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La obligación de acoger revela el fracaso de gobernar en Ceuta (por Juan Andrés Buedo)

Publicada el agosto 21, 2026agosto 21, 2026 por Juan Andrés Buedo
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La decisión del Gobierno de mantener en Ceuta durante al menos seis meses a más de 2.500 inmigrantes llegados en la avalancha de finales de julio no puede examinarse únicamente como una medida humanitaria. Es, sobre todo, la consecuencia administrativa de un fracaso político, diplomático y operativo previo.

Atender a quienes permanecen en territorio español, identificar a los menores, registrar a los adultos, garantizar unas condiciones de vida dignas y tramitar las solicitudes de protección internacional no constituye una concesión voluntaria del Ejecutivo. Es una obligación del Estado. Lo verdaderamente cuestionable no es que se instalen recursos de acogida, sino que se haya tardado tres semanas en hacerlo, que se concentre durante meses a miles de personas en una ciudad de apenas 19 kilómetros cuadrados y que el Gobierno continúe actuando sin una explicación pública completa.

Una decisión necesaria, pero tardía

Una vez producida la entrada masiva y constatada la imposibilidad de ejecutar retornos inmediatos, dejar a miles de personas durmiendo en playas, descampados y asentamientos improvisados habría sido jurídicamente insostenible y humanamente inadmisible. Se habían denunciado situaciones de insalubridad, inseguridad y especial vulnerabilidad de mujeres y menores. Human Rights Watch ha reclamado al Gobierno una movilización urgente de recursos y un acceso efectivo a los procedimientos de asilo, mientras que varias informaciones han documentado riesgos de agresiones sexuales entre las mujeres obligadas a dormir a la intemperie.

Por tanto, habilitar alojamientos, asistencia sanitaria, alimentación y protección policial es una respuesta imprescindible. Criticar esa asistencia por sí misma conduciría a un planteamiento equivocado: el Estado no puede convertir la precariedad en un instrumento de disuasión ni abandonar a seres humanos para aparentar firmeza fronteriza.

Pero reconocer esta obligación no exonera al Gobierno. Al contrario: permite delimitar mejor su responsabilidad. El problema es haber llegado hasta esta situación sin previsión suficiente y haber reaccionado con una demora difícilmente justificable.

El dato político más grave: Interior se equivocó

La información del archivo contiene una revelación especialmente comprometida: el Ministerio de Migraciones habría retrasado el despliegue extraordinario porque Interior le comunicó que prácticamente todos los llegados serían retornados a Marruecos y que únicamente permanecerían unas decenas en Ceuta.

Si esta versión es correcta, estamos ante un fallo gubernamental de primera magnitud.

No se trata de una discrepancia menor entre departamentos. Interior habría construido su respuesta sobre una previsión que no tenía asegurada y Migraciones habría organizado la acogida confiando en esa estimación. La consecuencia fue que, durante aproximadamente tres semanas, miles de personas permanecieron en condiciones impropias mientras los ministerios descubrían que el escenario anunciado no se correspondía con la realidad.

Una política migratoria seria debe trabajar con varios escenarios simultáneos:

  • retorno rápido de una parte de los llegados;
  • permanencia provisional de quienes soliciten asilo;
  • identificación y tutela de menores;
  • atención separada de mujeres y personas vulnerables;
  • traslado escalonado a la Península;
  • refuerzo inmediato de policía, intérpretes, sanitarios y tramitadores.

El Gobierno, según se desprende de la información, habría confiado casi exclusivamente en la primera hipótesis. Cuando esta fracasó, tuvo que improvisar las demás.

Ese error afecta directamente al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. Si garantizó políticamente unos retornos que jurídicamente, materialmente o diplomáticamente no estaban asegurados, debe explicar sobre qué informes realizó esa previsión, qué compromiso había adquirido Marruecos, cuándo advirtió que no podría cumplirse y por qué no se activó antes el dispositivo alternativo.

No están “retenidos” por voluntad gubernamental

Conviene, sin embargo, precisar el lenguaje. El titular que habla de “mantener” a 2.500 inmigrantes en Ceuta puede sugerir una decisión discrecional del Ejecutivo, como si el Gobierno hubiera optado libremente por dejarlos allí durante medio año.

La realidad jurídica es más compleja.

La legislación española reconoce a las personas extranjeras presentes en España el derecho a solicitar protección internacional. Una vez formalizada la petición, la Administración debe examinarla y, mientras se resuelve, rige con carácter general el derecho de permanencia y la protección frente a la devolución. Así lo establece la Ley 12/2009 reguladora del derecho de asilo y lo recoge también la normativa europea sobre procedimientos de protección internacional. EUR-Lex

Esto no significa que toda solicitud vaya a ser aceptada, ni que cualquier entrada irregular quede automáticamente regularizada. Significa que el Estado no puede devolver de manera colectiva o automática a una persona sin comprobar antes si concurren motivos de persecución, guerra, tortura o riesgo grave.

El derecho a pedir asilo no equivale al derecho a obtenerlo. Tampoco puede convertirse en una vía para paralizar indefinidamente cualquier procedimiento de retorno. Precisamente por eso resulta esencial dotar a la Oficina de Asilo y Refugio y a la Brigada de Extranjería de medios suficientes para separar rápidamente:

  • a quienes pueden reunir condiciones para recibir protección;
  • a quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad humanitaria;
  • a los menores de edad;
  • y a quienes, después de un procedimiento individual con garantías, no tengan derecho a permanecer.

La lentitud administrativa perjudica a todos. Perjudica al solicitante legítimo, que queda durante meses en la incertidumbre; perjudica a Ceuta, que soporta una presión desproporcionada; y debilita la capacidad del Estado para retornar a quienes reciban una resolución negativa.

Ceuta no puede convertirse en una sala de espera

La previsión de mantener a más de 2.500 personas durante un periodo de seis a diez meses traslada a Ceuta las consecuencias de una crisis que corresponde gestionar al conjunto del Estado.

La ciudad no dispone del territorio, la vivienda, los servicios sociales ni la capacidad sanitaria para absorber durante meses una población sobrevenida de semejante magnitud. La concentración prolongada en campamentos puede generar problemas de convivencia, economía informal, inseguridad, deterioro sanitario y rechazo social. También puede transformar unos recursos concebidos como provisionales en asentamientos semipermanentes.

Según la información analizada, solo unas 300 personas podrían abandonar los campamentos antes de diciembre, mientras el resto dependería de la liberación de plazas en el CETI y en la red peninsular. El cuello de botella no es, por tanto, inevitable: es consecuencia de una planificación insuficiente.

El propio Ministerio reconoció que el sistema estatal contaba en 2025 con 56.053 plazas entre protección internacional y atención humanitaria, aunque con niveles de ocupación elevados. La estancia media alcanzaba los 283 días. Estos datos demuestran que España posee una estructura extensa, pero también que funciona con escaso margen para responder a una llegada extraordinaria.

No resulta razonable que el traslado desde Canarias a la Península se encuentre relativamente normalizado —más de 20.000 personas fueron derivadas durante 2025— y que en Ceuta se anuncie ahora una permanencia mínima de seis meses como si no existiera alternativa organizativa.

Una factura considerable y poco explicada

La acogida tendrá además un coste público significativo. Las tarifas estatales de referencia se sitúan, con carácter general, entre 50 y 58 euros por plaza y día, y ascienden en los recursos destinados a personas especialmente vulnerables.

Si se tomara únicamente como orientación una horquilla de 50 a 58 euros diarios para 2.500 personas durante seis meses, el coste de acogida podría situarse aproximadamente entre 22,5 y 26,1 millones de euros. No es una previsión presupuestaria oficial, pero permite apreciar la dimensión económica de la operación.

Ese gasto puede ser necesario y legítimo. Lo que no sería aceptable es que se tramitase bajo fórmulas de emergencia sin suficiente transparencia. El Gobierno debería publicar periódicamente:

  • número real de personas acogidas;
  • distribución por edad, sexo y nacionalidad;
  • solicitudes de asilo presentadas;
  • expedientes resueltos favorable y desfavorablemente;
  • traslados efectuados;
  • retornos ejecutados;
  • contratos de emergencia formalizados;
  • entidades beneficiarias;
  • coste por plaza y duración prevista.

La “discreción” mencionada en la información no debe confundirse con opacidad. Es comprensible proteger datos personales y detalles operativos sensibles; no lo es ocultar cifras agregadas, contratos o decisiones políticas.

El dudoso cálculo del 75 %

Otro aspecto que exige explicación es la previsión de que aproximadamente el 75 % de los solicitantes obtendrá una resolución favorable. Una estimación de esa naturaleza no puede presentarse sin conocer las nacionalidades, circunstancias personales y fundamentos de cada expediente.

La protección internacional debe concederse mediante un examen individual. Si el porcentaje procede de una evaluación preliminar por países de origen y perfiles de riesgo, el Gobierno debe aclararlo. Si es una mera conjetura administrativa, resulta imprudente difundirla porque alimenta dos sospechas opuestas: que las decisiones ya están predeterminadas o que el Ejecutivo no conoce realmente la composición del grupo.

Tampoco debe confundirse una resolución favorable de asilo con el acceso a ayuda humanitaria por otras circunstancias. Son regímenes jurídicos distintos.

Marruecos, el gran ausente de la explicación

La crisis no puede analizarse como un fenómeno exclusivamente administrativo. Decenas de miles de personas no atraviesan una frontera intensamente vigilada en pocas horas sin que se produzca un fallo extraordinario —o una relajación deliberada— del dispositivo del país vecino.

El Gobierno debe explicar qué sucedió en Marruecos durante los días 30 y 31 de julio:

  • ¿fallaron los controles marroquíes?
  • ¿fueron desbordados?
  • ¿se retiraron efectivos?
  • ¿existió una utilización política de la presión migratoria?
  • ¿qué garantías de readmisión ofreció Rabat?
  • ¿por qué Interior creyó que podrían efectuarse retornos prácticamente generales?

La colaboración con Marruecos es necesaria, pero no puede basarse en la dependencia ni en la ausencia de rendición de cuentas. Si España descansa casi toda su seguridad fronteriza en la voluntad coyuntural de Rabat, cualquier discrepancia diplomática puede convertirse en una crisis dentro de una ciudad española.

La valoración final

La instalación de recursos de acogida es correcta porque responde a una obligación humanitaria y legal. Lo incorrecto es que llegue tarde, que se haya improvisado, que se prolongue la sobrecarga de Ceuta y que todavía no exista una rendición pública de cuentas.

El Gobierno ha confundido tres fases que deberían estar perfectamente coordinadas: controlar la frontera, atender la emergencia y resolver jurídicamente la situación de cada persona. Falló en la primera, tardó en organizar la segunda y corre el riesgo de atascar la tercera.

La respuesta razonable no consiste ni en la devolución indiscriminada ni en una permanencia indefinida sin control. Consiste en una política firme y garantista a la vez: identificación inmediata, protección de los vulnerables, tramitación rápida del asilo, traslado solidario a la Península, retorno de quienes no tengan derecho a permanecer y exigencia diplomática de responsabilidades a Marruecos.

Ceuta no puede pagar durante meses la imprevisión de Moncloa. Los inmigrantes tampoco deben soportarla en campamentos improvisados. Y los españoles tienen derecho a conocer quién se equivocó, cuánto costará corregir el error y qué medidas impedirán que vuelva a repetirse.

Gobernar una frontera no es pronunciar discursos de firmeza después de perder su control. Es anticipar los riesgos, asegurar los acuerdos, preparar alternativas y rendir cuentas cuando todo eso falla. En Ceuta, por ahora, hemos visto demasiado de lo primero y muy poco de lo demás.

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