
Hay crisis internas que son meras peleas de despacho y crisis que desnudan un modelo de partido, una forma de mandar y de entender la política. La que atraviesa hoy el PP de Cuenca pertenece a esta segunda categoría: no es solo la defenestración de un dirigente, sino la demostración de hasta qué punto la democracia interna puede ser sacrificada en el altar de los equilibrios orgánicos y los cálculos de Madrid y Toledo. Lo que está en juego no es únicamente quién mande en la sede provincial, sino qué tipo de relación mantiene la derecha conquense con su militancia, con sus alcaldes y, en última instancia, con la propia provincia.
La secuencia es conocida pero conviene recordarla, porque en política el modo de hacer las cosas es casi tan importante como las cosas que se hacen. Tras más de una década al frente, Benjamín Prieto, presidente provincial desde 2012, es “invitado” a dimitir por la dirección nacional tras los malos resultados electorales y la pérdida de los principales resortes institucionales. A renglón seguido, Génova impone una gestora encabezada por José Martín‑Buro, con el argumento de que los estatutos así lo mandan en ausencia de liderazgo. Y, a partir de ahí, el polvorín: 66 alcaldes y 40 portavoces se rebelan públicamente, exigen un congreso urgente y denuncian la operación como una cacicada que ignora el respaldo casi unánime que Prieto tuvo en el último congreso provincial.
No estamos, por tanto, ante una transición ordenada, sino ante un relevo por derribo. Y cuando las direcciones “renuevan” a golpe de expediente y gestora, sin proyecto ni explicación, lo que en realidad transmiten a su base es que el voto de los afiliados vale menos que el tono de una llamada desde Madrid.
Prieto, la raíz arrancada
En el análisis frío, siempre cabe discutir la gestión de cualquier dirigente, su desgaste o su oportunidad de seguir. Pero en política la simbología pesa. Prieto no era un presidente accidental: llevaba trece años en el cargo, había gobernado la Diputación, articulaba el partido entre la capital y un mundo rural castigado por la despoblación y, sobre todo, obtuvo un 97% de apoyo en su último congreso provincial. De ahí que buena parte de la militancia viva su salida como una injusticia, como “arrancar una raíz sin cuidar el árbol al que pertenece”.
La dirección regional y nacional intentan revestir la operación con la retórica de la “nueva etapa”, del “impulso necesario después de trece años”. Pero lo cierto es que no han sido capaces de explicar políticamente por qué ese impulso no podía hacerse de la mano del propio Prieto, o al menos contando con él y con los alcaldes que le respaldan. Cuando falta el relato, la interpretación se impone: muchos afiliados perciben el movimiento como un castigo, no como una renovación.
La manera elegida –dimisión forzada, gestora impuesta, calendario congresual en manos de Génova– envía otro mensaje devastador: en el PP de Cuenca no decide Cuenca. Deciden otros en su nombre. Y esa sensación de tutela, de pérdida de autonomía, duele especialmente en una provincia acostumbrada a que le dicten desde fuera hasta el trazado de las vías del tren o el destino de sus líneas de autobús. Que ahora también se le dicte su propio liderazgo político termina de cerrar el círculo de la dependencia.
La rebelión de los alcaldes: un grito por respeto
El comunicado de los 66 alcaldes y 40 portavoces no es solo una protesta corporativa, ni una defensa ciega de una persona. Es la expresión de un malestar mucho más profundo: la exigencia de que el partido al menos respete sus propias reglas. Lo que piden no es una revolución interna, sino algo tan elemental como un congreso provincial, con candidatos, urnas y votos. Es decir, lo mínimo que cabe esperar en una organización que se reclama democrática.
Que un vocal de la propia gestora, el alcalde de Villar de Cañas, haya dimitido denunciando la ausencia de motivos estatutarios para retrasar el congreso y la vaciedad de una gestora que no abre el proceso democrático, resulta especialmente significativo. Cuando quienes aceptan inicialmente colaborar con la nueva dirección se sienten utilizados y se bajan del barco, es que el problema no está solo en los “rebeldes”, sino en el diseño mismo de la operación.
Génova, ante la presión, ha respondido con una reunión “maratoniana y bronca” con los alcaldes y portavoces, y con una promesa “explícita e inequívoca” –así la han descrito– de convocar un Congreso Provincial Extraordinario en un plazo máximo de seis meses. El compromiso, repetido “hasta la extenuación” por el enviado de la dirección nacional, pretende calmar los ánimos y reconducir la situación. Pero la pregunta que flota en el ambiente es inevitable: ¿por qué algo tan obvio tiene que arrancarse a base de broncas, firmas y comunicados públicos?
La lógica del mando frente a la lógica del partido
La crisis del PP de Cuenca pone frente a frente dos lógicas. La primera es la lógica del mando: se decide arriba, se ejecuta abajo y, si hay ruido, se apagan incendios con promesas y llamadas, nunca con soluciones estructurales. La segunda es la lógica del partido como comunidad política: se debate, se contrastan proyectos, se vota y se asume el resultado, por cómodo o incómodo que sea para la cúpula.
En los últimos años, el PP ha avanzado hacia la primera lógica en casi todas sus estructuras: congresos aplazados, direcciones prolongadas sine die, gestoras eternizadas. Cuenca es el ejemplo extremo, quizá porque aquí el liderazgo de Prieto no era una pieza fácilmente intercambiable en el puzle orgánico, sino un nodo clave de implantación municipal. Pero el problema es general: cuando la estructura se acostumbra a obedecer más que a participar, tarde o temprano alguien rompe la baraja.
Convendría que en Génova y en Toledo se hicieran una pregunta incómoda: si 66 alcaldes –es decir, quienes ponen la cara del partido cada día en sus pueblos– se plantan, ¿no será que lo que falla es el modelo de dirección, más allá de nombres y apellidos? Se puede tratar de disciplinar a uno, a cinco o a diez. Disciplinar a medio mapa municipal de la provincia sin destruir al mismo tiempo las bases electorales es ya otra cosa.
Consecuencias: un partido debilitado y una provincia desatendida
Las consecuencias de esta crisis van mucho más allá de los equilibrios internos del PP. En términos electorales, un partido fracturado tiene muy difícil movilizar a su base, mantener la fidelidad del voto y presentar candidaturas cohesionadas. En una provincia como Cuenca, donde el voto rural y la implantación municipal son determinantes, cada baja, cada alcalde desmotivado, cada militante que se queda en casa cuenta.
Además, la división interna bloquea la acción institucional en algunos de los principales feudos conservadores. Un municipio donde el grupo del PP está en guerra interna es un municipio con presupuestos en riesgo, con proyectos paralizados, con menos capacidad para negociar con otras administraciones. La ciudadanía, que ya tiene motivos suficientes para desconfiar de la política, asiste así a un espectáculo desolador: representantes más pendientes de sus batallas orgánicas que de los problemas del agua, de la vivienda o del transporte.
La crisis también erosiona la capacidad del PP de Cuenca para plantar cara de manera eficaz ante los grandes debates que afectan a la provincia: desde la despoblación hasta la política de infraestructuras, pasando por la vivienda tensionada o la gestión del casco antiguo. ¿Con qué autoridad moral va a defender el PP a los conquenses ante el Ministerio de Transportes, o ante el Gobierno regional, si ni siquiera es capaz de garantizar que sus dirigentes provinciales se eligen de forma limpia y compartida?
¿Puede salir el PP de Cuenca más fuerte?
Paradójicamente, de las grandes crisis pueden salir grandes oportunidades. En la propia dirección nacional del PP, hay quien sostiene que, una vez celebrado el congreso prometido, el partido en Cuenca “puede salir más fuerte” de esta tormenta. No les falta parte de razón: si el PP provincial es capaz de convertir este choque en un ejercicio real de democratización interna, la herida podría cicatrizar dejando un tejido más sano.
Pero para eso hay que asumir algunas condiciones mínimas.
Primera: el congreso debe ser de verdad. Esto significa candidaturas libres, reglas claras, garantías para todas las sensibilidades y una fecha cierta, no un compromiso difuso que pueda diluirse en el calendario o condicionarse a otras batallas internas. Un congreso diseñado como mera ceremonia de coronación de lo ya decidido en los despachos solo agravaría la desafección.
Segunda: hay que ofrecer una salida digna a quienes se sienten golpeados por la operación, empezando por la figura de Prieto. No se trata de construirle un altar, sino de reconocer su trayectoria, su capital político y el respaldo que tuvo, evitando que sus seguidores perciban que se les expulsa simbólicamente del partido. Cuando en política se humilla a alguien con tanta raíz territorial, el castigo no se limita a esa persona: alcanza a todos los que se reconocen en ella.
Tercera: Cuenca debe recuperar voz propia en el diseño de su futuro político. Eso implica que las decisiones sobre listas, alianzas y estrategias en la provincia se discutan primero en Cuenca y luego en Toledo o Madrid, y no al revés. Cuando la militancia interioriza que “total, ya vendrán a decidir por nosotros”, el partido se convierte en una simple franquicia.
Cuarta: el PP conquense necesita una agenda para Cuenca, no solo para el PP. La mejor forma de recomponer la unidad interna no será repartiendo sillas, sino construyendo un proyecto reconocible sobre despoblación, infraestructuras, servicios públicos, agua, vivienda. Un discurso compartido en defensa del territorio puede ser el cemento que hoy falta entre sectores enfrentados.
Lo que esta crisis dice de nuestra democracia de partidos
La crisis del PP de Cuenca es, en el fondo, un espejo incómodo de nuestra democracia de partidos. La Constitución consagra su papel esencial en la articulación de la voluntad popular, pero rara vez se discute cómo funcionan por dentro. Se exigen primarias, listas abiertas o transparencia al sistema en general, pero se mira hacia otro lado cuando los aparatos deciden “fabricar” relevos sin pasar por las urnas internas.
En Cuenca, la rebeldía de los alcaldes y portavoces populares tiene un valor añadido: nos recuerda que la democracia interna no es un lujo, sino una condición para que los partidos puedan exigir después respeto a las instituciones. Un partido que bloquea o aplaza congresos, que impone gestoras y que decide entre unos pocos el futuro de cientos de cargos electos pierde autoridad moral para reclamar transparencia al adversario.
Quizá el mayor riesgo para el PP de Cuenca no sea perder una o dos alcaldías en la próxima cita electoral, sino acostumbrarse a que nada de esto importa, a que “la gente no se entera” o “esto no da votos”. Esa tentación tecnocrática, que reduce la política a una gestión de equilibrios desde arriba, olvida que la confianza se construye –y se destruye– también en el terreno simbólico. Y nada hay más simbólico que la forma en que se trata a quienes han dado años de su vida a un proyecto político.
Una encrucijada
El PP de Cuenca está hoy en una encrucijada. Puede optar por atrincherarse en la lógica del mando, dejar que la gestora se prolongue, apagar cada incendio a base de promesas y hacer del futuro congreso una simple ratificación de decisiones pre‑cocidas. En ese caso, probablemente mantendrá un aparato, pero perderá una parte de su alma y, a medio plazo, de su electorado.
O puede aprovechar la sacudida para abrir puertas y ventanas, devolver la palabra a la militancia y construir una dirección que sea fruto de un pacto franco entre las distintas sensibilidades del partido y no de una imposición. Esa decisión no se tomará solo en Cuenca, pero sin Cuenca no habrá solución duradera.
Los alcaldes rebeldes ya han hecho su movimiento. Génova ha respondido con una promesa. Ahora falta lo esencial: cumplirla y demostrar que, al menos esta vez, la democracia interna no es solo un eslogan en los discursos, sino una práctica real en la vida del partido.