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EPISODIOS PROVINCIALES. 28 – Anatomía del declive inducido en Cuenca (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el enero 9, 2026 por Juan Andrés Buedo
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El declive de Cuenca no es coyuntural ni demográfico en sentido estricto. Es el resultado acumulado de cuatro dinámicas interrelacionadas: 1) Desconexión territorial deliberada; 2) Colapso del modelo económico local; 3) Vaciamiento institucional, y 4) Normalización cultural del declive.

I. El declive no es demográfico: es político

Cuenca no se muere porque falten niños en las escuelas o porque sobren ancianos en los pueblos. Esa es la coartada cómoda, estadística y deshumanizada con la que se pretende explicar lo que en realidad es una decisión política prolongada en el tiempo. El declive de Cuenca no es natural, ni inevitable, ni fruto del azar geográfico. Es el resultado de una suma coherente de decisiones —y omisiones— que han ido vaciando de funcionalidad al territorio hasta convertirlo en prescindible.

Durante décadas se ha confundido despoblación con destino. Se ha aceptado que algunos territorios “no compensan”, que no justifican inversión, que deben resignarse a sobrevivir como espacios residuales, turísticos o asistidos. Cuenca ha sido tratada exactamente así: como una provincia a la que hay que administrar, no desarrollar; mantener, no proyectar; contener, no activar.

La clave del proceso ha sido la desconexión territorial progresiva. No solo física, sino también económica, institucional y simbólica. El cierre del tren convencional Madrid-Cuenca-Valencia no fue un error técnico ni una decisión aislada: fue el símbolo perfecto de una lógica más amplia. Cuando se rompe la conectividad cotidiana —la que usan estudiantes, trabajadores, pequeñas empresas, mayores— se rompe también la posibilidad de un proyecto vital normalizado. Se encarecen los desplazamientos, se limita el acceso a oportunidades y se envía un mensaje claro: este territorio no es prioritario.

A esa desconexión se suma la degradación de servicios públicos esenciales, especialmente la sanidad y la educación superior, convertidas en versiones mínimas, fragmentadas o incompletas. El resultado es un círculo vicioso: quien puede marcharse, se marcha; quien se queda, envejece; y quien podría venir, no encuentra condiciones para hacerlo.

El relato oficial, sin embargo, insiste en naturalizar el proceso. Se habla de tendencias globales, de cambios demográficos inevitables, de eficiencia presupuestaria. Pero lo cierto es que la despoblación no es una causa: es una consecuencia. Antes de que se fueran las personas, se fueron las oportunidades. Antes de que se cerraran las casas, se cerraron las conexiones. Y antes de que se vaciaran los pueblos, se vació la ambición política sobre ellos.

II. Una economía sin proyecto: sobrevivir no es desarrollarse

El segundo gran pilar del declive de Cuenca es el agotamiento de su modelo económico, un modelo que nunca fue realmente transformador y que hoy muestra todos sus límites. La economía provincial descansa sobre tres columnas frágiles: empleo público, turismo de baja intensidad y servicios de escaso valor añadido. No hay nada ilegítimo en ello, pero sí profundamente insuficiente.

Durante años se ha vendido el turismo como tabla de salvación. Patrimonio, naturaleza, tranquilidad, calidad de vida. Todo eso es real, pero también lo es que el turismo, tal como se ha desarrollado, no fija población, no genera empleo estable ni crea tejido productivo diversificado. Es estacional, dependiente y vulnerable. Convierte el territorio en escaparate, no en espacio de vida.

La industria, por su parte, ha sido residual. No por falta de recursos, sino por falta de estrategia. Cuenca podría haber apostado por industria ligera, logística intermedia, transformación agroalimentaria o economía forestal avanzada. No lo ha hecho. O, cuando lo ha intentado, ha sido de forma dispersa, sin escala ni continuidad. La consecuencia es una economía local poco capitalizada, envejecida y sin capacidad de arrastre.

El empleo público ha actuado como colchón social, pero también como límite estructural. Ha garantizado rentas, sí, pero no ha generado dinamismo. Además, cuando el empleo público se convierte en el principal horizonte laboral de una provincia, se envía otro mensaje implícito: aquí no se emprende, se espera. Se espera una plaza, una subvención, una ayuda. Se espera que otros decidan.

A todo ello se suma la ausencia de una economía del conocimiento anclada al territorio. La universidad existe, pero no vertebra. Forma, pero no retiene. Investiga, pero no siempre transfiere. Falta una conexión real entre formación superior, necesidades locales y oportunidades profesionales. Sin esa conexión, el talento se convierte en un recurso de exportación: se forma en Cuenca, pero se desarrolla fuera.

El resultado es una economía de resistencia, no de proyecto. Una economía que permite sobrevivir, pero no elegir quedarse. Y cuando un territorio no ofrece elección, sino resignación, el declive deja de ser una amenaza futura para convertirse en presente estructural.

III. Actores del declive: responsabilidades compartidas, silencios cómplices

Ningún proceso de esta magnitud ocurre sin actores. El declive de Cuenca tiene responsables claros, aunque repartidos en distintos niveles y con diferentes grados de poder.

El Estado central ha actuado bajo una lógica estrictamente contable y metropolitana. Ha priorizado grandes ejes, grandes nodos y grandes cifras, relegando a territorios como Cuenca a la categoría de secundarios. La cohesión territorial ha sido un discurso, no una práctica. Cuando los mapas de infraestructuras se diseñan desde la rentabilidad inmediata y no desde el equilibrio a largo plazo, el resultado es una España cada vez más desigual.

La Junta de Castilla-La Mancha ha desempeñado un papel ambiguo. Ha asumido el discurso de la despoblación, pero sin traducirlo en una confrontación real con el Estado ni en una estrategia diferenciada para Cuenca. Se han multiplicado los programas paliativos, las ayudas dispersas y los planes bienintencionados, pero se ha evitado el conflicto estructural. Se ha preferido amortiguar el malestar antes que cuestionar las decisiones que lo generan.

Las élites políticas y administrativas locales tampoco salen indemnes. Con honrosas excepciones, ha predominado una cultura de bajo perfil, escasa presión y miedo al coste político del enfrentamiento. Se ha confundido lealtad institucional con sumisión, y gestión con liderazgo. El resultado ha sido una provincia con poca capacidad de negociación y aún menos capacidad de imposición.

El tejido económico local, fragmentado y envejecido, ha sido sobre todo víctima del sistema. Pero también ha carecido, en muchos casos, de organización colectiva y visión estratégica. Sin estructuras fuertes, sin interlocución sólida, es difícil influir en decisiones de gran escala.

Y finalmente, la sociedad civil. Capaz de movilizarse en momentos concretos —el tren, la sanidad—, pero sin continuidad ni estructura permanente. La protesta ha sido reactiva, no propositiva; emocional, más que estratégica. Además, una parte importante del capital humano crítico ha emigrado, debilitando la capacidad de presión interna.

El declive de Cuenca, en definitiva, no es responsabilidad de un solo actor, pero sí el resultado de una suma de silencios, renuncias y acomodaciones.

IV. ¿Hay salida? Condiciones para una reactivación posible

Plantear soluciones no significa caer en el optimismo ingenuo. Cuenca no va a convertirse en una gran metrópoli ni en un polo industrial masivo. Pero sí puede aspirar a algo mucho más importante: ser un territorio pequeño, pero viable. Para ello se requieren cambios profundos, no cosméticos.

El primero es recuperar la conectividad funcional como derecho. No como nostalgia ferroviaria ni como reivindicación romántica, sino como infraestructura social básica. Un territorio sin transporte accesible es un territorio sin futuro. Lo mismo ocurre con la conectividad digital, que debe ser real, estable y útil, no una promesa publicitaria.

El segundo es apostar por una especialización económica inteligente. Cuenca no puede hacerlo todo, pero sí puede hacerlo bien en ámbitos concretos: logística intermedia, agroindustria de calidad, gestión forestal avanzada, servicios públicos descentralizados con contenido técnico. Eso exige planificación, inversión sostenida y alianzas público-privadas reales.

El tercero pasa por anclar el conocimiento al territorio. Universidad, formación profesional e investigación deben responder a necesidades concretas del entorno y ofrecer salidas profesionales reales. Sin vivienda accesible, carrera profesional y expectativas de futuro, el talento seguirá marchándose.

El cuarto elemento es político. Hace falta un liderazgo territorial dispuesto a confrontar, con datos, con alianzas y con discurso. Capaz de decir que sin cohesión territorial no hay Estado viable. Capaz de unir a otras provincias periféricas en una agenda común.

Y, por último, una sociedad civil estructurada, permanente, exigente. Que no agradezca migajas, sino que reclame derechos. Que no se conforme con gestionar el declive, sino que aspire a revertirlo.

Cuenca no se vacía sola. La vacían. Pero también puede dejar de hacerlo si decide, colectivamente, dejar de aceptar el papel que otros han escrito para ella.

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