
Cuando el Gobierno central o la Junta de Castilla-La Mancha presentan un dato positivo sobre la región —más afiliados a la Seguridad Social, crecimiento del PIB, nuevas inversiones logísticas— la pregunta que habría que hacer siempre es la misma: ¿de ese crecimiento, cuánto llega a Cuenca? Porque los datos, cuando se desagregan por provincias, cuentan una historia muy distinta a la que se narra desde los titulares. Cuenca es, en términos relativos, la provincia que más acumula retrasos y la que recibe menos beneficios del dinamismo regional. Y no es casualidad. Es el resultado de siglos de decisiones —o de ausencias de decisión— que han ido dejando a este territorio en los márgenes del desarrollo económico español.
El punto de partida: cinco provincias muy distintas
Castilla-La Mancha tiene cinco provincias, pero no todas parten del mismo lugar. Toledo y Guadalajara llevan décadas beneficiándose del denominado efecto Madrid: la proximidad a la capital genera un desbordamiento económico que atrae logística, industria, población y rentas. Guadalajara se ha convertido en el gran hub logístico del centro peninsular —el sector logístico ya representa el 10% del PIB autonómico y más de 70.000 empleos, con el 40% de la actividad concentrada en esa provincia—. Toledo, por su parte, se ha insertado en los ejes industriales del sur de Madrid y en los grandes corredores de distribución.
Albacete y Ciudad Real mantienen un perfil más diversificado: agroindustria potente, algunos sectores de servicios avanzados, y una posición intermedia en renta y empleo. Cuenca, en cambio, acumula casi todos los indicadores negativos: los salarios más bajos de España —unos 18.500 euros brutos al año de media—, la menor densidad empresarial de la región, el mayor peso relativo de sectores de baja productividad, y la tasa de despoblación más severa.
La tabla siguiente permite visualizar de forma comparada dónde se encuentra Cuenca respecto a sus vecinas en los principales indicadores económicos y sociales:
Indicadores provinciales comparados · Castilla-La Mancha (2025-2026)
| Indicador | Cuenca | Toledo | Guadalajara | Albacete | Ciudad Real |
| Afiliados Seg. Social (abr. 2026) | ~83.000 | ~290.000 | ~135.000 | ~175.000 | ~175.000 |
| Crecimiento afiliación interanual | +2,0% | +3,1% | +4,2% | +2,8% | +2,5% |
| Salario bruto medio anual | ~18.500 € | ~22.000 € | ~25.000 € | ~19.500 € | ~20.000 € |
| Densidad empresarial (empresas/km²) | Muy baja | Alta | Alta | Media | Media |
| Especialización principal | Turismo rural, agrario | Logística, industria | Logística, industria | Agroindustria | Agroindustria |
| Acceso ferroviario a Madrid | Deficiente (AVE sin nodo urbano, sin conv.) | Bueno | Muy bueno | Regular | Regular |
| Pernoctaciones turismo rural 2025 | 208.012 (máx. hist.) | Media | Baja | Media | Media |
| Precio acceso vivienda (años salario) | ~4 | ~11 | ~11 | ~6 | ~5 |
Fuentes: Seguridad Social, SEPE, CCOO Cuenca, INE, CaixaBank Research, La Razón CLM, Voces de Cuenca, Enciende Cuenca.
Un atraso con siglos de profundidad
Sería un error creer que la brecha de Cuenca empezó con algún gobierno concreto o con la crisis de los últimos años. Sus raíces son mucho más antiguas. En los siglos XVI y XVII, la ciudad de Cuenca era un nodo económico relevante en la Castilla imperial, con una industria textil que articulaba comercio y población. Esa industria colapsó, la población cayó más de un 60% en apenas un siglo, y Cuenca pasó de ser un centro activo a convertirse en territorio periférico. La huella de aquella primera desindustrialización nunca fue completamente reparada.
Siglos después, durante el siglo XX, llegó otra herida: la construcción de los grandes embalses. Alarcón, Entrepeñas, Buendía, Contreras… Sus nombres forman parte del paisaje conquense y se han convertido casi en marcas de identidad. Pero lo que la historia oficial no siempre cuenta es que esas obras inundaron cerca de 18.000 hectáreas de las mejores tierras agrícolas de la provincia, expulsaron a miles de vecinos de sus pueblos y cortaron comunicaciones durante décadas. Cuenca cedió agua —y mucho más que agua— para que otras regiones crecieran. Aquellos embalses fueron construidos con los recursos de este territorio para servir a otros territorios, sin que Cuenca recibiera a cambio una compensación en forma de infraestructuras o inversión que le permitiera reorientar su economía.
La geografía económica que lo explica todo
Si hay un factor que explica de forma sintética por qué Toledo y Guadalajara han despegado mientras Cuenca se ha quedado rezagada, ese factor es la distancia y la conectividad con Madrid. No se trata solo de kilómetros: se trata de infraestructuras que convierten esos kilómetros en ventajas económicas. El Corredor del Henares —la autovía A-2 y sus vías ferroviarias paralelas— transformó Guadalajara en una de las zonas de mayor crecimiento logístico e industrial de España. Las empresas que no cabían en Madrid encontraron en Guadalajara el suelo barato, la mano de obra disponible y la conexión rápida que necesitaban.
Cuenca nunca tuvo ese corredor. La comarca de Tarancón, la más próxima a Madrid por la A-3, reúne condiciones similares a las que tuvo Guadalajara en los años 80 y 90: posición estratégica en el eje Madrid-Valencia, suelo disponible, costes moderados. Organizaciones ciudadanas y empresariales llevan años reclamando que se declare el corredor A-3 zona de desarrollo económico preferente con el mismo estatus que tiene el Corredor del Henares. La petición es lógica. La respuesta institucional, hasta ahora, ha sido insuficiente.
La herida más reciente: el cierre del tren convencional
A todas estas desventajas estructurales se sumó en los últimos años una decisión que ha empeorado gravemente la situación: el cierre de la línea ferroviaria convencional Madrid-Cuenca-Valencia. No se trata de una cuestión sentimental ni nostálgica. Análisis econométricos rigurosos cifran el impacto económico anual de ese cierre en entre 78 y 82 millones de euros, una hemorragia que se reproduce cada año. El tren convencional no solo transportaba viajeros: conectaba economías, sostenía comercio, permitía desplazamientos laborales diarios, facilitaba el turismo y cohesionaba un territorio disperso. Su cierre ha agudizado el aislamiento de docenas de municipios y ha privado a Cuenca de uno de sus pocos activos de conectividad frente a Madrid y Valencia.
El AVE que para en la estación Fernando Zóbel, a varios kilómetros del centro de la ciudad, no ha compensado esa pérdida. No puede hacerlo: sirve a otro tipo de viajero, tiene unas tarifas inaccesibles para el trabajador o el estudiante de a pie, y no llega a los municipios intermedios que dependían del tren convencional. Que en 2026, cuatro años después del cierre, la Junta y ADIF hayan acordado por fin el vial de conexión entre la estación AVE y el centro urbano es una buena noticia —15,2 millones de euros de inversión—, pero no resuelve el problema de fondo.
Lo que sí funciona: el turismo rural como primer motor
Hay datos positivos en Cuenca, y sería injusto ignorarlos. El sector del turismo rural está viviendo su mejor momento histórico. En 2025 se registraron 208.012 pernoctaciones en alojamientos rurales, el dato más alto jamás alcanzado, con un crecimiento acumulado del 14,62% en los últimos tres años. Los primeros indicios de 2026 apuntan a que ese récord volverá a superarse.
Este dinamismo no es trivial. El turismo rural tiene una virtud que otros sectores no tienen: genera empleo y actividad económica precisamente donde más falta hace, en los pequeños municipios que luchan contra la despoblación. Un alojamiento rural que abre en Uña, en Beteta o en las Majadas no solo da trabajo al propietario: mueve a artesanos, productores locales, restauradores, guías y comercios. Es un efecto multiplicador modesto, pero real y territorialmente distribuido.
El problema es que el turismo rural solo, por sí mismo, no puede ser la única respuesta al atraso estructural de Cuenca. Es un sector estacional, de productividad media-baja, que difícilmente puede absorber el volumen de empleo y de rentas que la provincia necesita para revertir su tendencia demográfica. Para que sea transformador, necesita conectarse con otras actividades —agroalimentación de calidad, energías renovables, nuevas industrias— y con una infraestructura de comunicaciones que haga el territorio accesible sin depender solo del vehículo privado.
Lo que hace falta: más que presupuesto, estrategia
La Junta de Castilla-La Mancha ha aumentado el esfuerzo presupuestario en Cuenca y en las políticas contra la despoblación. Los Presupuestos de 2026 incluyen 66,5 millones de euros en inversiones directas en la provincia y 2.116 millones en políticas de despoblación para toda la región —el equivalente al 3,4% del PIB autonómico—. Desde la aprobación de la Ley Contra la Despoblación, Cuenca ha ganado 2.500 habitantes según datos del Gobierno regional.
Son pasos en la dirección correcta. Pero si analizamos los indicadores con honestidad, la brecha entre Cuenca y las provincias más dinámicas de la región no se está cerrando a la velocidad que el problema requiere. Los salarios conquenses siguen siendo los más bajos de España, y los precios han subido un 18,5% en cinco años mientras los salarios solo crecían un 10,6%, lo que supone una pérdida real de poder adquisitivo del 8%. No hay política de atracción de población que funcione si quien trabaja en Cuenca no puede permitirse vivir con dignidad.
Lo que Cuenca necesita no es solo más presupuesto —que también—, sino una estrategia diferenciada que reconozca la especificidad del territorio. Un plan que distinga entre la Cuenca urbana y comarcal (con potencial logístico e industrial en el eje A-3 y la capital) y la Cuenca rural y serrana (con vocación turística, agroalimentaria y ambiental). Un plan que priorice de verdad la conectividad ferroviaria convencional