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Gobernar a ciegas: la Moncloa no se entera, y de Ceuta, menos (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el agosto 28, 2026agosto 28, 2026 por Juan Andrés Buedo
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Ocho horas de parálisis el día de la avalancha, seis avisos sindicales ignorados y casi un mes para activar un mando único resumen por qué Ceuta es la prueba más cruda —y más sangrienta— de una forma de gobernar que confunde resistir con gobernar.

El «no sabíamos nada» lleva dos años funcionando como coartada del Ejecutivo de Pedro Sánchez: sirvió para el caso Koldo, sirvió para Santos Cerdán, sirvió para el apagón del 28 de abril y sirvió, a menor escala, para la primera crisis fronteriza de Ceuta. Cada vez que estalla un fracaso, la Moncloa jura que la información no llegó, que las señales eran ambiguas o que nadie podía prever lo sucedido. Pero ningún episodio ha llevado esa doctrina a un extremo tan grave —y tan letal— como la avalancha migratoria que golpeó Ceuta el 30 y 31 de julio de 2026: más de 70.000 personas entraron en la ciudad autónoma en apenas veinticuatro horas y las autoridades españolas confirmaron al menos 94 muertos, mientras organizaciones marroquíes elevan la cifra por encima de 140. Es, según el propio Gobierno, el mayor episodio fronterizo entre España y Marruecos desde la crisis de 2021.

Ocho horas de parálisis mientras Ceuta se desbordaba

La cronología de aquel jueves es, por sí sola, un retrato del problema. A las nueve de la mañana empezó un goteo de personas cruzando a nado desde Marruecos que a mediodía ya era una avalancha de miles. A esa misma hora, las nueve, el presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, pidió al Gobierno central el despliegue del Ejército. Moncloa, según reconstruye El Mundo, desacreditó durante la mañana la petición de declarar la «emergencia nacional» que habría permitido esa movilización. A las 15:04, Alberto Núñez Feijóo reiteró la exigencia. El Ejecutivo no anunció el despliegue militar hasta ocho horas después de iniciada la avalancha (El Mundo). Ocho horas en las que una ciudad de 83.000 habitantes vio duplicar su población en las calles sin que nadie con autoridad política asumiera el mando de la respuesta.

Sánchez explicó después que lo ocurrido obedecía a la «lectura interesada» que las mafias de tráfico de personas hicieron de una sentencia judicial que impedía las devoluciones en caliente de quienes cruzaban a nado, al no existir «frontera física» en el mar (La Moncloa). Es una explicación técnica y probablemente cierta en parte. Pero traslada de nuevo la responsabilidad a un tercero —las redes criminales, la resolución judicial, Marruecos— en lugar de explicar por qué el aparato del Estado tardó ocho horas en reaccionar ante una emergencia que se veía venir.

Los avisos que nadie quiso escuchar

Y se veía venir, según revela la investigación de Reuters publicada el 15 de agosto. La sentencia que abrió la vía de entrada a nado se conoció el 29 de junio. Apenas once días después, el sindicato de la Guardia Civil AUGC advirtió públicamente de que el fallo había creado una «laguna legal» y reclamó instrucciones claras mientras no existiera una barrera física en el mar. El 13 de julio, el sindicato policial SUP alertó de que las redes criminales «analizaban cada cambio normativo» y adaptaban sus rutas; pidió refuerzos y una política migratoria «coherente y eficaz». El 23 de julio, el mismo sindicato envió una carta al jefe de policía de Ceuta advirtiendo de «llegadas constantes por mar» y de la insuficiencia de las infraestructuras policiales convencionales. En total, AUGC y SUP dirigieron seis comunicaciones al representante del Gobierno en Ceuta y a la jefatura policial antes del 29 de julio. Según los propios sindicatos, el Ministerio del Interior no respondió, y el representante del Gobierno solo ofreció una cita semanas después de la avalancha.

La barrera flotante que debía contener las entradas por mar no se instaló hasta el 1 de agosto, dos días después de la avalancha masiva, no antes. El Ministerio del Interior defendió que ese «trabajo previo de evaluación» permitió montarla en 48 horas desde que se tomó la decisión; el problema es que la decisión se tomó cuando el desastre ya había ocurrido, no cuando los sindicatos llevaban tres semanas pidiéndola. Es exactamente la misma estructura defensiva descrita en el caso Koldo o en el apagón de abril: primero se niega el aviso, después se relativiza su alcance y, cuando los documentos aparecen, se insiste en que nadie podía calcular la magnitud exacta. Puede que nadie previera setenta mil personas en un día. Pero anticipar no exige adivinar la cifra final; exige tomar en serio seis avisos firmados por dos sindicatos policiales durante tres semanas consecutivas.

Casi un mes para admitir la gravedad

Lo que vino después confirma que la lentitud no fue un accidente de un solo día, sino un patrón sostenido. El Consejo de Ministros no declaró la situación de interés para la seguridad nacional en Ceuta hasta el 25 de agosto, casi cuatro semanas después de la avalancha, y solo entonces constituyó el «mando único» —encabezado por el ministro Ángel Víctor Torres— con un comité en el que por fin se sientan la Ciudad Autónoma, la Delegación del Gobierno, el CNI y el Departamento de Seguridad Nacional (La Moncloa). Es decir: la estructura de coordinación que debería haber existido antes del 30 de julio se creó casi un mes después, cuando ya se habían producido nuevas alertas de otro posible cruce masivo el 15 de agosto y cuando más del 90% de quienes entraron ya habían regresado a Marruecos por su cuenta, sin que esa cifra se debiera a una gestión anticipada del Estado sino al reflujo espontáneo de la propia avalancha.

Entretanto, la ministra de Defensa reconoció que se había llegado tarde y pidió disculpas a los ceutíes; Interior insistió en que no existían avisos «objetivos» previos a la magnitud de lo sucedido; y la Moncloa combinó ambos discursos —contrición puntual y negación estructural— sin que ninguno resolviera la pregunta central: ¿qué hizo el Gobierno con la información que sí tenía entre el 29 de junio y el 30 de julio?

El precio exterior de la ceguera

La factura no se ha quedado dentro de nuestras fronteras. La Comisión Europea envió a mediados de agosto un equipo de expertos en migración para evaluar sobre el terreno el riesgo de un nuevo flujo, mientras Italia mantenía suspendida de forma unilateral la libre circulación Schengen con España, alegando el temor a una «nueva ola migratoria». Que un socio comunitario reintroduzca controles fronterizos con España por una crisis que las instituciones nacionales no supieron anticipar ni gestionar con celeridad es, en sí mismo, un indicador de pérdida de confianza. A ese deterioro se suma la escena diplomática con Rabat: el propio ministro marroquí de Justicia llegó a preguntar públicamente por qué España «obliga a la gente a saltar las vallas y lanzarse al mar» si va a permitir que se queden, una crítica que retrata la falta de una política migratoria explicada y sostenida en el tiempo, y no solo reactiva ante cada episodio.

Gobernar es escuchar antes de que lleguen los muertos

Ceuta no es un capítulo aislado dentro del historial de esta legislatura: es su versión más grave porque, a diferencia de un escándalo de corrupción o de un apagón eléctrico, aquí el coste se mide en vidas humanas confirmadas —al menos 94, según el recuento oficial español— y en una ciudad que tardó semanas en recuperar una mínima normalidad. Cuando dos sindicatos policiales documentan seis avisos ignorados en tres semanas, cuando el despliegue militar tarda ocho horas en llegar pese a la petición explícita del presidente autonómico, y cuando el mando único se activa un mes después de la tragedia, la explicación de la ignorancia deja de ser creíble. No es que la Moncloa no se entere: es que decide no escuchar hasta que la evidencia se vuelve innegable, y entonces la presenta como una lección aprendida en lugar de una negligencia reconocida.

Un Gobierno que gestiona la frontera sur del país —y con ella, la vida de decenas de miles de personas y la convivencia de una ciudad entera— no puede seguir apelando a la sorpresa como método. Si algo deja claro Ceuta es que gobernar a ciegas no solo erosiona la credibilidad institucional que España necesita ante Bruselas y ante sus vecinos: cuesta vidas. Y de eso, La Moncloa no puede decir que tampoco se enteró.

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