
Hay una pregunta que recorre desde hace años tertulias, libros y consultas de psiquiatras y psicólogos que nunca han tratado clínicamente al paciente en cuestión: ¿qué hay detrás del estilo de liderazgo de Pedro Sánchez? No se trata de un diagnóstico médico —conviene decirlo con toda claridad desde el primer párrafo—, sino de un ejercicio de psicología política que, por su reiteración y por la cantidad de voces especializadas que lo alimentan, merece un análisis periodístico serio, despojado de la caricatura fácil pero también de la ingenuidad.
La tríada oscura, un marco recurrente
El concepto que más ha calado en los análisis mediáticos es el de la «tríada oscura»: narcisismo, maquiavelismo y psicopatía funcional, un esquema de la psicología de la personalidad que la ex diputada Rosa Díez popularizó en su libro Caudillo Sánchez tras una conversación con un catedrático de psicología. Según ese marco, el narcisismo se traduce en fantasías de poder ilimitado y en la convicción de merecer un estatus superior; el maquiavelismo, en el cinismo estratégico que subordina cualquier decisión al interés propio; y la psicopatía funcional, no en el sentido criminal sino en el de una empatía limitada, en la ausencia de remordimiento visible y en la indiferencia ante los costes éticos de las propias decisiones.
De ese marco se derivan comportamientos muy concretos que los analistas atribuyen al presidente: la desautorización sistemática de quien discrepa dentro de su propio partido, el ostracismo hacia los díscolos, la descalificación agresiva de quienes destapan sus contradicciones y una necesidad casi estructural de mantener el control absoluto de la narrativa.
Narcisismo, hubris y la fatiga del antagonista permanente
Otro eje de análisis, quizá más matizado, es el del llamado «síndrome de Hubris»: la enfermedad del poder que afecta a líderes que llevan mucho tiempo en el cargo y acaban convenciéndose de su propia infalibilidad. Psiquiatras y psicólogos consultados recientemente por medios nacionales describen en Sánchez rasgos de frialdad emocional y narcisismo extremo, aunque —y este matiz es clave para no caer en el sensacionalismo— varios de esos mismos especialistas rechazan expresamente la etiqueta de «psicópata» y prefieren hablar de una «resistencia estratégica de supervivencia centrada en un yo hipertrofiado». Es decir: no un trastorno clínico, sino un estilo de personalidad llevado al límite por la exposición constante al poder y a la confrontación.
Ese estilo tiene, además, una lógica interna muy reconocible para quien sigue de cerca la política española: un liderazgo que se retroalimenta de la tensión y necesita un antagonista permanente para justificar cada decisión. Cataluña, la derecha «mediática», los jueces díscolos, Bruselas, la prensa crítica: el relato presidencial siempre encuentra un enemigo exterior que explique la dificultad del momento y que, de paso, cohesione a la parte del electorado que se siente asediada junto a él. Es un mecanismo eficaz —ha permitido a Sánchez sobrevivir a mociones de censura, elecciones adversas y crisis de gobierno que habrían hundido a otros líderes— pero también profundamente polarizante, porque convierte cada legislatura en un estado de excepción permanente.
Repercusión en la política española: la crispación como método de gobierno
Aquí es donde el debate psicológico deja de ser un ejercicio de salón y adquiere relevancia cívica. Si el estilo de liderazgo necesita del conflicto para sostenerse, el conflicto deja de ser un efecto colateral de la acción política y se convierte en su combustible. Esto explica, en buena medida, el deterioro del debate parlamentario, la dificultad para construir consensos de Estado en materias como la financiación autonómica, la reforma judicial o la política migratoria, y la sensación —compartida por votantes de distinto signo— de que España vive permanentemente al borde de la ruptura institucional sin que la ruptura llegue nunca a producirse del todo.
La incapacidad para asumir errores propios sin proyectarlos hacia fuera, que varios analistas señalan como rasgo distintivo, tiene también un coste institucional: dificulta la rendición de cuentas, alimenta el descrédito de los contrapesos (tribunales, prensa, órganos de control) cuando estos incomodan, y normaliza un estilo de comunicación basado en la descalificación del adversario antes que en el argumento.
Una advertencia necesaria
Conviene cerrar con la misma cautela con la que se ha abierto este artículo. Ningún psiquiatra que no haya evaluado clínicamente a Pedro Sánchez puede emitir un diagnóstico válido en sentido médico, y los propios expertos citados en estos análisis lo reconocen explícitamente. Lo que sí es legítimo —y necesario— es el análisis politológico del estilo de liderazgo: sus patrones de comunicación, su gestión del conflicto, su relación con la crítica y su efecto sobre la calidad democrática. Ese análisis, despojado de la etiqueta clínica pero atento a sus patrones de conducta pública, dice tanto del presidente como de un sistema político que ha aprendido a premiar la resistencia por encima del consenso.