
| Somos Cuenca no se crea para fabricar una clientela electoral, sino para convertir una comunidad dispersa en sujeto político: la provincia que trabaja, cuida, emprende, resiste y todavía cree que puede gobernarse mejor. |
Hay preguntas que parecen sencillas y, sin embargo, obligan a una organización política a revelar su verdadera naturaleza. ¿Para quién se crea Somos Cuenca? Si la respuesta fuese únicamente «para ganar las elecciones de 2027», el proyecto nacería ya disminuido. Sería otra marca de temporada, otro recipiente para recoger el enfado, otra candidatura construida alrededor de una cita electoral y condenada a encogerse al día siguiente del escrutinio. Somos Cuenca solo merece existir si responde a una necesidad anterior y más profunda: dar voz, método y poder de decisión a una provincia que durante demasiado tiempo ha sido administrada desde la resignación, fragmentada por los aparatos y convocada casi exclusivamente para votar.
No se crea, por tanto, para una facción cerrada ni para quienes buscan recolocarse tras una decepción partidista. Tampoco para convertir el legítimo amor a Cuenca en hostilidad contra otros territorios. Se crea para una mayoría conquense que aún no se reconoce como mayoría porque vive separada en barrios, pueblos, profesiones, generaciones y recuerdos electorales distintos. Esa mayoría existe. Está formada por personas que no comparten necesariamente una ideología completa, pero sí una experiencia: ven cómo la provincia pierde oportunidades mientras las decisiones importantes se toman lejos, tarde o sin suficiente participación; observan cómo la propaganda ocupa el lugar de los resultados; y sospechan, con razón, que Cuenca podría rendir mucho más de lo que reflejan sus indicadores actuales.
Para quienes dejaron de sentirse representados
Somos Cuenca se crea, en primer lugar, para los ciudadanos políticamente huérfanos. Para antiguos votantes socialistas que conservan una sensibilidad social, pero no aceptan que la disciplina con Toledo valga más que la defensa de la provincia. Para votantes del Partido Popular que creen en la iniciativa, el mérito y la buena administración, pero se cansaron de una oposición condicionada por jerarquías externas o por interinidades interminables. Para quienes confiaron en formaciones minoritarias o candidaturas municipalistas y comprobaron después que la pluralidad podía quedar reducida a bisagra, acompañamiento o reparto de posiciones.
Se crea también para los abstencionistas que no se desentienden de Cuenca, sino de una oferta política que dejó de interpelarlos. No todos los que se quedan en casa son apáticos. Muchos conocen bien los problemas, participan en asociaciones, sostienen a sus familias, cuidan su barrio o defienden un servicio público, pero no encuentran una papeleta que traduzca esa responsabilidad cotidiana en poder institucional. A ellos no se les puede pedir un cheque en blanco ni culpabilizarlos por su retirada. Hay que ofrecerles razones, personas solventes, reglas limpias y compromisos verificables.
Ahora bien, Somos Cuenca no debe concebirse como un refugio de agraviados. El desengaño explica el punto de partida, pero no basta para fundar una alternativa. Se dirige a quien está dispuesto a pasar de la queja a la cooperación, del comentario a la propuesta y del voto ocasional a una ciudadanía vigilante. La puerta ha de estar abierta a procedencias ideológicas distintas; el umbral, sin embargo, debe exigir una lealtad común: los intereses generales de Cuenca por encima del acomodo personal y de la obediencia automática a cualquier estructura exterior.
Para la Cuenca que sostiene la vida diaria
El proyecto se crea para las personas que mantienen la provincia en funcionamiento sin ocupar titulares. Para el autónomo que abre cada mañana con costes crecientes; el comerciante que ve apagarse locales a su alrededor; la agricultora y el ganadero que producen valor sin controlar el precio final; el pequeño empresario que necesita agilidad administrativa en vez de otra fotografía institucional; el empleado público que conoce las carencias del servicio y desea mejorarlo; el profesional que podría impulsar una iniciativa si encontrara interlocución, suelo, vivienda o conectividad.
Se crea para quienes cuidan. Para las familias que atienden a mayores en pueblos con recursos escasos; para las mujeres que han sostenido silenciosamente redes familiares y comunitarias; para las personas dependientes y quienes afrontan la soledad; para los trabajadores de la sanidad, los servicios sociales y la educación que conocen la diferencia entre un derecho anunciado y un derecho efectivamente accesible. Una política provincial seria debe comenzar por esa economía moral de los cuidados, porque un territorio no se mide solo por lo que produce, sino también por la dignidad con que permite vivir, enfermar, criar y envejecer.
Somos Cuenca se crea asimismo para el tejido cívico: asociaciones vecinales, plataformas en defensa de servicios públicos, colectivos culturales, colegios profesionales, entidades sociales, clubes, cooperativas y movimientos que han defendido el ferrocarril convencional Madrid-Cuenca-Valencia cuando las instituciones aceptaban su clausura. Esas organizaciones no deben ser utilizadas como decorado participativo ni absorbidas por el partido. Han de conservar su autonomía. La nueva fuerza deberá escucharlas, incorporar conocimiento y rendir cuentas ante ellas, no convertirlas en sucursales electorales.
Para quienes quieren quedarse, volver o llegar
Hay un destinatario decisivo: la juventud conquense. Somos Cuenca se crea para que quedarse deje de parecer una derrota anticipada. Para que un joven no tenga que escoger entre la fidelidad a su tierra y su desarrollo profesional. Para que pueda alquilar una vivienda, formarse, emprender, trabajar, disfrutar de una vida cultural suficiente y participar sin pedir permiso a los círculos de siempre. No se trata de retener a nadie mediante sentimentalismo. Marcharse puede enriquecer una biografía. La obligación política consiste en que volver sea posible y permanecer, una opción digna y ambiciosa.
También se crea para los conquenses ausentes. Quienes viven en Madrid, Valencia, Alicante, Barcelona o cualquier otro lugar no han dejado necesariamente de pertenecer. Conservan experiencia, redes, capital, conocimiento y afectos que la provincia puede movilizar. Deben disponer de cauces concretos para invertir, mentorizar proyectos, regresar temporal o definitivamente y participar en la conversación pública. La diáspora conquense no es solo la prueba estadística de una pérdida; puede convertirse en una red de retorno y cooperación.
Y se crea para quienes llegan. Una provincia envejecida y demográficamente frágil no puede construir su futuro desde el recelo. Las personas inmigrantes que trabajan, emprenden, escolarizan a sus hijos y rehacen aquí su vida no son huéspedes provisionales: son vecinos y potenciales protagonistas del porvenir provincial. Integrar significa derechos, deberes, aprendizaje del idioma cuando sea necesario, acceso a vivienda y empleo, convivencia y participación cívica. El «somos» perdería su sentido si se reservara únicamente para quienes pueden exhibir varias generaciones de arraigo.
Para toda la provincia, no solo para la capital
Somos Cuenca debe corregir desde su nacimiento uno de los vicios que denuncia: el centralismo. No puede llamarse provincial y comportarse como una candidatura de la capital con delegaciones ornamentales. Se crea para el vecino de la Serranía que teme perder atención sanitaria; para la familia de la Alcarria que necesita movilidad; para el agricultor de La Mancha conquense; para la empresa de la Manchuela; para quienes viven en Tarancón, Huete, Motilla del Palancar, San Clemente, Cañete, Priego, Las Pedroñeras y en los municipios pequeños donde la continuidad de una escuela, un comercio o una ruta de transporte decide la viabilidad comunitaria.
Cada comarca necesita voz, organización y capacidad de formular prioridades propias. La igualdad territorial no consiste en prometer lo mismo a todos, sino en garantizar condiciones equivalentes de ciudadanía con soluciones adaptadas. Transporte a demanda, servicios itinerantes, cooperación supramunicipal, vivienda rehabilitada, conectividad digital, bioeconomía forestal, agroindustria, energía, turismo responsable o cuidados tendrán pesos diferentes según el territorio. El programa común debe ofrecer principios, financiación y método; no imponer desde la capital una uniformidad que ignore la provincia real.
La reciprocidad es igualmente importante. Una provincia viva necesita una capital fuerte, con universidad, hospital, comercio, cultura, administración y capacidad de representación. Y la capital necesita pueblos habitados, economías comarcales activas y vínculos cotidianos que la libren de convertirse en una isla institucional. Somos Cuenca se crea para reconstruir esa alianza, no para enfrentar campo y ciudad en una disputa empobrecedora.
Para quienes exigen otra manera de ejercer el poder
El destinatario no se define únicamente por edad, profesión, residencia o voto anterior. Se define también por una exigencia democrática. Somos Cuenca se crea para quienes desean saber cuánto cuesta una promesa, qué administración es competente, cuándo se ejecutará y con qué indicador se evaluará. Para quienes están cansados de planes sin calendario, convenios presentados como obras terminadas, participación convocada cuando todo está decidido y presupuestos que nadie explica en lenguaje comprensible.
Por eso el proyecto debe hablar especialmente a quienes no quieren sustituir un aparato por otro. La transparencia, las primarias garantistas, las cuentas públicas, la declaración de intereses, la limitación de cargos, la representación comarcal y la rendición periódica no pueden posponerse hasta alcanzar el gobierno. Si Somos Cuenca reproduce en su casa el personalismo, el amiguismo o la opacidad que censura fuera, habrá perdido su autoridad antes de pedir el primer voto.
Se crea para ciudadanos adultos, no para seguidores. Necesitará dirigentes reconocibles y un liderazgo capaz de asumir riesgos, pero no un salvador provincial. La calidad del proyecto dependerá de equipos competentes, deliberación abierta y reglas que sobrevivan a cualquier nombre. Las preguntas ya planteadas públicamente —quién lidera, quién se ha adherido, qué capacidad electoral existe— no son obstáculos incómodos, sino pruebas de realidad. Deben recibir respuestas claras y graduales: personas solventes, implantación verificable y trabajo sostenido. La confianza no se reclama; se gana.
No se crea contra media Cuenca
Conviene precisar también para quién no se crea. No se crea para castigar a todos los que hayan militado o votado a los partidos tradicionales. Una alternativa transversal fracasa si convierte el origen político en certificado de sospecha. Tampoco se crea contra Toledo, Madrid o España, sino contra la subordinación de Cuenca a decisiones que no respeten sus necesidades. El particularismo abierto defiende con firmeza, coopera sin complejo y negocia desde una posición propia.
No se crea para prometer que todo puede resolverse desde un ayuntamiento o una diputación. La honestidad competencial es indispensable. Un gobierno local no reabre por sí solo una línea estatal ni transforma mediante decreto la estructura demográfica; sí puede coordinar, reclamar, litigar cuando proceda, movilizar aliados, preparar proyectos, cuidar la ciudad, facilitar actividad y publicar resultados. Decir la verdad sobre los límites no empequeñece una candidatura: demuestra que está preparada para gobernar.
Y no se crea para repartir cargos entre promotores, portavoces o pequeños grupos. Si la organización se limita a ensamblar ambiciones personales, el nombre «Somos» se convertirá en una impostura. Los puestos deben llegar después del proyecto, mediante procedimientos conocidos y evaluación de capacidades. El objetivo no es que unos pocos entren en las instituciones, sino que la ciudadanía conquense entre con ellos en forma de control, prioridades y poder efectivo.
Una mayoría con derechos y con deberes
La pregunta «¿para quién?» contiene una última advertencia. Somos Cuenca se crea para los conquenses, pero no para halagarlos. Una comunidad no cambia si atribuye todos sus males a dirigentes lejanos y se absuelve de cualquier responsabilidad. También habrá que revisar hábitos: el voto por costumbre, el silencio ante el favor, la desconfianza hacia quien propone algo nuevo, el individualismo defensivo, el comentario privado que nunca se convierte en participación y la tendencia a exigir resultados sin sostener organización.
La nueva fuerza debe reconocer derechos y pedir deberes. Derecho a ser escuchado, informado y representado; deber de informarse, participar, respetar la discrepancia y evaluar con el mismo rigor a propios y adversarios. Derecho de cada comarca a ser tenida en cuenta; deber de cooperar con el conjunto provincial. Derecho a reclamar instituciones mejores; deber de no premiar con el voto las prácticas que después se censuran en la conversación cotidiana.
Así se completa la respuesta. Somos Cuenca se crea para la mayoría que trabaja y cuida; para quienes se quedaron y quienes se fueron; para los jóvenes que buscan horizonte y los mayores que merecen seguridad; para el campo, la ciudad y las cabeceras comarcales; para votantes de procedencias distintas que anteponen la provincia a la obediencia; para quienes llegan y deciden arraigar; para el tejido asociativo que ha preservado la dignidad colectiva; para quien exige gestión, transparencia y resultados.
Pero, sobre todo, se crea para transformar al conquense de espectador en ciudadano protagonista. Esa es la frontera verdadera. Si solo reúne electores, será una papeleta más. Si organiza capacidades, conocimiento, vigilancia y esperanza, podrá convertirse en la herramienta política que la provincia viene necesitando. No una fuerza nacida del resentimiento, sino de la responsabilidad; no una sigla contra otras siglas, sino una mayoría a favor de una Cuenca habitable, productiva, cohesionada y respetada.
Somos Cuenca se crea, en definitiva, para quienes han decidido dejar de esperar. Para quienes comprenden que nadie vendrá desde fuera a ordenar nuestras prioridades con más cuidado que nosotros mismos. Para quienes saben que amar una provincia no consiste en repetir su nombre, sino en dotarla de proyecto, reglas, equipos y coraje. Y para quienes están dispuestos a pronunciar el «somos» en primera persona del plural, con todas sus consecuencias: esta tierra nos pertenece como responsabilidad; su porvenir no será una concesión, sino una tarea común.