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La Serranía en la línea de fuego: cuando el monte público es la última trinchera de Cuenca (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el julio 14, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Cuenca se asoma al Ventano del Diablo, recorre la Ciudad Encantada y se emociona ante el nacimiento del río Cuervo, pero pocas veces piensa que ese paisaje es, ante todo, monte público: patrimonio común y última trinchera frente a incendios, despoblación y cambio climático.

Castilla-La Mancha ha aprendido a exhibir carreteras, polígonos y cifras de inversión, pero sigue sin tratar sus montes públicos como la gran infraestructura estratégica que realmente son. En la Serranía de Cuenca, esa ceguera política se paga cara: cada verano el riesgo de incendio recuerda que el bosque no es una postal, sino un sistema de protección territorial, económica y social que sostiene pueblos, regula agua, fija suelo y da sentido a una forma de vida serrana cada vez más frágil.

El Catálogo de Montes de Utilidad Pública, heredero de las relaciones históricas de montes preservados de la desamortización, sigue siendo una pieza central del patrimonio forestal español y castellano-manchego. La Ley 3/2008 de Montes y Gestión Forestal Sostenible de Castilla-La Mancha, reformada después, establece que esos montes públicos pertenecen al Estado, la Junta, las entidades locales y otras corporaciones públicas, y que su gestión debe orientarse a la conservación, el aprovechamiento racional y el interés general. El problema es que entre el texto legal y la realidad cotidiana del monte media una distancia demasiado grande.

Un territorio que se vacía

El Informe socioeconómico de Cuenca confirma un diagnóstico conocido y, por eso mismo, más inquietante: amplias zonas de la provincia continúan atrapadas en un ciclo de despoblación, envejecimiento y baja densidad demográfica que compromete tanto los servicios públicos como la capacidad de gestión del territorio. En la Serranía, esa tendencia no es una abstracción estadística, sino la traducción diaria de pueblos con menos vecinos, menos actividad económica y menor presencia humana en el monte.

La provincia arrastra una estructura productiva frágil, con fuerte peso del sector primario y del empleo público, mientras el tejido empresarial privado sigue muy atomizado y con escasa capacidad de transformación territorial en muchas comarcas rurales. La renta media y las oportunidades laborales continúan por debajo de otras áreas más dinámicas de Castilla-La Mancha, de modo que los recursos naturales de la provincia conviven con una debilidad socioeconómica persistente. Ese contraste entre riqueza ecológica y fragilidad demográfica es, precisamente, uno de los grandes nudos de la Serranía de Cuenca.

No es casualidad que donde faltan manos sobre el terreno sobren hectáreas sin manejo continuo. Allí donde desaparecen ganaderos, resineros, trabajadores forestales y pequeños aprovechamientos tradicionales, crece el combustible vegetal, se cierra el monte y aumenta la continuidad de masas forestales que facilitan fuegos más intensos y difíciles de contener. La España despoblada no solo pierde habitantes; pierde ojos, oficios y capacidad de anticipación.

Montes públicos con nombres y memoria

Cuando se habla de monte público en Cuenca no se habla de una entelequia administrativa. Se habla de nombres concretos, de espacios reales y de una memoria territorial que forma parte de la identidad provincial. El Ayuntamiento de Cuenca conoce bien esa realidad: los grandes incendios de la Serranía llegaron a afectar a cinco montes públicos municipales, entre ellos Huesas del Vasallo, de 1.482 hectáreas, y Sierra Barrancos, de 4.135 hectáreas. También figuran en la cartografía y documentación oficial montes como Cerro Gordo, Entredicho o Muela de la Madera, inscritos por su valor protector, ecológico y patrimonial.

En Huélamo, además, la relación entre municipio y bosque conserva una densidad histórica que convendría recordar más a menudo. Sus montes comunales, ligados durante siglos a la Sierra de Cuenca, pasaron a propiedad del pueblo y se mantuvieron bajo la figura de utilidad pública, mostrando que el monte no era un decorado, sino una base económica y comunitaria. Esa misma lógica se repetía, con matices, en Tragacete, Vega del Codorno, Boniches, Salvacañete o Zafrilla: pueblos donde el monte siempre fue una fuente de rentas, leña, madera, pastos, caza, setas y regulación ambiental.

Por eso resulta tan empobrecedor reducir hoy el debate forestal a la extinción. La verdadera cuestión no es solo cuántos medios aéreos o terrestres se despliegan cuando aparece una columna de humo, sino cuánta gestión preventiva se hace cuando no hay cámaras, cuando no hay alarma y cuando todavía es posible evitar que el fuego encuentre un paisaje preparado para arder.

Incendios: la advertencia ya está aquí

La Serranía no necesita imaginar el riesgo; lo vive de forma recurrente. En Vega del Codorno, un incendio forestal detectado por una columna de humo fue extinguido en menos de dos horas gracias a la rápida intervención de medios aéreos y terrestres. En Tragacete, otro incendio fue controlado y extinguido en pocas horas tras movilizar a decenas de personas y recursos de extinción. Que estos episodios se resuelvan con rapidez no debería tranquilizar en exceso: al contrario, demuestran hasta qué punto el sistema vive en tensión permanente durante la época de peligro alto.

Los mapas de riesgo muestran jornadas en las que la práctica totalidad de la provincia de Cuenca entra en niveles altos de propagación potencial. Cuando a la sequedad estructural del verano se suman tormentas secas, rachas de viento y masas forestales cargadas de combustible, el margen de error se estrecha peligrosamente. Un solo conato puede convertirse en un episodio de enorme gravedad si coincide con las peores condiciones meteorológicas y un paisaje poco gestionado.

Por eso el incendio no debe entenderse como accidente aislado, sino como síntoma. El síntoma de un territorio que llega tarde a la prevención, de una política forestal que todavía se presenta con frecuencia como campaña estival, y de una organización institucional que avanza más deprisa en la respuesta que en el cuidado constante del bosque.

Cambio climático y ecosistemas en tensión

La Junta de Comunidades lleva años documentando los impactos del cambio climático sobre Castilla-La Mancha. Los informes regionales describen aumentos de temperatura, alteraciones en el régimen de precipitaciones, mayor frecuencia de extremos térmicos y efectos sobre flora, fauna, disponibilidad hídrica y riesgo de incendios. No se trata de una amenaza vaga o futura, sino de un proceso ya visible en el medio natural de la región.

En la Serranía de Cuenca, estos cambios golpean de manera especialmente delicada a los pinares, a los cursos de agua de montaña y a los hábitats que dependen de un equilibrio entre humedad, altitud y temperatura. El estrés hídrico prolongado reduce la capacidad de regeneración de las masas forestales, favorece ciertas plagas y deteriora la resiliencia general del ecosistema. Cuando el monte llega más seco al verano, arde peor y se recupera peor.

El turismo tampoco queda al margen de esta ecuación. Los estudios regionales sobre cambio climático y turismo alertan de que la modificación de calendarios estacionales, la presión sobre el agua y la exposición a episodios extremos obligan a revisar cómo se usa y promociona el territorio. Un destino de naturaleza no puede sostenerse a largo plazo si su base ecológica se degrada más rápido de lo que se invierte en conservarla.medioambiente.

La apuesta de la Junta: oportunidad o gesto insuficiente

En enero de 2026, el Gobierno regional anunció ayudas para asesoramiento técnico a siete nuevas mancomunidades forestales con el objetivo de impulsar la gestión compartida de más de 109.000 hectáreas de montes públicos. La medida afecta de forma directa a la Serranía de Cuenca a través de estructuras como la Mancomunidad Sierra Alta —Huélamo, Tragacete y Vega del Codorno— y la Mancomunidad Los Serranos —Boniches, Alcalá de la Vega, Zafrilla, Tejadillos, La Huérguina, Salvacañete y Huerta del Marquesado—.

La lógica de estas mancomunidades es correcta: ganar escala, compartir medios técnicos, comercializar mejor los aprovechamientos forestales y convertir el monte en una palanca de desarrollo local. Según la información difundida en la provincia, entre ambas fórmulas se articulan cerca de 18.000 hectáreas de montes públicos y una voluntad explícita de que la principal fuente de ingresos de varios pueblos vuelva a gestionarse con visión conjunta. En una comarca donde muchos municipios carecen por sí solos de capacidad suficiente para afrontar esa tarea, la cooperación supramunicipal puede ser decisiva.

Ahora bien, la pregunta crucial sigue siendo otra: ¿se traducirá este diseño institucional en trabajos reales sobre el terreno? La eficacia de la medida no se medirá por la firma de convenios, sino por la ejecución de tratamientos selvícolas, la apertura y mantenimiento de fajas auxiliares, la ordenación de aprovechamientos, la mejora de pistas, la prevención de incendios y la creación de empleo estable ligado al monte. Si eso no sucede, la mancomunidad será una buena idea encerrada en un organigrama.

Turismo: entre la oportunidad y el espejismo

La Serranía de Cuenca se ha convertido en una de las grandes banderas del turismo de naturaleza regional. La promoción institucional insiste en su condición de paraíso de bosques, hoces, cañones, rutas senderistas, astroturismo y pueblos con encanto. Ese relato tiene base real: Ciudad Encantada, Ventano del Diablo, el nacimiento del río Cuervo, la laguna de Uña o El Hosquillo forman un mapa de enorme atractivo para el visitante.

Además, el turismo rural ofrece una de las pocas vías viables para diversificar renta en una comarca muy castigada por la pérdida de población y actividad económica. Casas rurales, pequeños hoteles, restaurantes, empresas de actividades y servicios de guía aportan ingresos que en muchos pueblos complementan o sustituyen a otras economías debilitadas.

Los Planes de Sostenibilidad Turística en Destino han reforzado esa apuesta con financiación significativa. En la provincia de Cuenca se han movilizado más de once millones de euros desde 2020, con una parte sustancial procedente del Plan de Recuperación del Gobierno de España. En la Serranía y la Mancha Conquense, el plan impulsado por ADESIMAN moviliza 3,78 millones para recuperación de espacios naturales, creación de rutas senderistas y cicloturistas, mejora de infraestructuras, alojamientos y equipamientos de acogida de visitantes.

Todo esto puede ser positivo, pero solo bajo una condición: que el turismo no se plantee como sustituto del monte, sino como aliado de su buena gestión. Si la prioridad pasa a ser únicamente atraer más visitantes, más pernoctaciones y más circulación sobre espacios frágiles, el modelo puede generar ingresos a corto plazo y degradación a medio plazo. Un paisaje turístico sin paisaje vivo acaba siendo una ficción contable.

La sostenibilidad económica de la Serranía exige otra cosa: conectar el turismo con la economía local y con la salud del territorio. Eso significa que rutas, miradores, centros de interpretación y alojamientos deberían integrarse en una estrategia mayor que también financie gestión forestal, mantenimiento de senderos, vigilancia, interpretación ambiental rigurosa y aprovechamientos sostenibles del monte. El visitante debe recorrer un territorio vivo, no un decorado a punto de prender.

La responsabilidad política de este momento

En estas tierras, donde la nieve todavía visita la Muela de la Madera y las tormentas se cuelan por los barrancos de Uña, el peligro ya no es solo el rayo que prende una ladera. El verdadero peligro es la suma de abandono, clima extremo y gestión tardía. La amenaza no llega únicamente con el incendio visible, sino con la erosión silenciosa de un modelo territorial que deja solos a los pueblos y sobrecarga al bosque.

La Junta dispone hoy de leyes, diagnósticos climáticos, instrumentos forestales y planes turísticos de una amplitud desconocida hace dos décadas. Pero la abundancia de planes no garantiza por sí misma la protección del territorio. Lo decisivo será comprobar si Huélamo, Tragacete, Vega del Codorno, Boniches, Salvacañete o Zafrilla notan en los próximos años más empleo forestal, más prevención, más capacidad económica y un monte mejor preparado para resistir el verano.

Quien mira desde Cuenca hacia la mancha verde de la Serranía debería entender que allí se juega el futuro de la provincia tanto como en cualquier debate sobre industria, ferrocarril o servicios públicos. Si dejamos que el monte público se convierta en un patrimonio nominal, sin gestión constante y sin población que lo sostenga, ni el turismo ni las campañas de promoción podrán salvar la fotografía que llevamos años vendiendo al exterior.

La Serranía de Cuenca no necesita compasión ni eslóganes. Necesita una política forestal proactiva, una economía rural que vuelva a encontrar en el monte una fuente de estabilidad y una estrategia turística que entienda que conservar no es frenar el desarrollo, sino hacerlo posible. En eso consiste hoy la verdadera defensa de estas tierras: impedir que acaben siendo una postal hermosa y vacía, rodeada de bosques cada vez más vulnerables y pueblos cada vez más solos.

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