
Durante buena parte del día, España no se gobierna solo desde el Consejo de Ministros, el Parlamento o los despachos autonómicos. Se gobierna también —y cada vez más— desde estudios de radio y platós de televisión donde un grupo reducido de voces, reconocibles y recurrentes, interpreta la realidad política en tiempo real. El tertulianismo político se ha convertido en una de las principales mediaciones entre el poder y la ciudadanía, y conviene preguntarse, sin prejuicios ni indulgencias, qué ha aportado y qué ha erosionado en nuestra democracia.
La tertulia política nació como un formato modesto, casi artesanal. Un espacio de conversación sosegada, con periodistas especializados, académicos o testigos cualificados que contextualizaban la actualidad para una audiencia que buscaba comprender. En la radio, especialmente, cumplió durante años una función pedagógica indiscutible: traducir la complejidad institucional a un lenguaje común, ofrecer claves interpretativas y abrir un espacio plural para el contraste de ideas. Fue, en ese sentido, una herramienta de democratización del debate público. La política dejó de ser un lenguaje exclusivo de élites para convertirse en conversación cotidiana.
Ese proceso tuvo virtudes claras. Acercó la actualidad política a sectores tradicionalmente alejados del interés cívico, generó hábito informativo y contribuyó a que amplias capas sociales entendieran que las decisiones públicas afectan a su vida diaria. La tertulia, bien entendida, ofrecía contexto, memoria y comparación. Recordaba precedentes, señalaba incoherencias, introducía matices que rara vez caben en el titular o en la declaración institucional. Durante años, muchas tertulias ejercieron incluso una forma de contrapoder blando, incómodo para gobiernos de distinto signo, al señalar errores, contradicciones y silencios.
Pero el problema no llegó con la tertulia como formato, sino con su conversión en sistema. La política mediática fue colonizando cada franja horaria, cada canal, cada emisora. La conversación se aceleró hasta convertirse en ruido. El análisis dio paso a la reacción inmediata. Y la figura del tertuliano dejó de ser la del especialista ocasional para transformarse en un perfil profesional permanente: el opinador omnipresente que habla de todo sin saber casi nada en profundidad, pero con enorme seguridad retórica.
Ese cambio alteró radicalmente el ecosistema informativo. La opinión empezó a desplazar a la información. El comentario se impuso al dato. Y la lógica del espectáculo, inherente a la televisión y cada vez más presente también en la radio, pasó a gobernar la discusión política. El debate dejó de orientarse a esclarecer para orientarse a vencer. No se busca comprender al otro, sino desautorizarlo. No se trata de aportar argumentos, sino de generar clips virales, frases lapidarias, momentos de tensión que alimenten la conversación en redes sociales.
El tertulianismo contemporáneo vive de la polarización. Necesita bandos claros, identidades enfrentadas, antagonismos simples. La complejidad no vende. La duda debilita. El matiz aburre. Así, muchos programas han optado por una pluralidad solo aparente: voces enfrentadas no para dialogar, sino para representar trincheras previamente asignadas. Cada tertuliano habla menos para convencer al adversario que para confirmar a su audiencia. Se refuerzan prejuicios, se solidifican marcos mentales y se empobrece el espacio común de deliberación.
Esta dinámica tiene consecuencias profundas. La primera es la degradación del debate público. Cuando todo se reduce a un combate moral, desaparece la posibilidad de evaluar políticas públicas por sus resultados reales. Las decisiones se juzgan por su impacto mediático, no por su eficacia social o económica. Importa más el relato que la realidad. Y el ciudadano acaba atrapado en una narrativa permanente de indignación, escándalo y confrontación que genera fatiga democrática.
La segunda consecuencia es la sustitución del periodismo por el tertulianismo. Las redacciones se adelgazan, la investigación se encarece y el análisis profundo se vuelve residual, mientras los platós se llenan de opinadores que comentan titulares sin haber leído documentos, leyes o presupuestos. El tiempo que debería dedicarse a explicar se consume en discutir. El espacio que debería ocupar la información contrastada lo ocupa la especulación. Y el resultado es una ciudadanía sobreexpuesta a la opinión y subalimentada de conocimiento.
Existe además un problema menos visible pero más estructural: la dependencia política y económica del tertulianismo. No pocas tertulias funcionan como extensiones informales de partidos, gobiernos o grupos empresariales. Los alineamientos son previsibles, las indulgencias selectivas y las indignaciones, estratégicas. El tertuliano “independiente” suele ser, en demasiados casos, alguien con vínculos, expectativas o lealtades no siempre explícitas. Esto no invalida automáticamente sus argumentos, pero sí exige una lectura crítica que rara vez se fomenta.
En este contexto, la política se adapta al medio. Los dirigentes gobiernan ya pensando en la tertulia del día siguiente. Ajustan mensajes, silencios y gestos a la lógica del plató. La comunicación sustituye a la gestión. El anuncio importa más que la ejecución. Y la política se vuelve cortoplacista, reactiva y temerosa de la mala prensa inmediata. El escrutinio constante, que en teoría debería mejorar la calidad democrática, acaba generando parálisis, teatralización o populismo declarativo.
Sin embargo, sería un error caer en la nostalgia o en la demonización simplista. El tertulianismo no es intrínsecamente nocivo. Sigue teniendo potencial como espacio de socialización política, de contraste de puntos de vista y de vigilancia del poder. La radio, especialmente, conserva todavía ámbitos donde la conversación es más pausada, más reflexiva y menos dependiente del grito. Existen programas y profesionales que resisten la tentación del espectáculo y apuestan por la explicación rigurosa.
El problema aparece cuando la tertulia deja de ser un complemento y se convierte en el eje central del sistema informativo. Cuando sustituye al periodismo en lugar de convivir con él. Cuando el análisis se diluye en la consigna y la discusión se convierte en un ritual previsible. En ese punto, la tertulia deja de estimular el pensamiento crítico y pasa a organizar el ruido.
Para territorios como Cuenca, este fenómeno tiene además una derivada específica. La agenda mediática nacional, amplificada por el tertulianismo, invisibiliza los problemas estructurales de la España interior. El debate político se concentra en los grandes conflictos simbólicos mientras se relegan cuestiones como la despoblación, las infraestructuras, los servicios públicos o el desequilibrio territorial. La tertulia centralista no mira al territorio; lo utiliza, en el mejor de los casos, como decorado retórico.
Frente a este escenario, la responsabilidad es compartida. De los medios, que deben decidir si quieren ser espacios de información o de entretenimiento disfrazado de política. De los tertulianos, que deberían recordar que opinar no exime de informarse. Y de la ciudadanía, que puede exigir más rigor y menos ruido. Porque la democracia no se debilita solo por el silencio, sino también por la saturación de palabras vacías.
La tertulia no debería sustituir al pensamiento, sino provocarlo. No debería cerrar debates, sino abrirlos. No debería confirmar certezas, sino incomodarlas. Cuando cumple esa función, es una herramienta valiosa. Cuando la traiciona, se convierte en un síntoma más de una política degradada por la urgencia, el espectáculo y la falta de profundidad.
España necesita menos tertulias que griten y más espacios que expliquen. Menos opinadores que pontifiquen y más periodistas que investiguen. Menos ruido y más criterio. Porque una democracia madura no se mide por la cantidad de palabras que produce, sino por la calidad de las ideas que es capaz de sostener.