
Cuenca no suele aparecer en los grandes titulares sobre cambio climático, pero su Serranía guarda una de las claves hídricas de todo el Levante español: en ella nace la cabecera del Júcar, el río del que dependen el regadío y el abastecimiento de buena parte de Valencia y Murcia. Lo que ocurra en nuestras cabeceras de agua ya no es un asunto local. Es un problema que se propaga aguas abajo, y los datos disponibles indican que el deterioro va a más.
Una sequía que ya se mide en millones de euros
Durante años, hablar de cambio climático en Castilla-La Mancha era hablar de proyecciones a décadas vista. Ya no. Un estudio de una universidad alemana estima que la sequía costará a la región 595 millones de euros de Valor Añadido Bruto (VAB) solo en 2025 —el 1,1% del VAB regional de 2024— y que esa factura podría escalar hasta 1.532 millones de euros en 2029, el 2,9% del VAB. Son cifras que no hablan de un futuro lejano, sino del calendario que ya estamos viviendo.
El sector agrario conquense y regional ya lo sufre en la cuenta de resultados. Solo en 2023, la sequía en cultivos herbáceos provocó pérdidas de casi 626 millones de euros, a los que hay que sumar otros 866 millones que los agricultores dejaron de ingresar por la merma en la venta de cosecha, según el Observatorio de la Sequía Agrícola y Ganadera de ASAJA Castilla-La Mancha. Y el viñedo, seña de identidad de nuestra tierra, tampoco sale indemne: con un escenario de subida de 2°C, la región podría perder hasta el 50% de su superficie de viñedo de alta calidad, con serios problemas para variedades tempranas como el cencibel o la chardonnay.
La cabecera del Júcar, en el punto crítico
Si hay un lugar donde estos efectos se concentran con especial intensidad, es precisamente la Serranía de Cuenca. El Plan Hidrológico del Júcar prevé una reducción del recurso subterráneo renovable del 12% respecto a los valores históricos, hasta 2.971 hectómetros cúbicos, junto a sequías e inundaciones más frecuentes e intensas.
Un estudio del Instituto de Ingeniería del Agua y del Medio Ambiente (IIAMA) de la Universitat Politècnica de València, centrado específicamente en esta demarcación, es todavía más explícito: el cambio climático provocará sequías meteorológicas e hidrológicas «más frecuentes y severas» por el efecto combinado de menos precipitaciones y mayor evapotranspiración. Su director, el investigador Manuel Pulido, señala que aunque existe incertidumbre sobre la disponibilidad futura exacta de agua, todos los escenarios climáticos coinciden en un aumento de la duración y la intensidad de las sequías. Y hay un dato que debería preocupar especialmente en Cuenca: es precisamente la cabecera del Júcar, donde se concentra la mayor parte del recurso hídrico de toda la cuenca, la zona más propensa a sufrir un empeoramiento de la severidad de la sequía a medio plazo.
El Plan de Adaptación al Cambio Climático de la cabecera del Júcar pone cifras concretas a ese deterioro: una reducción de los recursos hídricos disponibles de entre el 21% y el 36% a largo plazo, según el escenario de emisiones que finalmente se cumpla. En el escenario más pesimista, el conocido como RCP8.5, ese descenso podría agravarse entre un 25% y un 30% adicional por el efecto del CO2 sobre la transpiración de la vegetación. El mismo plan estima que la frecuencia de sequías severas se duplicará a corto plazo y podría llegar a multiplicarse por diez a largo plazo.
Más allá del agua: incendios y temperaturas al alza
El agua no es el único frente. La Estrategia de Cambio Climático de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha confirma una tendencia estructural que ya se percibe en la calle: temperaturas máximas en aumento, precipitaciones a la baja —hasta un 20% menos para finales de siglo—, más fenómenos tormentosos extremos, pérdida de rendimiento en los cultivos y olas de calor cada vez más frecuentes. En el capítulo dedicado a incendios forestales, los modelos oficiales anticipan que el índice medio de sequía que mide el efecto sobre los combustibles forestales aumentará en toda la región, «particularmente en el sur», lo que coloca a comarcas serranas como las nuestras en una posición de riesgo creciente que no debería tomarse a la ligera.
Un problema que no se queda en Cuenca
La declaración de situación excepcional de sequía que mantiene activa la Confederación Hidrográfica del Júcar desde marzo de 2024 no es un episodio pasajero, sino el reflejo de una tendencia que los organismos científicos y administrativos vienen advirtiendo desde hace más de una década. La diferencia es que ahora los números empiezan a tener nombre y apellido: millones de euros de VAB perdido, hectáreas de viñedo en riesgo, hectómetros cúbicos de agua que ya no estarán disponibles.
Cuenca no es una víctima pasiva de este proceso: es, literalmente, la fuente. Lo que se decida —o se deje de decidir— sobre gestión hídrica, reforestación y adaptación en nuestra Serranía tendrá consecuencias que llegarán mucho más allá de la provincia. Ignorar esa responsabilidad, o seguir tratando la sequía como una anomalía coyuntural en lugar de una nueva normalidad climática, es una negligencia que tarde o temprano pasará factura a todos.