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El Tren de Cuenca: Crónica de una perfidia y el derecho al futuro (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el enero 20, 2026enero 20, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Hay silencios que no son producto de la paz, sino del despojo. El silencio que hoy recorre los raíles de nuestra provincia es un grito sordo que emana de los despachos donde la rentabilidad financiera ha pasado por encima de la rentabilidad social, de la cohesión territorial y, lo que es más grave, de la palabra dada a los ciudadanos. Cada martes, cuando el sol cae sobre la Plaza de la Hispanidad -frente a la Iglesia de San Esteban-, Cuenca recuerda al resto del país que no somos un solar de paso, sino una tierra con latido propio que se niega a ser desconectada de su propia historia. La canción que hoy entonamos no es solo música; es un acta de acusación y una declaración de soberanía popular.

«Queremos tren de vuelta a Cuenca / Que vuelva el sueño a la región». Estas palabras no nacen de la nostalgia romántica de un tiempo pasado, sino de la necesidad urgente de un futuro posible. El Plan de Movilidad de la provincia, lejos de ser la solución prometida, se ha revelado como un certificado de defunción para la columna vertebral de nuestra tierra. Cerrar una línea de tren convencional en la España que se llena la boca con el término «Reto Demográfico» no es solo una contradicción técnica; es una agresión institucional sin precedentes. Es, en términos llanos, una traición a los principios de igualdad que consagra nuestra Constitución.

Cuando se desmantela una vía, se está desmantelando la posibilidad de vida en los pueblos. La movilidad es el derecho que permite el ejercicio de todos los demás derechos: el acceso a la sanidad, a la educación y al empleo. Sin el tren, los pueblos de Cuenca no tienen «opción», como bien reclama el himno de nuestra lucha. Se les condena a la dependencia del vehículo privado en un contexto de crisis energética, o a la precariedad de un servicio de autobús que nunca podrá sustituir la capacidad vertebradora, la puntualidad y la seguridad del ferrocarril. Es imperativo que las instituciones entiendan que un servicio público no es una empresa que debe dar beneficios en un balance de Excel, sino una inversión en equidad que permite que un ciudadano de Huete o de Carboneras tenga las mismas oportunidades que uno de Madrid o Valencia.

«Si cierran vías, abren heridas». La herida es el aislamiento. La herida es ver cómo las infraestructuras que nuestros antepasados construyeron con esfuerzo son arrancadas para convertir el suelo ferroviario en «vías verdes» que, aunque hermosas para el recreo dominical, no sirven para llevar al estudiante a la universidad ni al trabajador a su puesto. No queremos un museo de lo que fuimos; queremos las herramientas para ser lo que queramos ser. La sustitución del tren por el asfalto es un retroceso histórico que ignora las directrices europeas, las cuales instan a potenciar el ferrocarril como el medio de transporte más sostenible y eficiente en la lucha contra el cambio climático. ¿Cómo se explica que mientras Europa invierte miles de millones en recuperar líneas secundarias, en Cuenca se levanten las vías?

Desde un punto de vista institucional, la exigencia es innegociable: el restablecimiento inmediato del servicio y la inversión en la modernización de la línea. No aceptamos el falso dilema entre el AVE y el tren convencional. El AVE une nodos distantes a gran velocidad, pero el tren convencional une el territorio, une a las personas y fija población. Ambos son complementarios, no excluyentes. Pretender que la alta velocidad soluciona la movilidad de la provincia es un insulto a la inteligencia de los conquenses; es como ofrecer un avión a quien necesita cruzar la calle. La verdadera modernidad no es ir más rápido a Madrid, es poder moverse con dignidad por nuestra propia provincia.

La combatividad de este «Martes de Lucha» emana de una indignación acumulada. Hemos visto cómo se nos prometían inversiones que nunca llegaron, cómo se dejaba morir la línea por inanición —reduciendo frecuencias, empeorando horarios y descuidando el mantenimiento— para luego utilizar ese mismo deterioro como excusa para el cierre definitivo. Es una estrategia de manual: abandonar el servicio para decir que no es utilizado. Pero el pueblo de Cuenca ha calado la maniobra. «Que suene fuerte por la plaza / que suene fuerte el corazón». Ese sonido es la resistencia contra el olvido. Es la voz de una provincia que se sabe maltratada por una clase política que, con demasiada frecuencia, mira hacia otro lado cuando el problema no suma votos en las grandes metrópolis.

Pedimos a los responsables de este despropósito que salgan de sus despachos y escuchen la canción de la plaza. Que miren a los ojos de quienes ven en el tren su única esperanza de no tener que cerrar la casa familiar. La gestión pública debe basarse en la ética del cuidado del territorio, no en la logística del desguace. Cerrar el tren es abrir la puerta definitiva a la despoblación total, es invitar a los últimos que quedan a apagar la luz. Y no lo vamos a permitir. La lucha por el tren es la lucha por la supervivencia de Cuenca.

«Y aquí curamos con canción». Nuestra cura es la movilización ciudadana, es la unidad de acción por encima de siglas y colores políticos. Es la defensa de lo común frente al expolio de lo público. No nos cansaremos. No daremos un paso atrás mientras haya una traviesa que defender. Porque el tren de Cuenca no es solo hierro y madera; es el cordón umbilical que nos une con el mañana. Las heridas que han abierto solo se cerrarán cuando el primer silbato de vuelta anuncie que la razón y la justicia han vencido al abandono. Exigimos el tren, exigimos respeto y exigimos, sobre todo, que se nos devuelva el derecho a soñar que nuestra región tiene un sitio en el futuro. Por cada pueblo, por cada vía, por cada corazón que hoy late con fuerza en la plaza: el tren volverá.

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