
Cuenca asiste hoy a un espectáculo de prestidigitación política sin precedentes. Bajo el eufemismo del Plan X Cuenca, se ha orquestado lo que ya muchos denominan el «pelotazo trenzado»: una operación donde el interés público del ferrocarril ha sido sacrificado en el altar de la especulación urbanística y el ahorro presupuestario mal entendido. No es un plan de movilidad; es un acta de defunción para la vertebración territorial, firmada en los despachos y ejecutada con una frialdad administrativa que asusta.
La primera quiebra es la de la confianza. El PSOE, desde el Ministerio hasta la Alcaldía, pasando por una Junta de Comunidades que actúa más como promotora que como gobierno, ha traicionado la esencia del servicio público. Han vendido la «modernidad» a cambio de desmantelar 150 km de vía férrea que conectaba pueblos hoy más vacíos que ayer. La deslealtad reside en obligar a la ciudadanía a elegir entre «tren o parque», cuando cualquier gestión inteligente habría integrado ambos. Han convertido un derecho a la movilidad en una moneda de cambio para ganar unos metros de asfalto.
Nos dicen que el tren convencional era «deficitario». Lo que no dicen es que la CEOE-Cepime Cuenca ha sido el brazo ejecutor de un modelo que privatiza el beneficio del suelo y socializa la pérdida de conectividad. Los 15,2 millones de euros del nuevo vial de 3,5 km son una propina comparada con el valor de los terrenos que Adif «cede» al Ayuntamiento. Es una operación económica redonda para las constructoras que ya afilan sus excavadoras en Casablanca y San Fernando, pero ruinosa para el ciudadano que ahora debe pagar parking o un bus privado para llegar a una estación de AVE situada en mitad de la nada.
Administrativamente, el Plan X Cuenca es un manual de cómo bordear la justicia. Se aprovecharon de los fondos europeos Next Generation como un chantaje: «o aceptáis el plan ahora, o perdéis el dinero». Mientras el Tribunal Supremo intentaba poner cordura con medidas cautelares, la maquinaria de Adif y el Ayuntamiento aceleraba los «hechos consumados» para que, cuando llegara la sentencia final, ya no hubiera raíles que proteger. Es el urbanismo de la excavadora por delante de la toga.
Pero la quiebra más dolorosa es la social. Han dividido a Cuenca. Han enfrentado al vecino de la capital, que legítimamente quiere ver su barrio sin muros, con el vecino de la Serranía o la Alcarria, que ha sido condenado al aislamiento o al coche privado. El Plan X Cuenca no «cose» la ciudad; la desgarra de su provincia. Se crea una Cuenca de dos velocidades: la que viaja en AVE a 300 km/h hacia Madrid y la que espera un autobús en una marquesina bajo el sol de la Alcarria porque alguien decidió que su tren «no era rentable».
El «pelotazo trenzado» es el triunfo de la visión a corto plazo. Cuando el hormigón del nuevo vial se agriete y las escaleras mecánicas al Casco se averíen por falta de mantenimiento, los conquenses miraremos hacia la estación del centro y recordaremos que allí hubo una vez una vía que nos conectaba con el mundo. Para entonces, los responsables de este expolio ya habrán cortado la cinta, se habrán hecho la foto y, probablemente, habrán cobrado los dividendos de un plan que cambió el futuro de una provincia por unas cuantas plazas de aparcamiento.
Fractura política y opacidad institucional
El PSOE local, en coalición con CEOE CEPYME Cuenca, Ayuntamiento, Diputación y JCCM, impone un consenso excluyente que ignora a la oposición y plataformas ciudadanas, como la Plataforma en Defensa del Ferrocarril. Un informe de INECO —oculto inicialmente— justifica el cierre de vías para liberar 17 hectáreas de Adif, mientras el PP exige transparencia en 2026 sin respuestas claras. Esta alineación de poderes viola principios democráticos básicos, priorizando pactos a espaldas de los conquenses sobre debate público.
Sustituir trenes por autobuses a demanda tras el cierre de 2021 no es progreso, sino retroceso: Cuenca pierde conectividad estratégica en el corredor Madrid-Valencia, clave para combatir la despoblación rural que azota Castilla-La Mancha. [intereses de los usuarios] Mientras ITI invierte millones en innovación rural (ej. Vara de Rey o UFIL forestal), el Plan X privilegia especulación inmobiliaria sobre movilidad sostenible, contradiciendo sus propias líneas estratégicas de tejido económico y entorno humano. CEOE impulsa «Invierte en Cuenca» con ITI para atraer empresas, pero hipócritamente avala un plan que «cosa» la ciudad con viales y aparcamientos, no con empleo real ni suelo industrial competitivo.
La supresión de pasos a nivel y reconversión de terrenos ferroviarios —con un millón de euros en accesibilidad— choca con sentencias judiciales y protestas que frenan el «pelotazo», evidenciando una planificación caótica y dependiente de convenios opacos con Adif. ¿Dónde quedan las ayudas ITI para digitalización y agrario cuando se prioriza valorizar suelo público para constructoras aliadas? Esta miopía administrativa perpetúa el aislamiento de Cuenca capital y agrava desigualdades regionales, como pensiones y vivienda.
Sin tren convencional, familias, jóvenes y rurales quedan varados, acelerando la huida a Madrid o Valencia en una provincia que lidera fondos ITI contra la despoblación (260 millones). Pintadas de «robo» en sedes del PSOE reflejan el hartazgo ciudadano ante un modelo que sacrifica servicios públicos por «proyectos estratégicos» que no revierten el envejecimiento ni fomentan retorno del talento. El Plan X no une barrios: los desconecta de Europa y del futuro.
Es hora de paralizar esta farsa especulativa y restaurar el ferrocarril como eje de cohesión social y económica. Cuenca merece gobernantes que sirvan al bien común, no a tramas tejidas en despachos.
El tren que sobra y el suelo que aparece
El punto de partida es conocido: el cierre del tren convencional Madrid-Cuenca-Valencia. Una infraestructura pública que vertebraba territorio y ofrecía una alternativa sostenible fue declarada “innecesaria” en términos de rentabilidad. A partir de ahí, el discurso giró rápidamente hacia la oportunidad: la oportunidad de liberar suelo, “coser la ciudad”, crear aparcamientos, zonas deportivas y nuevos viales.
Pero toda oportunidad tiene beneficiarios concretos. Y ahí comienzan las preguntas incómodas.
Los terrenos ferroviarios de ADIF no son suelo residual. Son suelo urbano continuo, bien situado y con enorme potencial de transformación. Su cambio de uso —aunque se vista de equipamientos públicos— altera el valor del entorno y abre la puerta a futuros desarrollos que hoy no se detallan, pero mañana serán irreversibles.
Los adjudicatarios difusos
En el marco del Plan XCuenca ya se han ejecutado actuaciones relevantes: aparcamientos en terrenos ferroviarios, acondicionamientos urbanos y proyectos en marcha. Sin embargo, la información sobre contratos, adjudicatarios, criterios técnicos y seguimiento de las obras no aparece centralizada ni fácilmente accesible para la ciudadanía.
No existe, a día de hoy, una relación pública clara y ordenada de contratos asociados explícitamente al Plan XCuenca en los perfiles de contratante del Ayuntamiento o de ADIF. Las obras aparecen fragmentadas, descontextualizadas o presentadas como actuaciones aisladas. El plan existe políticamente, pero se diluye administrativamente, lo que dificulta el control democrático de una operación financiada con dinero público.
La oposición política ha pedido explicaciones. Colectivos ciudadanos han reclamado transparencia. Y, sin embargo, la respuesta institucional ha sido más comunicativa que documental: inauguraciones, notas de prensa, fotografías. Mucho relato, pocos papeles.
¿Quién se beneficia?
No hay —todavía— una empresa privada señalada con nombre y apellidos como beneficiaria final. Y precisamente por eso la pregunta es legítima. Porque los grandes procesos urbanísticos no funcionan por decisiones puntuales, sino por acumulación de pequeñas actuaciones que, en conjunto, redibujan la ciudad.
Se benefician las administraciones que gestionan inversiones y controlan el diseño urbano. Se beneficia ADIF al desprenderse de una infraestructura deficitaria y reducir costes. Se beneficia el tejido empresarial vinculado a la obra pública, la construcción y los servicios urbanos. Y potencialmente se beneficiarán promotores futuros si el suelo cambia definitivamente de función.
¿Y la ciudadanía? Gana aparcamientos y pierde tren. Gana asfaltado y pierde conectividad territorial. Gana promesas de modernidad y pierde una infraestructura pública estratégica que no volverá.
El consenso que excluye
Uno de los elementos más llamativos del Plan XCuenca es su consenso vertical: acuerdo entre administraciones y patronal, pero sin un proceso deliberativo real con la población afectada. No hubo consulta ciudadana. No hubo alternativas evaluadas públicamente. No hubo un debate serio sobre mantener el tren y, a la vez, mejorar la integración urbana.
Cuando el consenso excluye a la ciudadanía, deja de ser consenso y pasa a ser alineamiento de intereses.
Urbanismo irreversible, explicaciones reversibles
El urbanismo tiene una característica que lo diferencia de otras políticas: es prácticamente irreversible. Una vía levantada no se repone. Un suelo recalificado no vuelve atrás. Por eso exige más transparencia, no menos. Más información, no solo anuncios. Más control público, no solo confianza institucional.
El Plan XCuenca avanza. Las obras continúan. Las licitaciones mayores están por llegar. Y precisamente ahora, cuando aún hay margen para aclarar, ordenar y explicar, es cuando más necesario resulta abrir los datos, publicar los contratos, detallar los compromisos y permitir un escrutinio real.
No para frenar la ciudad. Sino para algo más básico: para que Cuenca sepa qué ciudad se está construyendo y para quién.
Porque cuando el tren ya no está y el suelo ya se ha transformado, la pregunta llegará tarde. Y entonces ya no habrá plan que coser, ni brecha que cerrar, ni relato que lo justifique.