
Las discusiones de política en reuniones navideñas son ya una tradición no escrita, tan inevitable como el turrón duro o el comentario incómodo del cuñado. Aparecen siempre cuando la mesa está llena, el vino empieza a hacer efecto y alguien —sin mala intención aparente— suelta la frase detonante: “Bueno, y de lo que está pasando en el país, ¿qué opináis?”.
A partir de ahí, la velada entra en terreno minado.
La política en Navidad no se discute para convencer, sino para reafirmarse. Nadie cambia de opinión entre el segundo plato y el postre. Lo que se pone en juego no es un programa electoral, sino la identidad: quién es uno, de dónde viene, qué piensa “la gente decente” y, sobre todo, quién está equivocado. Por eso el tono sube tan rápido. No se discute una ley, se discute una forma de entender la vida.
El problema no es que se hable de política, sino cómo y por qué se hace. Se habla en clave de trinchera, con eslóganes aprendidos, titulares reciclados y una sensación permanente de agravio. El otro no es alguien con una visión distinta, sino alguien manipulado, ingenuo o directamente malintencionado. En ese clima, cualquier matiz es interpretado como una traición.
Curiosamente, estas discusiones suelen darse entre personas que se quieren. Padres e hijos, hermanos, tíos, primos. Gente que ha compartido problemas reales —enfermedades, paro, duelos— y que, sin embargo, se encona por debates abstractos donde ninguno tiene capacidad real de decisión. Se rompe la armonía familiar por decisiones tomadas a cientos de kilómetros, por dirigentes que no conocen a nadie de esa mesa y que, probablemente, no dedicarían ni cinco segundos a pensar en ellos.
Hay también un componente generacional. Para algunos, la política es memoria y miedo: lo que costó llegar hasta aquí, lo que no debe volver. Para otros, es frustración y hastío: lo que no funciona, lo que nunca llega, lo que siempre se promete. Cuando esas dos miradas chocan sin escucharse, el conflicto está servido.
La paradoja es que la Navidad debería ser el espacio del paréntesis. Un tiempo imperfecto, sí, pero pensado para rebajar tensiones, no para reproducirlas. Y sin embargo, la política entra en casa porque la política ya está en la nevera, en la factura de la luz, en el alquiler del hijo que no se emancipa, en la pensión del abuelo. Fingir que no existe tampoco es honesto.
Quizá la salida no sea el silencio absoluto, sino la humildad. Aceptar que no sabemos tanto como creemos. Que el otro no es un enemigo, sino alguien que ve el mundo desde otra herida. Cambiar el “tú no te enteras” por un “explícame por qué piensas eso”. Y, si no es posible, recordar algo elemental: ninguna discusión política merece arruinar una sobremesa con personas que seguirán ahí cuando el ciclo electoral haya pasado.
Al final, los gobiernos caen, los partidos mutan y los discursos se reciclan. La familia, con todas sus imperfecciones, es lo único que —si no lo estropeamos nosotros— suele permanecer. Y eso, incluso en tiempos de polarización, debería pesar más que cualquier consigna.