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Plante 150, un acto combativo contra los políticos que han cambiado el bienestar de Cuenca por el favor de su partido (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el enero 28, 2026enero 28, 2026 por Juan Andrés Buedo
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El plante 150 en defensa del tren convencional Madrid-Cuenca-Valencia fue, más que una cifra, una respiración colectiva contra el olvido organizado.

Cuenca amaneció el 27 de enero con el frío calando no solo en los huesos, sino en la memoria. Mientras los despachos oficiales en Madrid y Toledo celebran la «optimización» de recursos, una veintena de almas —valientes, tercas, dignas— se plantaban frente a la Diputación Provincial, al lado de la Iglesia de San Esteban, en defensa del tren convencional. Lo que allí se vivió no fue una simple protesta; fue un acto de legítima defensa contra el borrado sistemático de nuestra identidad territorial.

Había en los asistentes una nobleza que no entiende de hojas de cálculo. Rostros surcados por el cierzo, manos que han trabajado esta tierra y que hoy sostenían pancartas con la fragilidad de quien protege un último aliento. Fue una estampa de lírica ferroviaria: el pueblo defendiendo un raíl que no solo transporta viajeros, sino que vertebra esperanzas. Ver la madurez de personas unida a la veteranía de las vías indelebles fue el recordatorio de que Cuenca no es un «espacio entre paradas de AVE», sino un destino con derecho a existir en el mapa de la movilidad humana.

Sin embargo, el eco de este grito parece chocar contra un muro de cristal. Resulta bochornoso el ejercicio de funambulismo mediático que estamos presenciando. Los grandes altavoces de la información han optado por el disimulo, por el breve de compromiso o, peor aún, por el vacío absoluto.

Este silencio no es casual; es la anestesia necesaria para que la amputación del servicio ferroviario pase desapercibida para el resto de España. Si no se cuenta, no ocurre. Y si no ocurre, no hay culpables. El tratamiento informativo —o la falta de él— es la herramienta perfecta para que el desmantelamiento de la línea Madrid-Cuenca-Valencia se consume sin que se despeinen las moquetas ministeriales.

En los rostros de los presentes en ese acto se mezclaban la paciencia de quien lleva años explicando lo obvio —que el tren vertebra, que el tren fija población, que el tren es más ecológico y más justo— y la tensión de saberse a contracorriente de casi todo el aparato institucional. Prácticamente todos ellos ya habían estado en las grandes manifestaciones de Cuenca, donde se gritaron consignas como «Cuenca no se vende, Cuenca se defiende», y volvieron a plantar el cuerpo porque entendieron que, sin presencia física, el relato oficial se impone sin resistencia.

El disimulo y el silencio mediático

Mientras esas personas se jugaban el frío, el tiempo y la paciencia, una parte de los medios locales y regionales practicaba el arte sutil del disimulo: minimizar, descontextualizar, colocar la movilización en el cajón menor de la agenda, cuando no simplemente ignorarla. El mismo ecosistema informativo que ha amplificado durante años las supuestas bondades del «nuevo modelo de movilidad» —más autobuses a demanda, más lanzaderas al AVE, más aparcamientos en los antiguos terrenos ferroviarios— ha tratado las voces críticas como ruido de fondo prescindible.

Ese vacío informativo está asentándose, una vez más, en la comunidad conquense como una nube blanda de ignorancia inducida. Una ignorancia cómoda, casi amable, donde la ausencia de noticias se confunde con la ausencia de problemas y donde el abandono acaba normalizándose. No hay conflicto si nadie lo cuenta; no hay pérdida si se deja de nombrar. Así se administra hoy el declive: sin ruido, sin duelo, sin responsables visibles.

Mientras tanto, el tren sigue sin voz. Y quienes lo defienden, también. Porque el problema no es que sean pocos, sino que se les deje solos. Porque no eran veinte personas: era el mínimo indispensable para que la dignidad no quedara desierta. Cuando un territorio deja de defender su tren, empieza a aceptar su desaparición. Y cuando acepta eso, acepta casi todo lo demás.

El «disimulo» mediático del que somos testigos no es fruto del azar, sino de una omertá política perfectamente ejecutada. Las instituciones gobernantes, esas que se llenan la boca con la «España vaciada» en campaña electoral, han dado la orden de silenciar el estrépito de las vías muertas. Para el político de carrera, el tren convencional es un estorbo en su currículum de modernidad impostada; para ellos, informar sobre la lucha de 150 valientes es airear su propio fracaso.

Prefieren el silencio sepulcral de los medios afines antes que admitir que están desmantelando el futuro de Cuenca para cuadrar las cuentas de sus amos en Madrid. Han convertido el derecho a la movilidad en una moneda de cambio para asegurar su próximo asiento en un consejo de administración o en una lista cerrada, viviendo de espaldas a una sociedad a la que han decidido dejar a pie.

No es un silencio neutro, sino funcional: al no contar la historia completa del cierre del Aranjuez-Cuenca-Utiel, se sugiere que la clausura fue inevitable, técnica, casi natural, como si no hubiera existido la larga cadena de decisiones políticas, de inversiones desviadas y de falta de mantenimiento deliberada que condujo hasta aquí. Se silencia que el tren convencional ofrecía una red de acceso a numerosos municipios y que su supresión deja una provincia sin servicios regionales sobre 17.000 kilómetros cuadrados, empujando a la población o bien al coche privado o bien a unos autobuses más caros y más lentos.

Es insultante observar cómo quienes deberían ser los primeros espadas en la defensa de nuestro territorio, se convierten en los enterradores de su progreso. Estos gestores del declive han diseñado una estrategia de alienación para mantener a la comunidad conquense bajo una nube de ignorancia. Se fomenta el desconocimiento y la resignación para que el ciudadano medio crea que perder el tren es «inevitable», cuando en realidad es una decisión política deliberada y cruel.

Mientras el político local se pliega ante las directrices del partido, Cuenca sangra población y oportunidades. No es progreso lo que venden; es una eutanasia ferroviaria ejecutada por quienes prefieren conservar el favor del ministro de turno antes que el respeto de sus vecinos. La ignorancia de la masa es el colchón sobre el que duermen sus conciencias de plástico.

La nube de ignorancia conquense

Sobre la comunidad conquense se ha ido posando, año tras año, una nube de ignorancia cuidadosamente cultivada: informes sesgados, debates evitados, promesas de inversiones alternativas que nunca llegan completas, un lenguaje tecnocrático que pretende convertir una operación de desmantelamiento en «modernización». Esa nube no es solo desconocimiento, sino una forma de niebla política: si la gente no sabe qué se está perdiendo con el cierre del tren, si no conoce las cifras de inversión previstas y nunca ejecutadas, si no se le explica que había alternativas de mejora del servicio, es más fácil que acepte resignada la versión oficial.

En esa atmósfera enrarecida, quienes acuden al plante 150, quienes pronuncian la palabra «reapertura», quienes exigen un ferrocarril público, social y sostenible, se convierten en quebradores de la niebla, en «raros» que recuerdan que un país que vacía una línea entera sin ofrecer un transporte público equivalente está, en realidad, vaciando también la ciudadanía de sus derechos. Frente a la nube de ignorancia, estas personas siembran memoria: recuerdan que hubo un tren que conectaba Madrid, Cuenca y Valencia; que pudo modernizarse; que aún puede renacer si la sociedad se reconoce a sí misma como algo más que un paisaje de paso entre dos grandes estaciones de alta velocidad.

La modernidad que elimina vías no avanza; borra. En Cuenca, el progreso llega casi siempre en forma de renuncia, y la resignación se vende como realismo. Defender el tren convencional no es nostalgia; es negarse a vivir de espaldas al mapa y a la memoria. A veces no desaparecen los servicios públicos: desaparece antes la conciencia que debía protegerlos.

Un silbato que se niega a callar; resistencia frente a la poltrona

La jornada nos deja una lección de dignidad. Mientras los medios callan y una extensa parte de la población dormita, los manifestantes del Plante 150 han demostrado que Cuenca tiene pulso. No piden lujos, piden el derecho básico a la conexión, a la permanencia y al respeto.

El tren convencional no es un resto del pasado; es la garantía de que nuestra provincia no se convierta en un desierto administrativo. O despertamos de la nube y rompemos el silencio, o terminaremos siendo una postal vacía en el escaparate de la España que pudo ser y no la dejaron.

Y, frente a ese panorama de traición y despacho, los participantes en la efeméride de este 27 de enero representan la única reserva de dignidad que le queda a la provincia. Mientras el poder político se encierra en su burbuja de privilegios y coches oficiales, el pueblo llano sale a la vía a decir basta.

Ya no pedimos permiso, pedimos cuentas. Porque si el futuro de Cuenca depende de quienes hoy nos dan la espalda para salvar su puesto, estamos condenados. Pero la jornada evocada demuestra que el rodillo político ha encontrado una piedra en el camino: una sociedad que empieza a entender que sus gobernantes no son sus líderes, sino sus verdugos.


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