
Hay ministros que comunican; y hay ministros que se comunican. Óscar Puente pertenece, sin duda, a la segunda categoría. No utiliza X como un instrumento subordinado a la acción política, sino como un escenario central de su identidad pública, hasta el punto de que su gestión —o la percepción de ella— acaba filtrándose a través de un flujo constante de tuits, réplicas, ironías y escaramuzas digitales. No estamos ante un mero exceso de celo comunicativo, sino ante una mutación del rol: el ministro como polemista permanente, el cargo público como opinador profesional en tiempo real.
La cuestión no es moral, ni siquiera estilística. Es política. Porque cuando un ministro dedica una parte sustancial de su energía diaria a intervenir en X —varias horas al día, de forma sostenida— deja de ser relevante si los mensajes son ingeniosos, certeros o incluso compartibles. Lo relevante es qué queda fuera mientras tanto. Y en el caso del Ministerio de Transportes, lo que queda fuera no es precisamente menor: una red ferroviaria exhausta, inversiones mal ejecutadas, territorios periféricos que siguen perdiendo conectividad y una sensación creciente de deterioro del servicio público que afecta, de forma muy concreta, a provincias como Cuenca.
Puente ha convertido X en una prolongación de su carácter político: confrontacional, rápido, irónico, muchas veces eficaz en el golpe corto y casi siempre cómodo en el conflicto. No rehúye la pelea; la busca. Responde a adversarios, periodistas, usuarios anónimos y líderes de la oposición con una intensidad impropia de un cargo que debería administrar silencios con la misma destreza que palabras. El problema no es que un ministro tenga opinión —faltaría más— sino que la exhiba de forma compulsiva, desplazando el centro de gravedad de la política desde la gestión hacia el comentario.
Hay algo profundamente revelador en el hecho de que su actividad en X tienda a disminuir cuando los problemas afectan directamente a su área de responsabilidad. Como si el ruido digital resultara más cómodo cuando la crisis es ajena y más incómodo cuando interpela de lleno al despacho ministerial. Ese patrón, repetido, no es anecdótico: dibuja una forma de entender el poder donde la narrativa precede a la resolución y donde el control del marco importa más que el control del sistema.
Para provincias como Cuenca, este modelo de ministro-tuitero resulta especialmente lesivo. Porque aquí no hablamos de abstracciones ideológicas ni de debates identitarios: hablamos de trenes que no llegan, de líneas cerradas, de oportunidades económicas perdidas y de una sensación persistente de abandono institucional. Mientras el ministro polemiza en X, Cuenca sigue fuera de los grandes corredores logísticos, sigue perdiendo población y sigue siendo tratada como una nota al pie en la planificación estatal. Y eso no se compensa con un hilo ingenioso ni con una réplica viral.
La hiperactividad en redes tiene además un efecto corrosivo sobre la propia autoridad del cargo. El ministro que responde a todo acaba pareciendo un tertuliano con cartera. El que bloquea a críticos, ridiculiza a ciudadanos o se enzarza en disputas menores termina diluyendo la distancia simbólica que requiere el ejercicio del poder democrático. Gobernar no es gustar, ni ganar discusiones en X, ni acumular “me gusta”. Gobernar es priorizar, decidir y, sobre todo, callar cuando toca trabajar.
No se trata de reclamar ministros mudos ni de añorar una política decimonónica. Se trata de recordar que la comunicación institucional no puede convertirse en un fin en sí mismo. Cuando el medio devora al mensaje, y el mensaje suplanta a la acción, la política se vuelve performativa: mucho gesto, poca estructura. Y eso, en un país con déficits históricos de planificación territorial y cohesión infraestructural, es un lujo que no podemos permitirnos.
Óscar Puente ha demostrado sobradamente que domina el lenguaje de X. Pero ese dominio tiene un coste. Cada minuto invertido en la polémica es un minuto que no se dedica a pensar cómo reequilibrar el mapa ferroviario, cómo garantizar servicios dignos en la España interior o cómo corregir décadas de centralismo inversor. La política no puede reducirse a una secuencia de pantallazos. Y menos aún cuando hay territorios que llevan años esperando algo tan poco glamuroso como una decisión eficaz.
Quizá el problema de fondo no sea Puente, sino el modelo que encarna: una política atrapada en la inmediatez, incapaz de sostener el silencio necesario para construir soluciones complejas. Pero los ministros no son víctimas del sistema; son responsables de él. Y mientras X siga siendo el escenario principal de la acción política, lugares como Cuenca seguirán siendo secundarios, periféricos, prescindibles.
Gobernar exige menos tuits y más trenes. Menos ironía y más planificación. Menos presencia digital y más presencia territorial. Todo lo demás es ruido. Y el ruido, en provincias que ya viven al borde del silencio, acaba siendo otra forma de abandono.