
La política local no se desangra de golpe. Se vacía poco a poco. Primero se apagan los debates internos, luego desaparecen las asambleas vivas y finalmente los afiliados dejan de sentirse parte de algo que un día ayudaron a construir. Cuando eso ocurre, los partidos sobreviven, pero dejan de latir.
El Partido Popular de Cuenca atraviesa uno de esos momentos silenciosos. No se trata de una crisis estridente ni de una fractura pública. Es algo más sutil: una desconexión progresiva entre la estructura orgánica y su base afiliada.
En una provincia como la nuestra, donde la política siempre ha sido más conversación que espectáculo, el afiliado no es una cifra estadística. Es concejal en un pueblo pequeño, interventor en una mesa electoral, voluntario en campaña, voz crítica en una junta local. Es capital humano y memoria política. Y cuando esa voz se diluye, el partido pierde arraigo.
Durante años, el PP conquense fue una maquinaria territorial sólida. Supo combinar liderazgo provincial con autonomía municipal. Existía debate interno, pluralidad de sensibilidades y, sobre todo, una cultura de pertenencia. Hoy muchos militantes perciben una organización más vertical, más pendiente del calendario electoral que de la cohesión interna.
No es un fenómeno exclusivo de Cuenca. La política española, en general, ha evolucionado hacia modelos más centralizados, donde la comunicación sustituye al diálogo y la estrategia desplaza a la deliberación. Pero en provincias pequeñas ese cambio se nota más. Aquí todo es más cercano, y también más frágil.
Recuperar la voz de los afiliados no es abrir una guerra interna ni cuestionar liderazgos. Es algo mucho más sencillo y más profundo: devolver espacios de participación real. Reactivar juntas locales. Escuchar antes de decidir candidaturas. Fomentar debate programático. Permitir que la crítica interna no sea vista como deslealtad, sino como síntoma de vitalidad.
Un partido fuerte no es el que silencia discrepancias, sino el que sabe integrarlas. El PP de Cuenca necesita volver a ser un partido con conversación interna, no solo con estrategia externa.
Además, el contexto político provincial lo exige. Cuenca vive un momento de redefinición institucional: debates sobre infraestructuras, despoblación, servicios públicos y modelo económico. En ese escenario, un partido que aspire a gobernar no puede limitarse a reaccionar. Necesita pensamiento colectivo, músculo territorial y militancia motivada.
La desafección no suele anunciarse. Simplemente ocurre. El afiliado deja de acudir, deja de opinar, deja de implicarse. Y cuando se le necesita, ya no está.
La situación del Partido Popular de Cuenca atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas. Lo que comenzó como una etapa de transición, bajo una gestora provisional destinada a estabilizar el partido y preparar un nuevo congreso, se ha convertido en un periodo de incertidumbre, malestar y desconexión con la militancia. Cada día que pasa sin una convocatoria oficial de Congreso agrava esa sensación de provisionalidad y resta cohesión a una organización que siempre se ha caracterizado por su sentido institucional.
El PP de Cuenca no puede permitirse seguir inmerso en una dinámica interna dominada por desconfianzas, silencios e imposiciones. Las gestoras deben nacer del consenso y durar lo estrictamente necesario para garantizar la continuidad, no convertirse en estructuras permanentes que operan sin legitimidad ni diálogo. En este caso, muchos afiliados, cargos municipales y simpatizantes sienten que su partido ha perdido temporalmente el rumbo y que la dirección interina actúa más desde la revancha que desde el espíritu de integración. O por lo menos así lo observamos desde fuera los que no pertenecemos a esa formación política.
En este contexto, se viene expresando públicamente el sincero apoyo mostrado a Montserrat Martínez, una persona que ha demostrado solvencia política, compromiso institucional y una vocación de servicio evidente tanto en su etapa como senadora del Reino de España como en su trayectoria en el ámbito docente. Frente al sectarismo interno y al cortoplacismo, hacen falta referentes de serenidad, experiencia y cercanía como ella.
Muchos militantes -por lo que cuentan en las redes sociales- han vivido desde dentro las etapas más diversas del Partido Popular: los momentos de alegría electoral, los años difíciles y las renovaciones necesarias. Nunca se han apartado del debate interno, incluso cuando han tomado un signo crítico, porque creen en la pluralidad y en la libre expresión de ideas como fuente de fortalecimiento democrático. Pero lo ocurrido recientemente —una publicación desafortunada de un miembro de la gestora, posteriormente borrada, que mostraba más animadversión que sentido de partido— parece que ha cruzado una línea que no puede normalizar la oposición a esa gestora.
Algunos consideran que manifestar una opinión crítica es “hacer daño al partido”. Nada más lejos de la realidad. El auténtico daño lo causan quienes alimentan divisiones, marginan voces o perpetúan situaciones de interinidad en beneficio propio. La unidad no se impone: se construye con diálogo, respeto y legitimidad de origen.
Por eso son muchos afiliados conquenses los que creen que ha llegado el momento de dar un paso al frente y pedir la convocatoria inmediata de un Congreso provincial en Cuenca. Un proceso limpio, participativo y transparente donde cualquier afiliado que cumpla los requisitos pueda presentar su candidatura. No hay mejor antídoto contra la fractura interna que devolver la palabra a las bases, las mismas que han sostenido al partido durante tres décadas y que merecen volver a sentirse parte activa de su futuro.
El Partido Popular de Cuenca no puede vivir eternamente a la espera de que otros decidan por él. Su fortaleza, su historia y su legitimidad política se asientan sobre los valores de la militancia, la cercanía con los pueblos y la defensa de los intereses de la provincia. Ha llegado el momento de mirar al futuro con responsabilidad y coraje. Porque el partido de Cuenca, el que nació del trabajo comprometido de centenares de afiliados desde los años noventa, solo recuperará su voz cuando recupere su voto: el de sus propios militantes.
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