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EPISODIOS PROVINCIALES. 29 – Impacto de las pensiones en la vida de Cuenca (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el enero 30, 2026enero 30, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Las pensiones sostienen la economía, la cohesión social y el equilibrio territorial de una
de las provincias más envejecidas de España.

Cuando cada final de mes se abonan las pensiones, Cuenca activa su principal red de seguridad económica. Más de 15,8 millones de euros llegan de forma regular a la provincia, una cifra que supera con holgura el volumen de muchas actividades productivas locales. En una tierra marcada por la despoblación, el envejecimiento y un mercado laboral débil, las pensiones no son solo una prestación social: son el eje sobre el que gira buena parte de la vida cotidiana.

En diciembre de 2025, España abonó alrededor de 10,4 millones de pensiones contributivas a 9,4 millones de pensionistas, con una pensión media nacional de 1.317,7 euros mensuales. El gasto total en pensiones contributivas para todo 2025 alcanzó un récord de 189.598 millones de euros, un 6,2% más que en 2024. Existen notables disparidades por comunidades autónomas en número de pensiones, cuantía media y gasto estimado.​

Las comunidades con más pensionistas son Andalucía (aprox. 1,7 millones), Cataluña (1,8 millones) y Comunidad de Madrid (1,27 millones). El País Vasco lidera en pensión media (alrededor de 1.615 euros), seguido de Asturias y Madrid (cerca de 1.520 euros), mientras Extremadura (1.108 euros), Galicia (1.126 euros) y Murcia (1.169 euros) registran las más bajas.​

Comunidad AutónomaPensionistas (aprox.)Pensión Media (€/mes)Gasto Anual Estimado (millones €, proporcional)
Andalucía1.692.6601.177Alto (mayor volumen) ​
Cataluña1.800.8841.363Muy alto ​
Madrid1.272.5581.519Alto ​
País Vasco583.5961.615Medio-alto ​
Galicia782.9631.126Medio ​
Extremadura243.2511.108Bajo ​
Castilla-La Mancha400.0581.224Medio ​

Las regiones del norte como País Vasco y Asturias destacan por pensiones más altas, ligadas a economías industriales con mejores cotizaciones históricas. En contraste, áreas rurales como Extremadura, Galicia y Castilla-La Mancha sufren pensiones inferiores, agravadas por despoblación y menor renta media. Andalucía y Cataluña concentran volumen por densidad poblacional, presionando el gasto nacional pese a medias moderadas.​

En diciembre de 2025, la provincia de Cuenca registró una nómina mensual de pensiones de 15,81
millones de euros. El dato, aparentemente modesto en comparación con grandes áreas urbanas,
adquiere otra dimensión cuando se pone en relación con el tamaño de la población y la estructura
económica del territorio

La pensión media en Cuenca se sitúa en torno a los 1.150 euros mensuales, casi 170 euros por debajo de la media nacional. Esta diferencia es el reflejo de una trayectoria laboral marcada por salarios bajos, empleo agrario y escasa industria.

En CLM, Cuenca representa el 11,4% de pensiones provinciales, pero su media 7,6% inferior a la regional evidencia dependencia de jubilaciones y viudedades bajas. Comparada con Jaén (1.055 euros viudedad) o Cáceres (1.098 jubilación), Cuenca no es la peor, pero su ruralidad (municipios <750 euros en Tarancón periféricos) agrava la pobreza pensionista.​

Cuenca registra 46.048 pensiones contributivas, de las cuales 34.677 son de jubilación (media 1.300,67 euros), 7.151 de viudedad (1.060,87 euros) y otras menores. La media global de 1.137,62 euros la ubica entre las más bajas de Castilla-La Mancha (CLM), superada por Guadalajara (1.232 euros) pero por encima de Ciudad Real (1.233 euros media regional).

IndicadorCuencaCLM MediaNacional
Total Pensiones46.048405.48710.434.856
Medios (€/mes)1.137,621.231,641.317,7
Jubilación Media1.300,671.420,34~1.489
% Pensiones MínimasAlto (~70%)~65%55%
Gasto Anual Estimado (M€)~630~6.000189.598

Cuenca se alinea con provincias rurales bajas: Ourense (<1.200 euros), Lugo, Cáceres (1.098 euros). A diferencia de Guadalajara (1.610 euros en algunos datos, por proximidad Madrid), Cuenca carece de dinamismo económico. En el top bajo provincial, ocupa posiciones medias-bajas, pero su dispersión rural (80% municipios <1.000 hab.) concentra pensiones mínimas.​

Nacionalmente, la brecha es abismal: Vizcaya (1.872 euros) vs. Cuenca (1.137 euros), diferencia de 735 euros/mes. En CLM, Albacete y Toledo superan ligeramente a Cuenca, gracias a agroindustria; Guadalajara lidera por conurbación. Esta disparidad provincial refleja cotizaciones históricas: Cuenca, con industria textil en declive y agricultura extensiva, acumula bases bajas.​

Cuenca es hoy una provincia envejecida. Más del 26 % de su población supera los 65 años y en decenas de municipios rurales esta proporción se acerca o incluso supera el 40 %. La consecuencia directa es una elevada tasa de dependencia: cada vez menos personas en edad activa sostienen a un número creciente de jubilados.

Las pensiones actúan como un ancla que fija población, evitando el abandono total de amplias zonas del territorio. Sin embargo, también consolidan un modelo económico pasivo, con escasa capacidad de generar nuevas oportunidades. Las pensiones bajas en Cuenca derivan de bases de cotización inferiores durante 40 años, ligadas a sectores primarios (ganadería ovina, vid) y servicios locales. A diferencia de País Vasco (industria pesada), Cuenca sufre desindustrialización post-80s, con paro crónico rural. Autónomos, predominantes, cotizan bases mínimas, percibiendo 36% menos que asalariados. Asimismo, la despoblación acelera el ratio: Cuenca perdió 10% población 2015-2025, dejando <2 cotizantes/pensionista en zonas como Serranía. Esto presiona el sistema redistributivo nacional, donde CLM recibe solidaridad de Madrid/Cataluña.

Aunque las pensiones garantizan estabilidad, una parte significativa de los perceptores vive en el umbral de la vulnerabilidad. Las pensiones mínimas y no contributivas afectan especialmente a mujeres mayores que residen solas en municipios pequeños, con dificultades de acceso a servicios básicos. Al mismo tiempo, las pensiones cumplen una función de cohesión social. En numerosos hogares, los ingresos de los jubilados sostienen a hijos y nietos afectados por el desempleo o la precariedad, actuando como un colchón frente a la exclusión.

Las reformas del sistema de pensiones emprendidas en los últimos años buscan garantizar su
sostenibilidad financiera. Sin embargo, en territorios como Cuenca el debate va más allá del equilibrio contable: se trata de evitar que la desigualdad territorial se cronifique. Sin una estrategia de desarrollo económico y atracción de población activa, las pensiones seguirán siendo imprescindibles, pero insuficientes. El reto es convertir este ingreso estable en una palanca para revitalizar el territorio.

Dimensión social: pensiones, pobreza y cohesión territorial

Más allá de las cifras, las pensiones tienen un impacto directo en la vida cotidiana de miles de personas en Cuenca. No son solo un ingreso: son un sistema de protección informal, una red de seguridad intergeneracional y, en muchos casos, el único sostén de hogares enteros.

Aunque existe una imagen idealizada del pensionista como alguien con estabilidad, la realidad es mucho más compleja. Una parte significativa de los perceptores vive con ingresos ajustados, especialmente quienes reciben pensiones de viudedad, mínimas o no contributivas.

Según los indicadores de riesgo de pobreza, una parte importante de los hogares formados por personas mayores se sitúa cerca del umbral de vulnerabilidad. La situación no siempre es visible: no hay desahucios masivos ni grandes colas del hambre, pero sí una vida marcada por el cálculo permanente.

“Yo no paso hambre, pero tampoco vivo tranquila”, dice Carmen, 78 años, pensionista en Motilla del Palancar. “Si se rompe la lavadora, ya no sé qué hacer”.

La vivienda en propiedad —frecuente en el ámbito rural— amortigua parte del impacto. Pero no lo elimina. El encarecimiento de la energía, los medicamentos no cubiertos, los desplazamientos médicos y el mantenimiento de casas antiguas suponen gastos constantes.

Uno de los grandes desafíos sociales de Cuenca es la soledad no deseada. Muchos mayores viven solos, con hijos que residen a cientos de kilómetros. La pensión cubre los gastos básicos, pero no sustituye a una red social.

Esto tiene efectos psicológicos y físicos. La soledad está asociada a mayor mortalidad, peor salud mental y mayor dependencia de servicios públicos.

Las pensiones, en estos casos, se convierten también en una herramienta para comprar compañía: taxis, ayuda a domicilio, pequeñas reparaciones. Es una economía de subsistencia emocional.

Durante las últimas crisis económicas, las pensiones han funcionado como un seguro informal. No es raro encontrar hogares donde conviven tres generaciones y donde el ingreso más estable es el del abuelo o la abuela.

Este fenómeno tiene una doble lectura: demuestra la capacidad de resistencia de las familias, pero también revela la precariedad estructural del empleo. “Sin la pensión de mi padre, no saldríamos adelante”, admite un trabajador eventual de la construcción en San Clemente.

Las pensiones no solo sostienen a quienes las cobran: sostienen a todo un sistema de fragilidad laboral.

De todo lo analizado surge la La gran pregunta : ¿Qué ocurrirá en las próximas décadas? Porque el problema de Cuenca no es solo cuánto se paga hoy, sino qué pasará mañana. Las reformas recientes del sistema de pensiones buscan garantizar su sostenibilidad financiera: se amplían periodos de cómputo, se incentiva el retraso de la jubilación, se penalizan ciertas salidas anticipadas. Estas medidas, aunque necesarias desde el punto de vista macroeconómico, pueden tener efectos regresivos en territorios como Cuenca.

Si las futuras pensiones se calculan sobre trayectorias laborales cada vez más inestables, el resultado será una generación de jubilados con prestaciones aún más bajas. Esto puede consolidar una desigualdad territorial hereditaria: hijos de trabajadores precarios → cotizaciones bajas → pensiones bajas → menor capacidad de apoyo intergeneracional → más emigración.

Es un círculo vicioso, sin duda. Pero que requiere políticas específicas:

  • Atracción de población activa
  • Incentivos a empresas
  • Teletrabajo y digitalización
  • Servicios públicos de calidad
  • Inversión en cuidados

Las pensiones no pueden ser el único motor económico de Cuenca. Si lo son, la provincia quedará congelada en un modelo de resistencia, no de desarrollo. Por supuesto, las pensiones garantizan dignidad. Sin embargo, no garantizan desarrollo. Son una red, no un motor. Y confundir ambas cosas es uno de los mayores riesgos que afronta Cuenca. Una contingencia que para nada divisan las autoridades autonómicas ni las provinciales que están al frente de las Administraciones implicadas; y que, con urgencia -de ahí el canal abierto a través del presente artículo-, deben asimilar para transformar la dinámica del tiempo presente (con menos propaganda banal en actos semifestivos como FITUR), poniendo mayor énfasis en la mecánica del verdadero desafío, que no es cuánto se paga hoy, sino qué tipo de territorio quiere ser mañana.

Las reformas del sistema de pensiones son necesarias. Nadie lo discute. Pero resultan insuficientes si no se acompañan de una política territorial ambiciosa. De nada sirve garantizar la viabilidad contable del sistema si amplias zonas del país quedan reducidas a economías pasivas, dependientes y demográficamente exhaustas.

Hay una pregunta incómoda que rara vez se formula: ¿qué ocurrirá cuando ya no quede nadie que se jubile en Cuenca? ¿Cuando la despoblación avance hasta el punto de vaciar definitivamente el territorio de población activa? ¿Cuando el flujo mensual de pensiones empiece a reducirse no por recortes, sino por simple agotamiento demográfico?

Porque ese escenario no es una hipótesis lejana. Es una proyección estadística.

Sin empleo atractivo, sin servicios suficientes, sin conectividad real, la provincia pierde jóvenes, pierde familias, pierde natalidad. Y pierde, con ello, cotizantes futuros. Las pensiones sostienen hoy lo que no se está construyendo para mañana. Y esa dependencia creciente no es un éxito del sistema, sino el síntoma de un fracaso colectivo.

Seguir confiando en las pensiones como único pilar económico no es una estrategia de desarrollo: es una renuncia. Una renuncia a invertir, a planificar, a imaginar otro modelo territorial posible. Por eso, defender las pensiones implica evitar que se conviertan en el último recurso de territorios abandonados. Implica garantizar que sigan siendo un derecho, no un parche estructural.

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