
RELATO:
La mañana se abrió en Cuenca como una página en blanco, con ese aire leve de las ferias que todavía no saben si serán multitud o silencio. Las casetas de la Feria del Libro se alineaban en la plaza como pequeñas editoriales provisionales del mundo: toldos blancos, pilas de novelas recientes, autores locales esperando una firma que justificara la tinta de toda una vida.
El rumor empezó como empiezan las cosas importantes en las ciudades pequeñas: sin ruido, pero con persistencia. Una librera, al colocar los ejemplares en una mesa, preguntó en voz baja si alguien había visto “El compromiso de Samuel Eskenasy”. Nadie respondió. Un estudiante hojeó un catálogo y negó con la cabeza. Un jubilado, que cada año acudía más por costumbre que por interés, murmuró que aquella era la segunda parte de algo, que había oído hablar de un balneario olvidado, de una historia que avanzaba por entregas como la memoria.
Pero el libro no estaba.
Y, más extraño aún, tampoco estaba su autor.
A media mañana, la ausencia se volvió evidente. El nombre de Juan Andrés Buedo no figuraba en el programa. Ni en las mesas redondas, ni en las firmas, ni siquiera en ese rincón discreto donde suelen colocar a los escritores que aún no han sido consagrados pero tampoco pueden ser ignorados. Nada. Como si alguien hubiera borrado una línea entera del índice.
—Se les ha olvidado —dijo alguien, con una mezcla de incredulidad y resignación—.
No era una acusación, sino un diagnóstico.
En la caseta de una editorial pequeña, una mujer hojeaba la primera parte, “El Artista de Valdeganga”. Pasaba las páginas con lentitud, como quien busca una puerta secreta. El balneario aparecía allí: decadente, húmedo, suspendido en un tiempo que no terminaba de marcharse. Un lugar donde los personajes llegaban heridos y aprendían a callar. Un lugar, también, que parecía demasiado cercano a la propia ciudad.
—Falta la continuación —dijo la mujer, levantando la vista—. Esto se queda incompleto.
Nadie supo qué contestar.
A lo largo del día, la feria siguió su curso. Hubo presentaciones, firmas, discursos breves sobre la importancia de la lectura en tiempos digitales. Los niños corretearon entre los puestos. Los políticos sonrieron en las fotografías. Todo funcionaba, en apariencia.
Pero había un hueco.
Un hueco que no estaba en el programa, sino en la conversación. En esa sensación difusa de que algo no encajaba del todo. Como si en mitad de una novela alguien hubiera arrancado un capítulo esencial y nadie se atreviera a decirlo en voz alta.
Al caer la tarde, cuando el sol empezaba a inclinarse sobre los tejados, un lector dejó el libro sobre la mesa y dijo casi para sí:
—Las historias que se olvidan acaban pareciéndose a los lugares que describen.
Y quizá tenía razón.
Porque en algún lugar, no muy lejos de allí, el balneario de Valdeganga seguía existiendo en silencio, esperando que alguien retomara su relato. Y su autor, ausente en la feria, era ahora parte de la misma historia que había creado: una historia de olvidos, de omisiones, de cosas que no desaparecen del todo, sino que quedan suspendidas, como vapor sobre el agua tibia.
La Feria del Libro de Cuenca cerró esa noche con normalidad. Se recogieron las casetas, se apagaron las luces, se guardaron los ejemplares no vendidos.
Pero el libro que no estuvo pesó más que todos los demás.