
Durante demasiado tiempo nos hemos contado un cuento tranquilizador: que el comercio sustituiría a la política, que la interdependencia económica haría innecesaria la fuerza y que Europa, gracias a su peso económico y su autoridad moral, podría permitirse vivir al margen de las viejas lógicas del poder. Ese cuento se ha terminado. Y Donald Trump no es la causa de su final. Es la consecuencia.
La pulsión imperialista de Trump no es una extravagancia personal ni una anomalía histórica. Es la expresión descarnada de un mundo que ha dejado atrás las hipocresías del orden liberal y ha vuelto a hablar el lenguaje de la fuerza, la jerarquía y el interés. Trump no disimula. Dice en voz alta lo que otros han preferido envolver en retórica: que las alianzas solo valen si son rentables, que la seguridad se paga y que quien no puede defenderse por sí mismo acaba obedeciendo.
Lo verdaderamente inquietante no es Trump. Lo inquietante es lo cómodo que se mueve en un escenario que Europa ha sido incapaz de ordenar.
Europa: rica, débil y dependiente
La Unión Europea sigue siendo una potencia económica, pero hace años que renunció a ser una potencia política. No tiene política exterior común digna de ese nombre, no dispone de una defensa autónoma real y depende de terceros para garantizar su seguridad energética, tecnológica y militar. Europa habla de valores mientras otros hablan de intereses. Y en el mundo actual, los valores sin poder pesan poco.
Trump ha entendido esta debilidad mejor que muchos dirigentes europeos. Cuando amenaza con retirar el paraguas de la OTAN, no está rompiendo nada: está poniendo precio. Cuando desprecia a Bruselas, no incurre en una grosería diplomática: establece una relación de fuerzas. En su lógica, implacable pero coherente, quien no paga, no manda.
Europa, mientras tanto, se refugia en comunicados, cumbres interminables y declaraciones solemnes. Mucha retórica y poca decisión. Mucha nostalgia del mundo de ayer y poca preparación para el de mañana.
China no espera
Mientras Europa duda, China avanza. Lo hace sin aspavientos, sin discursos incendiarios y sin necesidad de amenazas explícitas. Avanza comprando, invirtiendo, controlando cadenas de suministro, dominando tecnologías clave y extendiendo su influencia en África, Asia y América Latina. China no necesita imponer su modelo por la fuerza: le basta con generar dependencia.
Europa ha sido especialmente ingenua frente a Pekín. Ha abierto sectores estratégicos, ha tolerado prácticas comerciales desleales y ha aceptado una relación profundamente asimétrica, convencida de que el crecimiento económico traería consigo convergencia política. No ha ocurrido. China es hoy más poderosa y más autoritaria.
Trump, con todos sus excesos, fue el primero en señalar abiertamente que China no era un socio, sino un rival sistémico. Su diagnóstico era acertado; su método, profundamente dañino para la cohesión occidental. Pero Europa ni siquiera ha sido capaz de formular un diagnóstico propio. Sigue atrapada entre el miedo a perder mercados y la incapacidad de definir una estrategia.
Rusia: el error que se paga caro
Si China representa el desafío estructural, Rusia encarna el fracaso europeo más clamoroso. El revanchismo ruso no nació en Ucrania. Se alimentó durante años de concesiones, silencios y una dependencia energética asumida con una irresponsabilidad histórica.
Europa sabía lo que hacía cuando apostó por el gas ruso. Sabía que estaba financiando un régimen autoritario con ambiciones imperiales. Y aun así lo hizo, convencida de que la interdependencia económica bastaría para contenerlo. Se equivocó. Y hoy paga el precio.
La guerra de Ucrania ha demostrado hasta qué punto Europa depende de Estados Unidos incluso para defender su propio vecindario. Trump, fiel a su lógica, reduce el conflicto a una cuestión de costes y beneficios. Para Europa, Ucrania debería ser una frontera moral y estratégica. Para Trump, es una ficha negociable. Y esa diferencia revela nuestra debilidad.
El regreso de los imperios
Cuando las normas se debilitan y el multilateralismo pierde fuerza, los imperios regresan. No siempre con tanques, pero sí con sanciones, aranceles, control tecnológico y coerción económica. Trump no pretende liderar un orden global: pretende imponer condiciones favorables a Estados Unidos. Sin complejos.
Europa, acostumbrada a delegar su seguridad y su liderazgo, se encuentra desarmada ante este cambio. Ha preferido creer que la historia había terminado. No lo había hecho. Simplemente esperaba.
España: discurso sin músculo
España no ha sido una excepción. Nuestra política exterior oscila entre la irrelevancia y la retórica. Defendemos Europa en los discursos, pero no apostamos decididamente por una Europa autónoma. Reivindicamos soberanía mientras aceptamos dependencias críticas. Y nos indignamos ante Trump sin preguntarnos qué hemos hecho para no depender de él.
Criticar a Trump es fácil. Construir una Europa capaz de prescindir de sus impulsos imperiales es infinitamente más difícil. Pero también más necesario.
La España interior también paga la factura
A menudo se presenta la geopolítica como algo lejano, ajeno a provincias como Cuenca o regiones como Castilla-La Mancha. Es un error. Las decisiones globales tienen efectos locales muy concretos. La dependencia energética, la inflación, la pérdida de industria, la falta de inversiones o el abandono de infraestructuras no son fenómenos abstractos: se sienten primero en los territorios más frágiles.
Cuando Europa es débil, la España interior pierde. Cuando no hay una estrategia industrial común, los territorios despoblados quedan fuera. Cuando el poder se concentra, las periferias se vacían. La geopolítica también explica por qué unos territorios avanzan y otros se quedan atrás.
Decidir o resignarse
Trump pasará. Su pulsión imperial, no. Forma parte de un mundo más duro, más competitivo y menos complaciente. Europa debe decidir si quiere ser actor o escenario, sujeto o tablero. Y esa decisión no puede tomarse solo desde Bruselas o desde las grandes capitales. Debe pensarse también desde Cuenca, desde Castilla-La Mancha, desde la España que siempre llega tarde a los repartos de poder.
Cuando Europa no decide, otros deciden por ella. Y cuando los imperios avanzan, los territorios débiles pagan primero el precio. No es una advertencia teórica. Es una constatación histórica. Y conviene recordarla antes de que sea demasiado tarde.