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Año nuevo, política vieja en Cuenca (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el enero 2, 2026enero 2, 2026 por Juan Andrés Buedo
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En Cuenca, el calendario cambia con puntualidad suiza. La política, no tanto. Cada comienzo de año llega cargado de discursos renovadores, balances optimistas y promesas de “nueva etapa”. Pero basta rascar un poco para comprobar que, bajo el envoltorio retórico, siguen operando las mismas inercias, los mismos silencios y, sobre todo, los mismos problemas sin resolver.

El arranque de 2026 no es una excepción. Cuenca continúa atrapada en una política que se mueve más por reflejos del pasado que por una visión de futuro. Una política vieja no por la edad de sus protagonistas, sino por la pobreza de sus debates y la falta de ambición transformadora. Hemos devorado las uvas y brindado por un 2026 de prosperidad, pero al cruzar el umbral del Ayuntamiento y de la Diputación, el aire huele a lo de siempre. En Cuenca, el paso del tiempo parece regirse por una física distinta: cambian las cifras del año, pero los expedientes sobre la mesa mantienen el mismo polvo de hace una década.

La «política vieja» no se define por la edad de quienes la ejercen, sino por la repetición de fórmulas que han demostrado su ineficacia. Asistimos, un enero más, al intercambio de reproches entre bancadas. Lo más preocupante de esta inercia no es solo la falta de grúas o de nuevas empresas; es la desconexión emocional de la ciudadanía. El conquense ha desarrollado un sistema inmunológico contra los anuncios grandilocuentes. Cuando se habla de «proyectos estratégicos», la respuesta en la calle no es de ilusión, sino de un sutil arqueo de cejas.

Para que la política deje de ser «vieja», hay que romper el ciclo del anuncio y el olvido. Si los presupuestos vuelven a ser una copia de los anteriores con la fecha actualizada, seguiremos atrapados en este «día de la marmota» a orillas del Júcar y el Huécar.

Renovaciones que no renuevan

El ejemplo más evidente lo encontramos en la situación interna del Partido Popular en la provincia. La salida de Benjamín Prieto tras más de una década de control orgánico fue presentada como el inicio de un tiempo nuevo. Sin embargo, la sustitución por una gestora ha dejado al descubierto algo más profundo: una organización atrapada en luchas internas, equilibrios de poder y decisiones verticales que poco tienen que ver con una verdadera apertura a la sociedad conquense.

Cambian los nombres, pero no las dinámicas. Se habla de cohesión mientras se mantienen las mismas estructuras cerradas; se promete renovación mientras se evita un debate de fondo sobre el proyecto político para una provincia en declive demográfico y económico. Es política vieja con lenguaje nuevo.

Iniciamos 2026 y, en Cuenca, la esperanza no es más que un ejercicio de cinismo. Bajo el barniz de los buenos deseos navideños, la realidad se impone con la crudeza de una ciudad que no avanza, no porque no pueda, sino porque sus gestores han decidido que el inmovilismo es su zona de confort. La política en esta tierra ha dejado de ser el arte de lo posible para convertirse en el arte de la excusa permanente.

El Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) es, hoy por hoy, el monumento más grande a la desidia municipal. Seguimos navegando con un mapa del siglo pasado, un corsé que asfixia cualquier intento de modernización y que convierte la inversión privada en una carrera de obstáculos burocráticos.

Que en pleno 2026 Cuenca carezca de un diseño urbano adaptado a los retos de la sostenibilidad y el crecimiento industrial no es un «retraso administrativo»; es una traición al futuro de la capital. El Ayuntamiento parece cómodo en este caos normativo que solo sirve para justificar por qué nunca se hace nada, mientras el casco urbano se desangra y las oportunidades de desarrollo huyen hacia provincias vecinas con menos complejos y más agilidad.

Si el urbanismo es un drama, la gestión sanitaria roza la tragedia. El nuevo Hospital General, que debería ser el orgullo de la provincia, se alza como el símbolo de una planificación errática y soberbia.

Emplazar una infraestructura crítica de tal magnitud en una ubicación cuestionada desde su origen —por accesibilidad y por falta de visión de conjunto— evidencia que la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha ha priorizado la foto de la inauguración sobre la funcionalidad asistencial. No basta con levantar muros de hormigón si el acceso es una ratonera y si la política de personal sigue ignorando las necesidades de los profesionales. Se han construido las paredes de un hospital, pero se ha agrietado la confianza del paciente.

El eterno debate presupuestario

En este tablero de ajedrez, la Diputación Provincial y la Junta actúan como dos directores de orquesta que no solo no se escuchan, sino que tocan partituras diferentes. La política de la Diputación se ha perdido en un laberinto de anuncios vacíos y clientelismos de baja intensidad, incapaz de vertebrar una provincia que se vacía mientras ellos se dedican al marketing de la «Cuenca profunda».

Por su parte, el Gobierno regional parece ver a Cuenca como una sucursal periférica a la que contentar con migajas y promesas de largo plazo. La coordinación entre ambas instituciones es un mito; lo que existe es una desorientación estratégica donde la única prioridad es mantener el equilibrio de poder, no solucionar el aislamiento de nuestros pueblos o la falta de pulso de la capital.

El PSOE gobierna Castilla-La Mancha con mayoría suficiente y presenta unos presupuestos que, año tras año, prometen inversiones millonarias para Cuenca. Las cifras se repiten, los anuncios se multiplican y los balances oficiales dibujan una provincia en progreso constante.

Pero la pregunta clave sigue sin respuesta: ¿qué modelo de desarrollo se está construyendo realmente? Porque invertir no es sinónimo de transformar. La política presupuestaria sigue anclada en una lógica distributiva, no estratégica. Mucha obra, mucho titular, pero poca planificación a largo plazo para combatir los grandes males estructurales: despoblación, envejecimiento, precariedad laboral y pérdida de servicios.

Cuenca no padece una maldición geográfica, padece una anemia de liderazgo. Mientras el Ayuntamiento se escuda en el PGOU, la Junta se aferra a un hospital con taras de diseño y la Diputación sigue sin brújula, el ciudadano asiste atónito a este espectáculo de política vieja.

En 2026, ya no sirven los brindis ni las palmaditas en el hombro. O se rompe el ciclo de la ineficacia, o Cuenca seguirá siendo esa ciudad que todos dicen amar pero que nadie se atreve a gestionar con la valentía y el rigor que exige el siglo XXI. Basta ya de política de escaparate sobre una ciudad que se cae a trozos.

A todo ello se suma una relación compleja con el poder regional. Emiliano García-Page presume de estabilidad y autonomía frente a Madrid, pero esa estabilidad no siempre se traduce en un trato equilibrado para provincias como Cuenca. La financiación autonómica, la planificación sanitaria, el mapa educativo o las infraestructuras siguen generando agravios comparativos difíciles de disimular.

Cuenca no necesita ser utilizada como ejemplo retórico de lucha contra la despoblación. Necesita ser escuchada, incorporada a las decisiones estratégicas y tratada como territorio prioritario, no como nota al pie de los discursos regionales.

La oposición critica, con razón en algunos casos, la falta de proyectos tractores. El problema es que ese reproche suele quedarse en el ruido parlamentario, sin una alternativa sólida encima de la mesa. Otra vez, política vieja: gobierno que se autopremia, oposición que protesta, y una provincia que sigue esperando.

Gestión municipal sin horizonte

En el ámbito municipal, la política se reduce cada vez más a la gestión administrativa. Decisiones como la disolución de organismos autónomos, planes de empleo temporales o reconocimientos institucionales tienen su importancia, pero no sustituyen a un proyecto de ciudad.

Cuenca necesita algo más que orden interno y buena administración: necesita una idea clara de hacia dónde va. ¿Qué papel quiere jugar en el mapa regional y nacional? ¿Cómo se conecta la ciudad con su provincia? ¿Qué modelo económico se impulsa más allá del turismo estacional y el empleo público?

Estas preguntas apenas aparecen en el debate local. Se gobierna al día, se reacciona a los problemas cuando estallan y se confunde estabilidad con inmovilismo. Otra forma de política vieja, más silenciosa pero igual de dañina.

El espejismo del balance positivo

Desde las instituciones se insiste en los datos positivos: ligera recuperación demográfica, bajada del paro, llegada de inversiones industriales puntuales. Todo eso es cierto. Pero también lo es que la percepción social no acompaña al optimismo oficial.

La gente no vota estadísticas, vota experiencias. Y la experiencia cotidiana en amplias zonas de Cuenca sigue marcada por la dificultad para acceder a servicios básicos, la falta de oportunidades para los jóvenes y la sensación de abandono institucional. Cuando el discurso político ignora esa brecha entre cifras y realidad, se convierte en propaganda. Y la propaganda es, también, política vieja.

La política vieja no se combate solo con caras nuevas ni con más anuncios. Se combate con ideas, con valentía y con voluntad real de cambiar prioridades. Requiere abrir los partidos, escuchar a la sociedad civil, asumir riesgos y romper consensos cómodos.

Mientras la política en Cuenca siga girando alrededor de disputas internas, balances autocomplacientes y gestión sin horizonte, el calendario seguirá avanzando sin que nada esencial cambie.

El año es nuevo. Los retos, antiguos. Y la política, demasiado vieja para afrontarlos como merecen los conquenses.

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