoran, círculos profesionales cerrados, redes familiares que sustituyen a procedimientos transparentes y una desconfianza persistente hacia quienes no forman parte del grupo habitual.

El ideario de «Somos Cuenca» debe conservar la energía de la pertenencia y corregir sus deformaciones. Su primer principio sería la igualdad cívica: ningún apellido, amistad, adscripción partidista o cercanía institucional puede valer más que el mérito, la necesidad o el interés general. En una ciudad de escala reducida, las relaciones personales son inevitables y a menudo positivas. El problema aparece cuando esas relaciones deciden contratos, oportunidades, subvenciones, puestos o prioridades. La transformación exige que la cercanía deje de ser privilegio y se convierta en cuidado comunitario.

El segundo principio es la soberanía municipal responsable. Un Ayuntamiento no posee competencias ilimitadas, pero sí puede ejercer plenamente las que tiene y utilizar su legitimidad para defender las que dependen de otras administraciones. Durante años, la política local ha oscilado entre la obediencia partidista y la queja impotente. Cuando gobierna en Madrid o Toledo el mismo partido, se reducen las exigencias; cuando gobierna el adversario, se multiplican. «Somos Cuenca» debe romper esa lógica. La posición municipal ante una infraestructura, un servicio sanitario, una inversión o una decisión ferroviaria ha de depender de su efecto sobre Cuenca, no del color político de quien la adopta.

La defensa del tren convencional Madrid-Cuenca-Valencia representa un ejemplo esencial. No es una nostalgia ferroviaria, sino una cuestión de cohesión territorial, movilidad, oportunidades para estudiantes, turismo, mercancías y articulación provincial. Un particularismo abierto no rechaza la alta velocidad ni las nuevas soluciones de movilidad; exige que la modernización no se construya mediante la eliminación de opciones útiles. La ciudad debe negociar desde una posición técnica, jurídica y social sólida, conectando su reivindicación con otros territorios y con objetivos europeos de descarbonización y equilibrio regional.

El tercer principio es la ciudad completa. Cuenca no puede reducirse a su casco histórico, aunque este sea su imagen más universal. Tampoco puede concebirse como una suma de barrios separados por prioridades coyunturales. El proyecto político debe integrar la ciudad alta, el centro, los barrios consolidados, las expansiones, las pedanías y los espacios vinculados a la antigua infraestructura ferroviaria. Cada decisión urbanística tendrá que responder a una pregunta: ¿une o fragmenta más la ciudad? Esa pregunta debería aplicarse al transporte, la vivienda, los equipamientos, las zonas verdes y la distribución de la actividad económica.

El cuarto principio es la reciprocidad entre capital y provincia. Cuenca ciudad recibe población, consumo, estudiantes, pacientes y trabajadores procedentes de los municipios. La provincia necesita una capital fuerte, pero no absorbente. «Somos Cuenca» debería proponer acuerdos estables con ayuntamientos y mancomunidades para compartir promoción turística, cultura, formación, digitalización, emprendimiento y servicios especializados. La capitalidad no se demuestra acumulando recursos, sino multiplicando la capacidad del territorio.

El quinto principio es la apertura al talento. La identidad defensiva pregunta de dónde viene una persona; la identidad creadora pregunta qué puede aportar y qué necesita para integrarse. Cuenca requiere el retorno de quienes se marcharon, la permanencia de sus estudiantes, la llegada de profesionales, familias, emprendedores, investigadores, artistas y trabajadores a distancia. Atraer población no consiste solo en anunciar calidad de vida. Exige vivienda disponible, internet excelente, transporte, servicios, oportunidades profesionales y una comunidad receptiva.

El particularismo abierto ofrece también una nueva relación con la cultura. Cuenca ha vivido con frecuencia de su prestigio cultural como si fuera un capital inagotable. El Museo de Arte Abstracto, la Semana de Música Religiosa, la ciudad histórica y su paisaje forman una legitimidad extraordinaria, pero la cultura no puede limitarse a conmemorar. Debe crear empleo, educación, innovación, actividad semanal y conexión internacional. «Somos Cuenca» tendría que defender una política cultural 365 días al año, con residencias artísticas, producción audiovisual, apoyo a creadores, colaboración universitaria y uso activo del espacio público.

El sexto principio es el bienestar como ventaja competitiva. Cuenca posee silencio, naturaleza, escala humana y tiempos urbanos menos agresivos que las grandes áreas metropolitanas. Esos rasgos no deben interpretarse como lentitud o atraso, sino como recursos escasos en la Europa contemporánea. La ciudad puede especializarse en salud comunitaria, envejecimiento activo, deporte de naturaleza, creación, educación y trabajo remoto. Pero el bienestar no puede ser una marca turística separada de la vida real. Una ciudad no es saludable si sus mayores viven solos, sus jóvenes no encuentran vivienda o sus barrios carecen de mantenimiento.

El séptimo principio es la política de resultados. El particularismo se vuelve retórica cuando atribuye todos los males a fuerzas externas. Cuenca ha sufrido decisiones injustas y olvidos evidentes, pero también ha padecido errores propios, falta de cooperación, proyectos mal definidos y escasa exigencia interna. «Somos Cuenca» debe asumir una regla incómoda: antes de reclamar fuera, hay que demostrar que se hace bien lo que depende de dentro. Esa disciplina dará más fuerza a las reivindicaciones ante otras administraciones.

El octavo principio es la democracia de proximidad. La escala de Cuenca permite que la participación sea más que una plataforma digital o una consulta ocasional. Los barrios pueden disponer de presupuestos participativos; las asociaciones, de respuestas motivadas; los grandes proyectos, de debates previos; y la ciudadanía, de información comprensible. La participación auténtica no significa que todas las decisiones se sometan a referéndum. Significa que el poder explica, escucha, incorpora y rinde cuentas.

Para evitar que «Somos Cuenca» se convierta en una etiqueta ambigua, su ideario debería traducirse en un decálogo público: Cuenca primero, pero nunca Cuenca sola; mérito frente a clientela; cooperación frente a círculos cerrados; resultados frente a propaganda; juventud frente a resignación demográfica; ciudad completa frente a fragmentación; provincia aliada frente a centralismo capitalino; cultura productiva frente a cultura ornamental; bienestar compartido frente a privilegio; y transparencia frente a obediencia partidista.

Esta doctrina permitiría dialogar con votantes de procedencias diversas. Una persona conservadora puede identificarse con la defensa de la identidad, el orden institucional y la buena gestión. Una persona progresista puede reconocer la prioridad de la igualdad, los servicios, la participación y la sostenibilidad. Un liberal puede valorar la simplificación administrativa y el apoyo a la iniciativa. Un ecologista puede compartir la movilidad sostenible y la protección del territorio. El particularismo abierto no elimina las diferencias, pero las ordena alrededor de un interés municipal común.

La transversalidad, sin embargo, no debe convertirse en indefinición. Decir que una candidatura no es de izquierdas ni de derechas puede resultar útil durante unas semanas, pero gobernar obliga a decidir sobre impuestos, gasto, vivienda, movilidad, servicios públicos y modelo urbano. «Somos Cuenca» tendría que explicar su criterio: prudencia fiscal, prioridad social, inversión productiva, evaluación de políticas y rechazo de gastos sin impacto. No es ausencia de ideología; es una ideología municipal centrada en la eficacia equitativa.

También debe establecer límites éticos. No aceptar transfuguismo como atajo; publicar las reuniones con grupos de interés; limitar mandatos; seleccionar candidatos mediante procedimientos claros; hacer públicas las declaraciones de bienes; incompatibilizar cargos cuando exista conflicto; y someter los pactos postelectorales a un documento de condiciones. La confianza local se destruye rápidamente cuando una fuerza que prometía renovación reproduce los hábitos que criticaba.

El particularismo abierto necesita un lenguaje propio. No debe hablar desde el victimismo permanente ni desde una superioridad provinciana. Su tono será firme, sereno y concreto. En lugar de «nadie hace nada por nosotros», dirá qué administración debe hacer qué, en qué plazo y con qué fundamento. En lugar de «Cuenca se muere», mostrará los indicadores que deben cambiar. En lugar de «todos son iguales», diferenciará decisiones, responsabilidades y alternativas.

La nueva salida electoral no se construirá enfrentando a conquenses contra conquenses. Su adversario principal no es un grupo social, un barrio ni el votante de otro partido. Es una cultura política de baja expectativa, dependencia y opacidad. Una mayoría de transformación puede incluir a personas que antes votaron al PSOE, al PP, a Cuenca nos Une, a Cuenca en Marcha, a Vox o que se abstuvieron. El objetivo no es pedirles que renieguen de su identidad anterior, sino demostrarles que en el ámbito municipal existe una prioridad superior: hacer que Cuenca funcione, crezca y recupere capacidad de decisión.

«Somos Cuenca» será políticamente útil si convierte la patria chica en ciudadanía adulta. Amar Cuenca no consiste en repetir sus virtudes, sino en corregir sus defectos; no en cerrar la puerta, sino en elegir con criterio a quién se invita; no en culpar siempre a otros, sino en organizar la propia fuerza. Ese particularismo abierto puede ser la ideología municipal que la ciudad lleva años buscando: suficientemente arraigada para defenderla y suficientemente moderna para transformarla.

El particularismo abierto debe expresarse también en la política económica. Defender lo propio no significa proteger cualquier actividad frente a la competencia, sino crear condiciones para que el talento y la empresa locales puedan competir. Las compras municipales, dentro de la legalidad, pueden facilitar el acceso de pymes mediante lotes adecuados, información temprana y reducción de cargas. La promoción turística debe incorporar proveedores y creadores del territorio. La universidad debe conectar investigación con problemas empresariales concretos. El orgullo económico se demuestra aumentando capacidad, no repartiendo favores.

La relación con Castilla-La Mancha merece una formulación adulta. Cuenca forma parte de la comunidad autónoma y necesita cooperación regional, pero no debe aceptar que la cohesión se invoque para justificar desequilibrios persistentes. «Somos Cuenca» promovería una agenda anual de inversiones y servicios, comparada con objetivos y no utilizada como arma partidista. Cuando exista incumplimiento, lo denunciará con datos; cuando haya avance, lo reconocerá. Esta combinación de firmeza y honestidad fortalecerá la posición conquense.

También es necesario repensar la memoria. Una ciudad con un pasado tan visible puede quedar atrapada en él. La tradición debe ser plataforma, no techo. El casco histórico, las fiestas, la religiosidad, la historia ferroviaria y el paisaje forman parte de la identidad, pero cada generación tiene derecho a añadir una capa. Arte contemporáneo, ciencia, innovación, diversidad cultural y nuevos usos urbanos no amenazan la esencia de Cuenca; impiden que se convierta en museo inmóvil.

El particularismo abierto se opone igualmente al centralismo interno. No tendría coherencia reclamar atención a Madrid y Toledo mientras el Ayuntamiento ignora a barrios o pedanías. La justicia territorial empieza dentro del municipio. Inversiones, mantenimiento y servicios deben publicarse por zonas, permitiendo comprobar su equilibrio. La igualdad no exige gastar lo mismo en todas partes, sino justificar las diferencias según población, necesidad y función.

Este ideario puede ofrecer una respuesta a la polarización. Las guerras culturales nacionales producen identidades intensas, pero con frecuencia dejan intactos los problemas locales. «Somos Cuenca» no será neutral ante valores democráticos, libertad, igualdad o legalidad; simplemente rechazará que las etiquetas sustituyan al análisis. En un pleno municipal, una propuesta será juzgada por su impacto, viabilidad y justicia. Ese pragmatismo con principios puede recuperar a ciudadanos que no desean renunciar a sus convicciones, pero están cansados de que todas las conversaciones terminen en el mismo enfrentamiento nacional.

La educación cívica completará el modelo. Conocer el presupuesto, comprender una ordenanza, participar en una alegación o seguir un contrato son formas de poder ciudadano. El Ayuntamiento puede organizar talleres, publicar guías y abrir datos comprensibles. Una ciudadanía informada depende menos de rumores y redes clientelares. El particularismo abierto no pide fe en los dirigentes; crea instrumentos para vigilarlos.

El nombre mismo encierra una obligación. «Somos» expresa pluralidad y corresponsabilidad; «Cuenca», un territorio concreto que no debe convertirse en excusa sentimental. La fórmula será útil mientras recuerde que ningún dirigente puede apropiarse de la ciudad y que ninguna institución externa puede definirla sin contar con ella. El ideario se mantendrá vivo mediante congresos cívicos periódicos, revisión programática y apertura a nuevas generaciones.

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