
La literatura tiene un poder que la estadística ignora: puede devolver a la vida aquello que los despachos sentenciaron a muerte. En la reciente narrativa de nuestra tierra, personificada en obras como «El Salvador» de Juan Andrés Buedo, la idea del regreso del tren convencional Madrid-Cuenca-Valencia ha dejado de ser una utopía para convertirse en una realidad narrativa. Y ahí, precisamente, reside nuestra mayor fuerza de resistencia.
Escribir sobre el tren no es un ejercicio de nostalgia estéril; es un acto de soberanía. Durante años, se nos ha intentado convencer de que el progreso solo viaja a 300 kilómetros por hora, ignorando que la verdadera vertebración de un país no se mide en la velocidad de paso, sino en la capacidad de parada. El cierre de la línea convencional no fue una decisión técnica basada en la «eficiencia»; fue una amputación emocional y social que dejó huérfanas a las estaciones de la Alcarria, la Serranía y la Manchuela.
La magia de lo tangible
La magia del escritor consiste en transformar el dato frío en carne y hueso. Mientras un gestor ve «bajas ocupaciones», el autor ve a un estudiante que puede regresar a casa el fin de semana sin depender de un coche, o a un anciano que recupera su derecho a la movilidad sin pasar por el peaje del aislamiento. Al plasmar literariamente el regreso del tren, estamos obligando a quienes toman decisiones a mirar a los ojos a la realidad que pretenden borrar.
La novela, el relato y el artículo de opinión construyen ese correlato objetivo: el sonido del metal sobre el raíl, el traqueteo que atraviesa las Hoces del Cabriel y la vida que florece alrededor de un andén. Si somos capaces de imaginarlo con tal nitidez, si somos capaces de habitar esa posibilidad en las páginas de un libro, ¿con qué autoridad moral pueden decirnos que es imposible en la práctica?
Un mensaje a la voluntad política
Este «Salvador» literario es un aviso para navegantes. La literatura de protesta está recordándonos que el territorio no es un vacío entre Madrid y Valencia, sino un tejido vivo que exige ser respetado. El tren convencional es el único capaz de coser los jirones de esa «España vaciada» que solo parece importar en campaña electoral.
Las decisiones políticas pendientes no deben tomarse solo frente a una hoja de cálculo, sino frente al relato de un pueblo que se niega a ser invisible. Porque cuando una idea se hace «realidad narrativa», se vuelve indestructible en la memoria colectiva. Y una vez que un pueblo recupera la esperanza de ver llegar su tren, ya no hay marcha atrás.
El hierro sigue ahí, bajo el óxido, esperando que la voluntad política esté a la altura de la imaginación de sus ciudadanos. Hagamos que el tren regrese, primero a los libros, después a los periódicos y, finalmente, a nuestras vías.