
Por momentos, enero ha parecido en Moncloa menos el inicio de un año político que la continuación de un método. Un método ya conocido, ensayado y perfeccionado durante la última legislatura: cuando el Gobierno se queda sin suelo parlamentario, sin relato cohesionado o sin resultados tangibles, despliega humo. Mucho humo. Bien distribuido. Con agenda internacional, anuncios sociales sin respaldo y gestos calculados que ocupan titulares mientras los problemas de fondo siguen intactos.
No se trata de una acusación retórica ni de una consigna de oposición. Basta con observar el orden de los acontecimientos y el tipo de mensajes lanzados desde Presidencia durante este mes de enero para comprobar que la prioridad no ha sido gobernar con estabilidad, sino gobernar el foco.
Ucrania como escenario, la política interior como trasfondo
El ejemplo más claro ha sido la súbita centralidad del debate sobre Ucrania y la política de defensa. La reunión entre Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo en Moncloa se presentó como un ejercicio de responsabilidad institucional en un contexto internacional complejo. Nadie discute que la guerra de Ucrania es un asunto grave ni que la política exterior merece consenso. Lo discutible es el uso oportunista del momento.
El PP lo ha dicho sin rodeos: el Gobierno intenta encerrar el debate en el envío de tropas y la política de defensa para desplazar del centro del tablero su extrema debilidad interna. Un Ejecutivo sin mayoría estable, enfrentado a sus propios socios y sostenido por equilibrios cada vez más frágiles, encuentra en la geopolítica un terreno cómodo: solemne, abstracto y poco fiscalizable a corto plazo.
Mientras se habla de misiones internacionales, no se habla de presupuestos, ni de reformas estructurales, ni de la incapacidad del Gobierno para sacar adelante iniciativas clave en el Congreso. El humo funciona mejor cuando el escenario es lejano.
Vivienda: anuncios sin votos, titulares sin suelo
El segundo pilar del mes ha sido la política de vivienda. O, más exactamente, los anuncios sobre vivienda. Incentivos fiscales, apelaciones a propietarios, llamamientos a la colaboración voluntaria. Medidas presentadas como urgentes y sociales, pero que nacen sin el respaldo de quienes deberían aprobarlas.
El dato político es demoledor: Sumar, Podemos, ERC y Bildu han rechazado frontalmente la propuesta. Algunos la han calificado de “tomadura de pelo”. No hablamos de la oposición, sino del propio bloque que sostiene —teóricamente— al Gobierno.
Aquí la cortina de humo adopta una forma distinta: no se trata de esconder un escándalo, sino de simular acción donde no hay capacidad real de legislar. El anuncio sustituye a la política. El titular reemplaza al acuerdo. Y la fotografía en Moncloa intenta tapar la evidencia de que el Ejecutivo gobierna a golpe de gesto, no de ley.
Reuniones secretas y transparencia selectiva
El tercer episodio de enero ha sido especialmente revelador: la confirmación de que Pedro Sánchez se reunió en secreto en dos ocasiones con Oriol Junqueras para negociar la financiación autonómica. No es tanto el contenido de esas reuniones —previsibles en un sistema parlamentario fragmentado— como la voluntad inicial de ocultarlas lo que resulta políticamente significativo.
En un mes cargado de discursos sobre regeneración democrática y transparencia, Moncloa optó por administrar la información con cuentagotas. Solo cuando las filtraciones hicieron inevitable la confirmación, llegó el reconocimiento oficial.
El mensaje implícito es inquietante: hay una agenda real y otra pública. La primera se negocia en privado con los socios necesarios para sobrevivir; la segunda se construye con grandes debates, anuncios sociales y apelaciones a la responsabilidad institucional. El humo no solo tapa, también separa.
Cada partido, un diagnóstico distinto… con un mismo síntoma
El PP habla abiertamente de cortinas de humo para ocultar corrupción, desgaste y final de ciclo. Vox eleva el tono y convierte cada gesto en un engaño deliberado a los españoles. Sumar no utiliza el término, pero desmonta el relato gubernamental calificando sus medidas de insuficientes o cosméticas. ERC exige transparencia y prioridad política real. El PSOE, por su parte, rechaza todas las acusaciones y acusa a los demás de bloqueo y tacticismo.
Cada uno juega su papel, pero el síntoma común es evidente: nadie cree ya en la estabilidad del proyecto. Cuando ni siquiera los socios aceptan el marco narrativo del Gobierno, el humo deja de ser una herramienta defensiva para convertirse en una señal de agotamiento.
El problema no es el humo, es el fuego que no se apaga
Conviene aclararlo: gobernar implica comunicar, y comunicar implica priorizar mensajes. No toda estrategia comunicativa es una cortina de humo. El problema aparece cuando la comunicación sustituye sistemáticamente a la acción, cuando el anuncio tapa la falta de acuerdos y cuando el debate elevado sirve para no afrontar los problemas inmediatos.
Enero ha dejado una imagen clara de la Moncloa de Sánchez: mucha agenda, mucho gesto, mucho foco… y muy poco suelo parlamentario. El Gobierno sigue en pie, sí, pero cada vez más sostenido por narrativas que por mayorías. Y eso, en democracia, tiene fecha de caducidad.
Porque el humo puede ganar tiempo, pero no gobierna. Y cuando se disipa, lo que queda a la vista no son los titulares, sino las carencias.