
Cuenca, provincia de silencios y paisajes abruptos, arrastra una mentalidad histórica que podemos denominar “quietismo antropológico”: una aceptación pasiva del orden establecido, tejida por Iglesia, caciques y élites rurales, que ha marcado su evolución política y su actual despoblación. Lejos del misticismo contemplativo del quietismo teológico, aquí se traduce en baja conflictividad cívica y obediencia a poderes externos, con el carlismo rural como su expresión política más pura.
Desde el siglo XIX, el clero parroquial presidió juntas carlistas en Alcarria, Serranía y Mancha, con sacristanes como secretarios y familias notables como sostén social. Esta red generó una cultura de resignación: el cura legitimaba la obediencia, y las reformas liberales se vivieron como amenaza al patronazgo eclesiástico. Caciques conservadores como Fanjul, Casanova o Cuartero controlaron votos en la Restauración y II República, priorizando estabilidad sobre modernización.
El carlismo canalizó este quietismo: apoyo simbólico más que insurreccional, con adhesiones sentimentales al “Trono y Altar” frente al liberalismo. En 1874, el “Saco de Cuenca” fue su pico violento, pero post-derrota, mutó a neocatólico pasivo y clientelismo restauracionista.
Tras 1876, el carlismo rural se retrae: prensa local como “El Eco de Cuenca” defiende Iglesia y propiedad, pero sin movilizaciones. En la Dictablanda y República, resurge en JAP y derechas agrarias contra el laicismo, culminando en el Alzamiento de 1936 absorbido por el bloque nacional. Esta evolución –del fuego guerrero al fuego lento clerical– refuerza el quietismo: se preserva el orden sin transformarlo.
Consecuencias: despoblación como destino asumido
Ese legado explica el éxodo: 41% de población perdida en 70 años, embalses que cortan tierras y comunicaciones, capital menguando 500 habitantes al año. Sin movimientos cívicos potentes, se acepta como inevitable lo que podría ser política contestable.
Hoy, con Castilla-La Mancha centralizada en Toledo, Cuenca pervive en fiestas veraniegas mientras su juventud emigra. El quietismo antropológico –forjado por curas carlistas y caciques– nos condena a la irrelevancia si no se rompe con iniciativas rupturistas.
Es hora de pasar de la obediencia al rosario a la acción por el ferrocarril y la capitalidad. ¿O seguiremos siendo la provincia de la resignación?
Descripción del quietismo antropológico
En filosofía, el quietismo es una postura que rechaza la elaboración de teorías o proyectos ambiciosos, enfatizando la suspensión de disputas profundas y evitando afirmaciones teóricas fuertes. En el contexto filosófico contemporáneo, quietistas como Crispin Wright sostienen que ciertas discusiones (ej. entre realismo y antirrealismo) no pueden solucionarse mediante grandes teorías y que lo adecuado es suspenderlas.
Esto significa que el quietismo no promueve —de forma activa— una visión del mundo. Más bien, tiende a evitar el conflicto intelectual o teórico, concentrándose en posicionamientos pasivos o de suspensión del juicio.
Eugenio Trías (Barcelona, 1942 – 2013) fue un filósofo español considerado por muchos críticos como el pensador más importante de la lengua castellana desde Ortega y Gasset. Su obra es vasta, abarcando ética, estética, filosofía de la religión, teoría del conocimiento y ontología, entre otros campos.
Trías fue especialmente reconocido por su énfasis en una filosofía que no se limita a los límites clásicos de la razón, sino que también dialoga con sus “sombras”: la pasión, lo mítico, lo siniestro y lo religioso. Su estilo ha sido descrito como intelectual pero con “antenas poéticas”, uniendo rigor conceptual con sensibilidad estética.
Trías exploró cómo ciertas zonas de la vida humana —como la pasión, lo siniestro, la creación artística o el pensamiento religioso— desbordan marcos racionalistas estrictos. Obras como Lo bello y lo siniestro exploran cómo conceptos tradicionalmente excluidos de la estética (como lo perturbador o lo oscuro) son esenciales para entender la experiencia estética total.
Aunque Trías no escribió específicamente sobre Cuenca, su pensamiento ofrece herramientas para interpretar esta ciudad histórica, especialmente en relación con ciudad, límite, cultura y sentido.
La ciudad de Cuenca, elevada sobre escarpes y con su famosa parte antigua “colgada” sobre la hoz del Júcar y el Huécar, puede verse como una metáfora física de la frontera ontológica triasiana: un lugar donde lo visible (el entramado urbano) se yuxtapone con lo invisible (el abismo, la profundidad, la historia latente). Desde este punto de vista, Cuenca es un espacio fronterizo entre lo firme y lo vertiginoso, y puede interpretarse como un espacio que invita a pensar —no solo como objeto estético, sino como manifestación del límite humano entre presencia y ausencia.
Trías defendía que la filosofía debe integrar lo que normalmente se excluye: mito, rito, religiosidad, y corrientes oscuras de la experiencia. Cuenca, con su catedral gótica, el casco histórico, leyendas, tradiciones religiosas (Semana Santa, actos locales, mitos sobre la ciudad), y su paisaje natural abrupto, ejemplifica un diálogo permanente entre lo humano y lo ancestral, lo visible y lo latente, que resuena con las zonas fronterizas de la experiencia humana que Trías valoraba.
Para él, la estética no es un mero accesorio de la filosofía, sino un medio para confrontar lo racional con lo siniestro y lo misterioso. El contraste de luces y sombras en los callejones de Cuenca, la contemplación del paisaje desde miradores, o la superposición de signos históricos en su arquitectura, pueden ser pensados como experiencias de frontera estética: experiencias que despliegan sentido más allá de una lectura funcional o utilitaria de la ciudad.
Sobre el quietismo antropológico de una ciudad contemplativa
Hay ciudades que hablan alto y ciudades que callan con elocuencia. Cuenca pertenece a esta segunda estirpe. Suspendida entre hoces, piedra y vacío, la ciudad ha hecho del silencio una estética y de la contemplación una forma de identidad. Pero ese mismo silencio —cuando se prolonga sin fisuras— puede convertirse en una forma de quietismo antropológico: una manera de estar en el mundo que observa, conserva y describe, pero rara vez atraviesa el conflicto que toda cultura viva necesita para transformarse.
El concepto de quietismo antropológico no designa una doctrina cerrada, sino una actitud histórica y cultural. En el caso de Cuenca, esa actitud se manifiesta como una preferencia por la estabilidad simbólica, la estetización del pasado y la neutralización del disenso bajo la forma de paisaje, tradición o patrimonio. No es inmovilismo por pobreza cultural; es, paradójicamente, inmovilidad producida por una gran densidad simbólica.
Esta lectura no surge de la nada. La tónica ensayística dominante en estos lares -a la que siempre me he opuesto, y por esto mismo nunca me he alineado, desmarcándome de ella y siguiendo mejor una línea de pensamiento más completa y extensa— subraya cómo, a lo largo del siglo XX, Cuenca fue consolidando una autoimagen marcada por la excepcionalidad estética y la distancia respecto a los grandes conflictos sociales y políticos del país. La ciudad se pensó —y se ofreció— como lugar aparte, casi como refugio espiritual, más que como espacio de fricción histórica.
El episodio más significativo de esta historia es, sin duda, la irrupción del arte contemporáneo en la década de 1960, cristalizada en el Museo de Arte Abstracto Español. Aquel gesto fue, en su origen, profundamente disruptivo: introducir la abstracción en una ciudad histórica y periférica significaba abrir una grieta en el relato cultural dominante. El arte abstracto, con su apuesta por el vacío, la forma pura y el silencio visual, conectaba de manera natural con el paisaje y la arquitectura conquenses, pero también traía consigo una promesa de modernidad y riesgo.
Sin embargo, con el paso del tiempo, aquella ruptura se institucionalizó. El arte dejó de ser acontecimiento para convertirse en emblema; dejó de incomodar para consolidar prestigio. Lo que en su día fue frontera viva pasó a ser marca cultural, integrada sin fricción en el imaginario urbano. El arte, lejos de activar una reflexión crítica sobre la comunidad y su tiempo, terminó reforzando una identidad contemplativa, casi autosatisfecha.
Aquí es donde la filosofía de Eugenio Trías resulta especialmente iluminadora. Para Trías, el ser humano —y por extensión las culturas— habita el límite: ese espacio intermedio entre lo que se muestra y lo que se oculta, entre la razón y su sombra. El límite no es un lugar para instalarse cómodamente, sino un umbral que exige tránsito. Cuando el límite se fetichiza y se convierte en paisaje, la razón deja de ser “fronteriza” y se vuelve conservadora.
Cuenca como metáfora del límite detenido
Cuenca es, en sí misma, una metáfora física del límite: ciudad colgada sobre el vacío, equilibrio constante entre caída y permanencia. El problema no es ese carácter liminar —que es, de hecho, su mayor potencia simbólica—, sino el riesgo de quedarse en el mirador. El quietismo antropológico aparece cuando la ciudad opta por contemplar su abismo sin preguntarse qué significan hoy ese vacío, ese silencio y esa belleza en un mundo atravesado por desigualdades, tensiones y cambios acelerados.
Las consecuencias de esta actitud son visibles. La cultura se despolitiza; el arte se vuelve seguro; el conflicto se percibe como amenaza al “equilibrio” y no como motor de sentido. La identidad se conserva, sí, pero al precio de una cierta desconexión con el presente. Como he apuntado, Cuenca corre el riesgo de ser más escenario que sujeto, más decorado que actor en la historia contemporánea.
¿Hay salida del quietismo?
Desde una lectura triasiana, la salida no pasa por destruir lo heredado ni por renunciar al silencio, sino por reactivarlo. El silencio solo es fértil cuando prepara una palabra; la contemplación, cuando antecede a un gesto. El arte puede volver a ser frontera viva si acepta de nuevo el riesgo de incomodar, de dialogar con las sombras de la ciudad: la despoblación, la precariedad, la desigualdad, la tensión entre centro y periferia.
Cuenca no necesita dejar de ser lo que es. Necesita, quizá, atreverse a cruzar el límite que tan bien representa. Porque una ciudad que solo se contempla acaba convirtiéndose en postal. Y una cultura que evita el conflicto termina confundiendo la paz con la ausencia de vida.
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