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EPISODIOS PROVINCIALES. 30 – Causas, circunstancias, hechos y personas que han hecho de Cuenca una tierra de expulsión (por Juan Andrés Buedo)

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La provincia de Cuenca es uno de los ejemplos más claros de la llamada España vaciada, pero también de una España expulsada. Desde la posguerra hasta el desarrollismo, miles de personas se vieron obligadas a marcharse por falta de oportunidades, miedo o simple supervivencia. Hoy, entre pueblos envejecidos y casas cerradas, la memoria de quienes se fueron —y de quienes se quedaron— sigue reclamando reconocimiento, justicia histórica y futuro.

Cuando marcharse dejó de ser una elección

En Cuenca, irse nunca fue una épica ni una aventura. Durante décadas fue una necesidad silenciosa, una decisión tomada a menudo sin despedidas, como se toman las resoluciones inevitables. La provincia se vació despacio, sin estruendo, sin grandes titulares, mientras otros territorios crecían al calor del desarrollo, la industria y las inversiones públicas. Hoy hablamos de España vaciada como si se tratara de un fenómeno reciente, pero en Cuenca el vaciamiento tiene memoria larga y heridas antiguas.

La dureza del territorio —su orografía compleja, su clima extremo, su secular aislamiento— explica solo una parte del problema. Ninguna tierra se vacía únicamente por razones naturales. Lo que convirtió a Cuenca en una tierra de expulsión fue la suma de desigualdades estructurales, un modelo económico incapaz de generar oportunidades y, sobre todo, una cadena de decisiones políticas que asumieron que el interior podía sacrificarse sin consecuencias.

Durante siglos, la economía conquense se sostuvo sobre una agricultura y ganadería de bajo rendimiento, vulnerable a las crisis y sin alternativas industriales. El siglo XIX, lejos de corregir esta situación, la agravó: las desamortizaciones concentraron la propiedad de la tierra y dejaron a muchos campesinos sin recursos ni expectativas. Marcharse empezó entonces a ser una estrategia de supervivencia.

El golpe definitivo llegó tras la Guerra Civil. A la pobreza estructural se sumaron la represión, el miedo y el silencio. En los pueblos, la posguerra fue especialmente dura: maestros depurados, vecinos señalados, familias rotas. Para muchos, emigrar no fue solo una decisión económica, sino una forma de huir de un pasado inmediato cargado de dolor. La emigración fue también un exilio interior, una salida sin retorno garantizado.

En los años del desarrollismo franquista, mientras se celebraba la modernización del país, Cuenca se convirtió en cantera de mano de obra. El crecimiento de las grandes ciudades se alimentó del vaciamiento rural. Irse se normalizó; quedarse empezó a verse como un error.

Pueblos vacíos, memorias que resisten

El resultado de ese proceso está hoy a la vista. La Serranía de Cuenca ofrece un paisaje de pueblos frágiles, sostenidos por una población envejecida y por una resistencia cotidiana que rara vez aparece en los discursos oficiales. Tragacete, Zafrilla, Huélamo —como tantos otros— no están muertos, pero viven al límite. Cada cierre de servicio, cada invierno más largo, acerca un poco más la posibilidad del abandono definitivo.

En la Alcarria conquense, la historia fue distinta solo en apariencia. La cercanía a Madrid facilitó la salida y selló el destino. Priego, Cañamares o Villaconejos de Trabaque se vaciaron con billetes de autobús y maletas pequeñas. La capital absorbió generaciones enteras. El retorno, tantas veces prometido, rara vez se produjo.

La Mancha conquense resistió algo más, apoyada en una agricultura más productiva. Pero también allí la emigración dejó huella, especialmente entre las mujeres jóvenes. Cuando se marchan ellas, no solo cae la natalidad: se rompe el tejido social, se empobrece la vida comunitaria y se acelera el envejecimiento. Los pueblos no se vacían solo de habitantes; se vacían de futuro.

Y, sin embargo, frente al relato del abandono absoluto, hay algo que no se ha ido: la memoria. Vive en las historias familiares, en las casas cerradas que se abren en agosto, en las fotografías guardadas en cajones. Muchas de las personas que hoy sostienen el vínculo con Cuenca no viven en Cuenca. Son hijos y nietos de la emigración, herederos de una identidad partida entre el lugar de origen y el de destino.

Las mujeres que se quedaron —cuidando mayores, manteniendo rituales, sosteniendo la vida cotidiana— fueron las grandes guardianas de esa memoria. Sin reconocimiento ni épica, mantuvieron pueblos enteros cuando todo invitaba a abandonarlos. Gracias a ellas, Cuenca no es solo un mapa de ausencias, sino también un archivo vivo.

España vaciada o España expulsada

Hablar de España vaciada tiene algo de eufemismo. En el caso de Cuenca, sería más honesto hablar de España expulsada. Porque nadie abandona su tierra por gusto cuando en ella están sus raíces, su lengua cotidiana y sus muertos. Se va cuando quedarse se vuelve inviable.

Durante décadas, el discurso oficial asumió que el progreso exigía concentración: de población, de servicios, de oportunidades. El resultado es un territorio envejecido, con menor peso político y atrapado en un círculo vicioso difícil de romper. Menos habitantes significan menos servicios; menos servicios, nuevas salidas.

Pero este no es solo un problema demográfico. Es un problema moral y político. ¿Qué país acepta como normal que amplias zonas de su territorio queden reducidas a paisaje? ¿Qué democracia puede sostenerse sobre la idea de que hay ciudadanos de primera y de segunda según su lugar de residencia?

Recuperar Cuenca no pasa solo por atraer nuevos pobladores o por campañas de marketing rural. Pasa por reconocer la injusticia histórica cometida, por escuchar a quienes se fueron y a quienes resistieron, y por devolver al territorio aquello que nunca debió perder: servicios, dignidad y capacidad de decisión.

La memoria no sirve para quedarse anclados en el pasado, sino para entender por qué hemos llegado hasta aquí. Cuenca no es una tierra sin valor. Es una tierra a la que se le negó, durante demasiado tiempo, el derecho a decidir su propio destino. Mientras no asumamos eso, seguiremos hablando de despoblación como si fuera una fatalidad. Y no lo es. Es una historia escrita por personas. Y, por tanto, todavía puede reescribirse.

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