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Somos Cuenca, la provincia que decide ponerse en pie (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el agosto 23, 2026agosto 23, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Una nueva marca política no debería venir a añadir otra sigla al paisaje, sino a reunir capacidades, superar la resignación y convertir la identidad conquense en un proyecto compartido de transformación

Hay nombres que se inventan en un despacho y nombres que parecen haber estado esperando durante años a que alguien los pronunciara. Somos Cuenca pertenece a esta segunda categoría. No es únicamente una denominación política. Encierra una afirmación de pertenencia, una llamada a la responsabilidad y una manera diferente de comprender la provincia. Dice quiénes somos, pero también insinúa lo que podríamos llegar a ser si dejáramos de caminar separados.

Cuenca lleva demasiado tiempo contemplándose a sí misma desde la resignación. Nos hemos acostumbrado a hablar de pérdida de población, envejecimiento, falta de oportunidades, infraestructuras postergadas, servicios menguantes y jóvenes que se marchan. Hemos convertido el diagnóstico en una ceremonia periódica. Cada cierto tiempo volvemos a enumerar nuestros problemas, organizamos unas jornadas, presentamos un plan, imprimimos un folleto y regresamos al mismo punto de partida.

No es que Cuenca desconozca sus dificultades. Las conoce demasiado bien. Lo que le ha faltado es una organización política capaz de reunir su energía, ordenar sus prioridades y defenderlas sin subordinaciones. Ha faltado una fuerza que no tenga que esperar instrucciones de Madrid o Toledo para decidir qué necesita la provincia. Una organización que no reduzca la política local a una reproducción cansada de los enfrentamientos nacionales.

Ese es el espacio que puede ocupar Somos Cuenca. No el de otro pequeño partido destinado a pelear por un concejal, una concejalía o una cuota circunstancial de influencia, sino el de una estructura sociopolítica provincial con voluntad de gobierno, vocación de permanencia y capacidad para integrar lo que hoy aparece disperso.

No venimos a dividir, sino a reunir

La primera gran virtud de la marca se encuentra en su propio nombre. “Somos” es una palabra inclusiva. No pregunta de dónde procede cada uno, qué partido votó anteriormente o a qué familia ideológica pertenece. Invita a reconocerse en una comunidad concreta. Acepta que dentro de Cuenca existen sensibilidades distintas, pero sostiene que por encima de ellas hay intereses compartidos que llevan demasiado tiempo sin una defensa suficientemente firme.

Somos Cuenca debería nacer para reunir, no para excluir. En ella deben poder encontrarse quienes proceden del socialismo y consideran que su partido se ha alejado de las necesidades provinciales; quienes han votado al Partido Popular y están cansados de una oposición limitada por sus dependencias orgánicas; quienes participaron en candidaturas municipalistas que después quedaron aisladas; quienes apoyaron a formaciones minoritarias; y quienes, sencillamente, dejaron de votar porque no encontraban ninguna opción convincente.

También debería abrir sus puertas a las asociaciones vecinales, plataformas por los servicios públicos, movimientos en defensa del ferrocarril, profesionales, agricultores, autónomos, comerciantes, estudiantes, empleados públicos, empresarios, jubilados y conquenses que tuvieron que marcharse y siguen mirando hacia su tierra.

La unidad que Cuenca necesita no puede fabricarse mediante una suma apresurada de siglas ni mediante un reparto de puestos entre dirigentes. Deberá construirse alrededor de un contrato político reconocible: defensa del territorio, regeneración democrática, transparencia, igualdad entre municipios, desarrollo económico, servicios públicos de calidad y rendición de cuentas.

No se trata de que todos pensemos igual. Se trata de aprender a trabajar juntos en aquello que nos afecta a todos.

Una fuerza conquense, pero no encerrada

Existe una diferencia esencial entre el provincialismo inteligente y el aislamiento. Somos Cuenca no debería levantar fronteras emocionales ni alimentar agravios estériles. Su identidad puede asentarse en lo que cabe denominar un particularismo abierto: defender con firmeza los intereses de la provincia, cooperar con otros territorios y participar en los grandes debates regionales, nacionales y europeos sin renunciar a una voz propia.

Cuenca no necesita enfrentarse a nadie para defenderse. Necesita dejar de guardar silencio cuando las inversiones no llegan, los servicios se deterioran o determinadas decisiones se adoptan sin escuchar a los municipios afectados.

Defender Cuenca significa exigir que un vecino de la Serranía, la Alcarria, La Mancha conquense o la Manchuela pueda acceder a la sanidad, la educación, la movilidad y la atención administrativa sin sentirse ciudadano de segunda. Significa comprender que la capital y la provincia no son realidades rivales. La ciudad necesita una provincia viva, y los pueblos necesitan una capital fuerte, dinámica y capaz de representar sus intereses.

Significa también defender la recuperación y modernización del ferrocarril convencional Madrid-Cuenca-Valencia, no como un ejercicio de nostalgia, sino como una infraestructura territorial, económica y ambiental. Significa reclamar mejores carreteras y telecomunicaciones, garantizar agua, energía y vivienda, apoyar el tejido productivo y transformar los recursos naturales y culturales en oportunidades sostenibles.

Somos Cuenca tendría que mirar más allá del lamento. No debería limitarse a recordar lo que nos quitaron, sino explicar con precisión lo que queremos construir.

La política de las cosas cercanas

La nueva marca encontrará su mayor fortaleza si consigue devolver la política a la vida cotidiana. A la mayoría de los ciudadanos les preocupan menos las consignas partidistas que el estado de su calle, el precio de una vivienda, la demora de una licencia, la limpieza de su barrio, la atención sanitaria, la ausencia de transporte o las oportunidades laborales de sus hijos.

El municipalismo no es una política menor. Es la esfera donde las decisiones se convierten en experiencias concretas. Una ciudad puede mejorar o empeorar según funcione su Ayuntamiento. Un pueblo puede encontrar una oportunidad o acelerar su decadencia dependiendo de la capacidad de su gobierno local para captar recursos, coordinar servicios y movilizar a sus vecinos.

Somos Cuenca debe presentarse como la fuerza de las cosas que importan. La que simplifica trámites, acompaña al emprendedor, facilita vivienda, atiende la soledad de los mayores, limpia y cuida los espacios públicos, protege el patrimonio, apoya la cultura, conecta barrios y pueblos, atrae actividad económica y mide los resultados de cada política.

Frente a la propaganda, gestión. Frente a las promesas ilimitadas, prioridades. Frente a los anuncios sin calendario, compromisos verificables.

Su programa no debería ser un inventario de deseos, sino un contrato con fechas, presupuestos, responsables e indicadores. Cada medida tendría que responder cuatro preguntas sencillas: cuánto cuesta, quién tiene la competencia, cuándo puede realizarse y cómo sabremos si se ha cumplido.

Esa disciplina aportaría algo muy necesario en la política conquense: credibilidad.

Bienestar para atraer y para permanecer

Uno de los valores más sugestivos del proyecto es la idea de convertir Cuenca en un territorio del bienestar. No como un reclamo publicitario vacío, sino como una estrategia económica, social y demográfica.

Cuenca posee elementos que otras ciudades buscan desesperadamente: un entorno natural extraordinario, patrimonio, escala humana, proximidad, seguridad, tranquilidad y una posición geográfica privilegiada entre Madrid y el Levante. Sin embargo, esas ventajas no producen desarrollo por sí solas. Para que el bienestar se convierta en una verdadera ventaja competitiva necesita empleo, vivienda, conectividad, transporte, sanidad, educación, cultura y servicios.

No basta con invitar a vivir en Cuenca si no se facilita una vivienda asequible. No podemos atraer empresas si cada iniciativa se pierde en la lentitud administrativa. No retendremos jóvenes con discursos sentimentales cuando carecen de oportunidades profesionales. No fijaremos población rural si una familia teme perder la escuela, el consultorio, el transporte o la atención a sus mayores.

El bienestar no consiste solamente en vivir despacio. Consiste en vivir mejor. Es poder trabajar, emprender, estudiar, formar una familia, envejecer con dignidad y participar en la comunidad.

Somos Cuenca deberá unir calidad de vida y creación de riqueza. Bioeconomía forestal, agroindustria, turismo inteligente, cultura, cuidados, innovación social, energías limpias, economía digital, rehabilitación de vivienda y emprendimiento pueden formar parte de un mismo modelo provincial. Un modelo que no considere nuestros pueblos un escenario decorativo, sino espacios productivos con futuro.

Una organización tan limpia como el gobierno que promete

Ninguna marca política puede reclamar regeneración si reproduce internamente los defectos que denuncia. Somos Cuenca tendrá que empezar demostrando que otra organización es posible.

Sus cuentas deberán ser públicas. Sus procedimientos de selección tendrán que ser claros. Sus órganos deberán representar a la capital y a las comarcas. Las decisiones relevantes no podrán adoptarse en una habitación por un grupo reducido. Las discrepancias habrán de resolverse mediante reglas, no mediante expulsiones, rumores o luchas personales.

Necesita liderazgos, por supuesto. La política no avanza sin personas que asuman responsabilidades. Pero deberá evitar el caudillismo local, esa costumbre de confundir un proyecto colectivo con la biografía de su portavoz.

El liderazgo que necesita Cuenca ha de ser firme sin ser autoritario; reconocible sin monopolizar; ambicioso sin resultar arrogante. Un liderazgo capaz de rodearse de personas competentes y admitir que nadie sabe de todo. La solvencia de Somos Cuenca dependerá tanto de sus candidatos como de los equipos que los acompañen.

La organización debería incorporar un código ético exigente, límites a la acumulación de cargos, declaraciones de intereses, procedimientos de primarias garantistas, evaluación de capacidades y mecanismos para que los representantes rindan cuentas durante todo el mandato.

La transparencia no puede comenzar después de ganar las elecciones. Tiene que formar parte de la cultura fundacional.

De la capital a cada comarca

Si Somos Cuenca quiere transformar la provincia, no puede quedar reducida a una candidatura para el Ayuntamiento de la capital. Este sería uno de sus errores más graves.

La Diputación Provincial desempeña un papel decisivo en los pequeños municipios, y su composición depende de la implantación obtenida en los distintos territorios. Para influir en ella no basta con conseguir un buen resultado en la ciudad. Se necesitan candidaturas, equipos, votos y concejales distribuidos por los partidos judiciales.

La organización debe extenderse con inteligencia. No consiste en presentar listas improvisadas en todos los pueblos para aparentar fortaleza. Es preferible construir equipos solventes en municipios estratégicos, apoyar candidaturas locales acreditadas y crear redes ciudadanas allí donde todavía no existan condiciones para competir.

Cada comarca deberá tener voz propia. Los problemas de Tarancón no son idénticos a los de Huete, Motilla del Palancar, San Clemente, Cañete, Priego o Las Pedroñeras. Un proyecto común no significa un programa uniforme. Significa compartir principios y adaptar las soluciones a las necesidades de cada territorio.

Somos Cuenca tendrá que ser provincial sin ser centralista. Si reproduce internamente el dominio de la capital que dice combatir, perderá legitimidad antes de comenzar.

Ni izquierda subordinada ni derecha obediente

La transversalidad será una de sus principales oportunidades y también uno de sus mayores desafíos. No puede significar neutralidad ante todo ni una colección de frases agradables. Una fuerza política debe decidir, priorizar y gobernar.

Pero sí puede rechazar el mecanismo por el cual los intereses de Cuenca quedan subordinados al partido que gobierna en Madrid o Toledo. Demasiadas veces, quienes debían exigir se han convertido en justificadores. Cuando gobiernan los propios, disminuye el tono de las reclamaciones; cuando gobiernan los contrarios, los mismos asuntos adquieren una gravedad repentina.

Somos Cuenca tendrá que romper ese doble lenguaje. Deberá exigir lo mismo con independencia del color político de cada administración.

Eso no supone negar la utilidad de los pactos. Los ayuntamientos requieren acuerdos y la política democrática consiste también en negociar. La cuestión no es con quién pactar, sino para qué, bajo qué condiciones y con qué beneficios verificables para la ciudadanía.

No debería comprometerse anticipadamente con ninguno de los grandes bloques. Sus apoyos tendrán que depender del programa, la transparencia y los intereses territoriales. Un pacto no puede convertirse en una anexión silenciosa ni en el precio de unas concejalías.

La autonomía será su mayor patrimonio. Si la pierde, se convertirá en aquello que pretendía superar.

La esperanza debe organizarse

Somos Cuenca puede resultar seductora porque no nace únicamente del enfado. El enfado moviliza durante un tiempo; la esperanza organizada transforma una comunidad.

Cuenca no es una provincia vacía de capacidades. Posee conocimiento, talento, empresas, universidad, patrimonio, recursos naturales, asociaciones y personas comprometidas. Lo que ha faltado es conectar esas fuerzas alrededor de una dirección compartida.

La nueva marca tendrá sentido si consigue que los ciudadanos dejen de considerarse espectadores. Si convierte a los afiliados y colaboradores en antenas permanentes de los barrios y municipios. Si escucha antes de prometer. Si abre sus grupos de trabajo a quienes conocen los problemas. Si entiende que gobernar no consiste en ocupar instituciones, sino en movilizar inteligencias y recursos para producir resultados.

No tiene que prometer milagros. Deberá ofrecer algo más serio: método, constancia y valentía.

Hay una mayoría conquense que quizá todavía no se reconoce como tal. Está formada por personas de procedencias diferentes que comparten una impresión: la provincia puede más de lo que sus resultados actuales indican. Esa mayoría no necesita una nueva guerra ideológica. Necesita una causa común.

Somos Cuenca será valiosa si logra darle nombre, estructura y horizonte.

No ha de pedir apoyo solamente porque los partidos tradicionales hayan fallado. Tiene que merecerlo mediante una organización mejor, un programa creíble y una conducta distinta. Su propósito no debe ser castigar al bipartidismo, sino superar el sistema de resignaciones, dependencias y fragmentaciones que lo mantiene.

El desafío es enorme, pero la oportunidad también lo es. Por primera vez en mucho tiempo podría construirse una fuerza que no hable de Cuenca desde fuera, que no utilice la provincia como una circunscripción electoral y que no considere sus pueblos una reserva de votos.

Una fuerza nacida aquí, pensada aquí y comprometida aquí. Porque Somos Cuenca no debería ser solo el nombre de una candidatura. Debe ser una declaración colectiva: somos una provincia que conoce sus problemas, reconoce sus capacidades y ha decidido dejar de esperar a que otros construyan su futuro.

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