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Sánchez resucita el «No a la guerra» como arma de campaña electoral (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el marzo 5, 2026marzo 5, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Sánchez busca su 'no a la guerra' ante el abandono de sus socios: "Está ...

Pedro Sánchez ha resucitado el lema «No a la guerra» como un símbolo con una fuerte carga emocional en la izquierda, pero lo ha hecho en un momento y con una puesta en escena que encajan claramente con una estrategia de movilización electoral más que con un simple gesto de política exterior.

Sánchez ha reverdecido, más de dos décadas después, el histórico lema del «No a la guerra» que derribó a José María Aznar. Pero esta vez el grito no brota de las calles, sino de la planta noble de La Moncloa, en un momento de tensión internacional con Irán y de evidente desgaste interno del Gobierno. El presidente convierte así la política exterior en un escenario más de campaña, en busca de movilizar a los suyos, marcar distancias con la derecha y, de paso, tapar otros frentes mucho menos épicos.

En 2003, el «No a la guerra» no era un eslogan gubernamental, sino una marea social. Fue el rechazo a la invasión de Irak, al «trío de las Azores» y al alineamiento acrítico con George W. Bush lo que colmó la paciencia de una ciudadanía que se sintió engañada. De aquellas manifestaciones masivas salió un coste político demoledor para Aznar y un capital simbólico que la izquierda convirtió en seña de identidad durante años.

Sánchez sabe que no se trata de cuatro palabras cualesquiera. Sabe que ese lema remite a manifestaciones, pancartas y recuerdos compartidos por millones de votantes progresistas, también aquí en Cuenca y en toda Castilla-La Mancha. No invoca un concepto, sino un fetiche electoral de probado rendimiento, con la esperanza de reactivar emociones que funcionaron en 2004.

Nada en la puesta en escena de Sánchez ha sido casual. Comparecencias solemnes, frases cortas, apelaciones morales al papel de España en el mundo, y un lema perfectamente calibrado para caber en un tuit, una pancarta o un vídeo de TikTok. No estamos ante un argumentario técnico sobre la OTAN, la UE o las implicaciones jurídicas de negar el uso de las bases, sino ante un mensaje pensado para ser coreado, compartido y recortado en vídeo.

El «No a la guerra» aparece, así, como un envoltorio emocional de fácil digestión, ideal para convertir cualquier crítica en sospecha de alineamiento con Trump o con la ultraderecha. No es tanto una doctrina de política exterior como un dispositivo de campaña: sirve para trazar bandos, simplificar el tablero y reducir toda discrepancia a una cuestión de moralidad frente a barbarie.

El choque con Estados Unidos y con Donald Trump se presenta como un plebiscito en términos muy simples: paz contra guerra, democracia contra autoritarismo, valentía frente a servilismo. Esa narrativa permite a Sánchez reubicar el centro del debate público en un terreno simbólico donde se siente cómodo, lejos de la erosión que provocan la inflación, la crisis de vivienda, el malestar de agricultores y ganaderos o la fatiga social tras años de inestabilidad.

Mientras tanto, la política exterior deja de ser un espacio de consensos básicos para convertirse en mitin. En lugar de construir una posición de país, compartida y explicada con rigor, se opta por el trazo grueso de la consigna. El «No a la guerra» se convierte en un salvoconducto moral que pretende blindar al Gobierno frente a cualquier crítica, como si cuestionar la estrategia fuese, por definición, ponerse del lado de las bombas.

El problema de este ejercicio retórico es que choca de frente con la realidad. España mantiene un apoyo firme al esfuerzo bélico de Ucrania frente a la agresión rusa, incluida la participación en el suministro de armamento y en misiones de la OTAN. No vivimos, por tanto, en un pacifismo neutral, sino en una política de alianzas y compromisos que distingue entre unas guerras y otras, entre unas violencias toleradas y otras condenadas.

Cuando un Gobierno que participa en la arquitectura militar occidental se envuelve en el «No a la guerra», inevitablemente se abre la sospecha del pacifismo selectivo. ¿A qué guerra decimos que no, exactamente? ¿A todas o solo a las que permiten activar determinadas emociones internas? El lema sirve como pancarta electoralista, pero no resiste un análisis mínimamente honesto de la posición internacional de España.

En este contexto, convertir el «No a la guerra» en bandera de combate interno no es solo una operación estética. Tensar la cuerda con Estados Unidos tiene consecuencias potenciales en términos económicos, comerciales y de seguridad, en un momento en que la UE atraviesa una etapa delicada y la OTAN redefine su papel en un mundo más inestable. No todos los socios europeos están dispuestos a teatralizar la política exterior al ritmo de las necesidades de sus campañas domésticas.

España corre el riesgo de deteriorar su credibilidad internacional al proyectar la imagen de un país que condiciona su postura exterior a los réditos de corto plazo de su Gobierno. El beneficio interno puede ser inmediato; el coste externo, silencioso y prolongado. Y ese coste no lo pagará solo el inquilino de La Moncloa: lo asumirá el conjunto de la economía, de las empresas y de los ciudadanos.

La gran diferencia entre el 2003 del «No a la guerra» y el 2026 de Sánchez no es la frase, sino el sentido. Entonces fue la calle quien impuso el lema frente a un poder que no quiso escuchar. Hoy es el poder quien recicla aquel grito para intentar disciplinar a la calle, reconducir el descontento y presentarse como único garante de la paz y la decencia.

Decir «no a la guerra» es, en sí mismo, una aspiración justa y compartible. El problema aparece cuando ese «no» deja de ser un compromiso serio con la paz y el derecho internacional para convertirse en un producto más del marketing político. Cuando la pancarta sustituye a la política y el eslogan pretende ocupar el lugar del debate, lo que se debilita no es solo la oposición, sino la propia calidad de nuestra democracia.

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