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La España rural como reserva estratégica de resiliencia nacional (por Eduardo Cruz)

Publicada el noviembre 3, 2026noviembre 3, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Del abandono territorial a la seguridad colectiva

Nuestra sociedad se ha construido sobre un modelo de concentración de población, actividad económica y consumo en grandes ciudades, que depende de complejas redes de abastecimiento y distribución para garantizar su funcionamiento cotidiano. El suministro eléctrico, el agua potable, las telecomunicaciones, el transporte, los combustibles y la distribución de alimentos constituyen una red de servicios esenciales cuya interrupción podría comprometer seriamente la vida de millones de personas.

Una catástrofe natural o provocada por la actividad humana, como una inundación, un incendio forestal, un apagón prolongado, un accidente industrial, un ciberataque o una interrupción de las cadenas logísticas, podría poner de manifiesto la vulnerabilidad de este modelo. Cuanto mayor sea la concentración de población y más dependiente resulte de suministros exteriores, mayores serán las dificultades para mantener su funcionamiento ante una crisis prolongada.

En este contexto, resulta razonable plantearse la necesidad de recuperar la capacidad de autonomía de los territorios y preparar a la población para afrontar situaciones excepcionales. Una primera medida consiste en fomentar las reservas domésticas de alimentos, agua potable, medicamentos y productos básicos, de manera que las familias puedan mantener cierta autonomía durante un mínimo de 72 horas, ampliable a una o dos semanas cuando sus posibilidades lo permitan. No se trata de alimentar el alarmismo, sino de incorporar la prevención y la preparación ante emergencias a nuestra cultura cotidiana.

Sin embargo, la resiliencia no puede limitarse al ámbito doméstico. También debe abordarse desde una perspectiva territorial. En este sentido, los espacios rurales y las comarcas menos pobladas pueden desempeñar un papel estratégico por sus recursos naturales, productivos y energéticos. Disponen de tierras agrícolas, explotaciones ganaderas, recursos hídricos, posibilidades de generación renovable, instalaciones de almacenamiento y espacios que podrían contribuir al abastecimiento y alojamiento de población en circunstancias excepcionales.

Ahora bien, disponer de recursos naturales no garantiza por sí mismo la capacidad de respuesta. La despoblación, el envejecimiento, la desaparición de pequeños comercios, la pérdida de explotaciones agrarias, el deterioro de los servicios sanitarios y la reducción del transporte público debilitan la capacidad de los municipios para atender sus propias necesidades y colaborar con otros territorios. Un pueblo sin población activa, sin servicios y sin actividad económica puede conservar tierras y recursos naturales, pero difícilmente podrá transformarlos en una verdadera capacidad de supervivencia colectiva.

Otro escenario que merece consideración es el posible desplazamiento de población desde las grandes ciudades hacia territorios menos poblados como consecuencia de una catástrofe prolongada. Las personas que dispongan de segundas residencias, viviendas familiares o vínculos con el medio rural podrían buscar allí refugio temporal. También podrían producirse movimientos de población más permanentes si las condiciones de vida y seguridad en las ciudades se deteriorasen durante un periodo prolongado.

Esta posibilidad plantea un problema de planificación: los municipios rurales no siempre disponen de infraestructuras suficientes para recibir grandes cantidades de población adicional. La llegada desorganizada de personas podría provocar problemas de abastecimiento de agua, saturación sanitaria, escasez de alimentos y combustible o dificultades de alojamiento. Por tanto, sería necesario conocer de antemano la capacidad real de acogida de cada comarca, teniendo en cuenta sus recursos, servicios e infraestructuras.

La respuesta podría consistir en crear una red de municipios resilientes, organizada mediante centros comarcales de coordinación y abastecimiento. Estos centros permitirían articular reservas alimentarias, depósitos de agua, instalaciones energéticas, recursos sanitarios, alojamientos temporales y medios de transporte. La producción agrícola y ganadera de proximidad, las cooperativas, los pequeños establecimientos comerciales y las redes de colaboración vecinal formarían parte de un sistema de seguridad territorial distribuido, capaz de reducir la dependencia de los grandes centros logísticos.

La provincia de Cuenca ofrece un escenario interesante para estudiar esta posibilidad. Su estructura territorial, su actividad agrícola y ganadera, sus recursos naturales y su distribución de pequeños municipios permiten plantear un proyecto piloto de resiliencia provincial. Se trataría de identificar los recursos disponibles, las viviendas desocupadas que pudieran habilitarse, las instalaciones públicas susceptibles de prestar servicios de emergencia, la capacidad sanitaria de las comarcas y las infraestructuras necesarias para garantizar el abastecimiento y la movilidad.

En esta planificación también debe contemplarse la importancia de las comunicaciones. Las carreteras, las redes de transporte público y el ferrocarril convencional constituyen infraestructuras que pueden facilitar el desplazamiento de personas y mercancías. Mantener alternativas de transporte y evitar que los territorios queden aislados es fundamental para garantizar su capacidad de respuesta ante situaciones excepcionales. La conectividad no debe entenderse únicamente como un instrumento de desarrollo económico, sino también como un componente de la seguridad y la resiliencia territorial.

La propuesta exigiría elaborar un estudio que determinase cuánta población adicional podría atender cada municipio durante una emergencia de 15, 30 o 90 días, calculando sus necesidades de agua, alimentación, energía, alojamiento, saneamiento y asistencia sanitaria. A partir de ese diagnóstico podrían establecerse reservas estratégicas, protocolos de colaboración entre municipios y mecanismos de coordinación con las administraciones públicas y los servicios de protección civil.

En definitiva, la despoblación rural no constituye solamente un problema demográfico, económico o cultural. También puede convertirse en un problema de seguridad nacional cuando supone la pérdida de capacidad productiva, de servicios esenciales y de alternativas territoriales ante una crisis.

La solución no consiste en trasladar masivamente a la población urbana al campo cuando se produzca una catástrofe, sino en construir previamente un país más equilibrado, con territorios rurales habitados, productivos, comunicados y dotados de servicios públicos. Un país donde las ciudades puedan abastecerse de manera más diversificada y los pueblos dispongan de recursos y capacidad para sostenerse y colaborar con otros territorios cuando sea necesario.

La España rural no debería contemplarse únicamente como un territorio que necesita ayudas para sobrevivir, sino también como una reserva estratégica de producción alimentaria, recursos naturales, energía, espacio y capacidad de acogida para el conjunto del país.

Porque mantener vivos nuestros pueblos, proteger la agricultura y la ganadería, conservar los servicios públicos, recuperar las infraestructuras de transporte y fortalecer las redes de abastecimiento no son solamente políticas contra la despoblación. Son también inversiones en la seguridad, la autonomía y la capacidad de supervivencia de toda la sociedad.

Un país con pueblos vivos, ciudades menos dependientes y territorios interconectados es un país mejor preparado para afrontar las incertidumbres del futuro.

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