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El infiltrado en La Moncloa [Un thriller de Juan Andrés Buedo]

Publicada el junio 25, 2026junio 25, 2026 por Juan Andrés Buedo
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A Julián Cervera nunca le gustó la palabra traición. Le parecía demasiado literaria, demasiado limpia. En los expedientes administrativos las cosas no se llamaban así. Se hablaba de incumplimiento, desviación, quebranto, filtración, pérdida de confianza, vulneración del deber de reserva. Traición era una palabra para novelas, himnos nacionales y tertulianos con voz de trueno.

Él prefería otra: supervivencia.

Llevaba veintidós años en la Administración Civil del Estado. Había aprendido que el verdadero poder no estaba en los ministros ni en los secretarios de Estado, sino en quienes sabían dónde dormían los documentos antes de despertar convertidos en decisiones. Había pasado por tres ministerios, dos subsecretarías, una dirección general y, finalmente, Presidencia del Gobierno. La Moncloa.

No era asesor. No salía en las fotos. No escribía discursos. No mandaba. Pero veía.

Y en junio de 2026 ver era una forma de condena.

La mañana del 24 de junio Madrid amaneció con ese calor sucio que sube del asfalto antes de que el sol termine de imponerse. En la garita de entrada al complejo presidencial, un agente revisó su acreditación con más lentitud de la habitual. Julián notó el gesto. En Moncloa, los cambios pequeños siempre anunciaban problemas grandes.

—Día complicado —dijo el agente.

—Como todos últimamente.

El agente no sonrió.

Dentro, los pasillos olían a café recalentado, colonia cara y miedo administrativo. El presidente comparecía ese día en el Congreso. No era una comparecencia cualquiera. Debía explicar, o aparentar que explicaba, el incendio judicial, político y moral que cercaba al Gobierno: investigaciones, filtraciones, empresarios convertidos en testigos, teléfonos que hablaban más que sus dueños, nombres propios que empezaban a desprender olor a sótano.

En las pantallas internas, los canales de noticias repetían los mismos rótulos con distinta música: legislatura al límite, Sánchez se juega su futuro, presión de los socios, la oposición exige elecciones. Algunos digitales hablaban de Aldama, de Venezuela, de Plus Ultra, de Zapatero. Otros reducían todo a una batalla de relatos. Como si la realidad fuera ya solo eso: un relato con abogados.

Julián dejó su chaqueta en el respaldo de la silla y encendió el ordenador. Su puesto tenía un nombre inofensivo: Unidad de Coordinación Documental y Seguimiento Institucional. En la práctica, era una esclusa. Por allí pasaban versiones de discursos, notas de oportunidad, informes de reacción parlamentaria, argumentarios para ministros, fichas de prensa y documentos que nunca existían oficialmente.

A las 8:12 recibió el primer archivo del día.

COMPARECENCIA PRESIDENTE / VERSIÓN FINAL / NO IMPRIMIR

Lo abrió.

El texto era duro, defensivo, calculado. Hablaba de democracia, de limpieza, de persecución, de respeto a la justicia, de guerra sucia, de estabilidad. No concedía casi nada. No había culpa, salvo la palabra elástica de siempre: confianza. Error de confianza. Exceso de confianza. Confianza traicionada por terceros.

Julián leyó una frase subrayada en amarillo:

“No aceptaré que se sustituya la voluntad popular por una estrategia de demolición personal, judicial y mediática.”

Sonrió sin alegría. Era buena. Demasiado buena. Sonaba a víctima y a caudillo al mismo tiempo.

El teléfono seguro vibró en el cajón.

No era el de Presidencia. Era el otro.

Lo había recibido seis meses antes, en una cafetería de Chamartín, de manos de una mujer llamada Helen Ward, oficial de enlace de una agencia estadounidense que nunca pronunciaba su propio nombre. Helen hablaba español con una perfección inquietante y tenía la mala costumbre de saberlo todo antes de preguntar.

—No queremos secretos de Estado —le dijo entonces—. Queremos anatomía política. Quién decide. Quién obedece. Quién miente. Quién tiene miedo.

—Eso también son secretos.

—No. Eso es Madrid.

Julián aceptó por dinero, por debilidad y por una mezcla confusa de resentimiento. Había visto demasiadas cosas. Había firmado demasiados silencios. Había entendido que el Estado se defendía a sí mismo con una nobleza que sus ocupantes rara vez merecían.

Sacó el teléfono del cajón. El mensaje era breve:

Prioridad absoluta. Informe tras comparecencia. Interés especial: reacción interna, socios, ZP, línea venezolana.

ZP.

Esa era la sigla que nadie quería escribir y todos entendían.

La noche anterior, Julián lo había visto entrar por un acceso lateral. No constaba en agenda. No figuraba en visitas. Llegó sin comitiva visible, con una carpeta fina bajo el brazo y esa sonrisa suya de hombre que siempre parecía venir de mediar entre el cielo y una refinería. Lo recibió el ministro de Presidencia. Subieron juntos.

Julián no escuchó la conversación. No necesitaba escucharla. En Moncloa, ciertas presencias dicen más que los audios.

A las 9:30 lo convocaron a la sala de seguimiento. Estaban los de siempre: gabinete, comunicación, coordinación parlamentaria, un asesor jurídico con aspecto de no dormir desde Semana Santa y Esteban Valcárcel, exfiscal, fontanero oficioso, especialista en convertir problemas penales en niebla política.

Valcárcel no tenía cargo. Esa era precisamente su fuerza.

—El objetivo de hoy no es ganar —dijo el director de Gabinete—. Es aguantar.

Nadie discrepó.

—Los socios quieren gestos —apuntó la responsable parlamentaria—. Sumar exige asumir responsabilidad política. Junts está subiendo el precio. El PNV no quiere ruido, pero tampoco aparecer como cómplice de una agonía.

—¿Y Zapatero? —preguntó alguien.

La sala se quedó quieta.

Valcárcel respondió:

—Zapatero no existe hoy. Si lo sacan, se dice que no forma parte del Gobierno. Punto.

—Pero estuvo aquí anoche —dijo Julián.

No pretendía decirlo. Se le escapó con la naturalidad suicida de quien lleva demasiado tiempo callando.

Todas las miradas giraron hacia él.

Valcárcel lo observó como se observa una mancha de sangre en una alfombra.

—Cervera —dijo—, aquí conviene distinguir entre lo que uno ve y lo que uno sabe.

—Solo constataba un hecho.

—Los hechos sin contexto son munición.

La reunión continuó, pero algo había cambiado. Julián lo notó en el modo en que Valcárcel dejó de mirarlo. No por indiferencia. Por registro.

La comparecencia empezó poco después.

En Moncloa se siguió en silencio, como una operación quirúrgica. El presidente apareció en la pantalla con traje oscuro, gesto grave y esa serenidad ensayada que sus enemigos confundían con arrogancia y sus fieles con temple. Habló de democracia, de limpieza, de urnas, de derechos sociales, de conspiraciones, de jueces convertidos en ariete, de medios intoxicadores, de una derecha incapaz de aceptar la legitimidad del Gobierno.

Julián escuchaba y tomaba notas.

No le interesaban ya las palabras. Le interesaban los huecos.

No dijo “corrupción estructural”.
No dijo “responsabilidad política”.
No dijo “Zapatero”.
No dijo “Aldama”, salvo para degradar su credibilidad.
No dijo “Venezuela”, salvo como ruido importado por la oposición.
No dijo “dimisión”.

Sí dijo “seguir”.

Esa era la palabra central. Seguir gobernando. Seguir resistiendo. Seguir transformando. Seguir frente al fango. Seguir aunque todo alrededor oliera a pólvora mojada.

Cuando llegaron las réplicas, la sala cambió de temperatura. La oposición fue a degüello. Los socios, peor: no mataron, pero cobraron la factura. Las palabras de los aliados eran más peligrosas porque no venían con gritos. Venían con condiciones.

—Esto no cierra nada —murmuró la analista de medios.

Valcárcel, sentado al fondo, contestó sin apartar los ojos de la pantalla:

—Nunca se trató de cerrar. Solo de impedir que hoy se abra la puerta.

La sesión terminó por la tarde. La Moncloa no celebró nada. Un Gobierno que sobrevive no aplaude; cuenta daños.

A las 20:18 hubo reunión interna.

Los informes de reacción eran malos, pero no letales. La militancia resistía. La oposición rugía. Los socios no rompían. Los editoriales golpeaban. Las redes ardían. El presidente había comprado tiempo.

—Cuarenta y ocho horas —dictaminó Valcárcel—. Tal vez setenta y dos si mañana no sale nada nuevo.

—¿Y si sale? —preguntó la responsable parlamentaria.

Nadie respondió.

A las 22:04, Julián bajó al archivo. No por trabajo. Por instinto. En el semisótano había un cuarto técnico sin cámaras, descubierto meses atrás. Allí escribió el informe para Helen Ward.

No adornó. No inventó. No necesitaba.

El presidente no compareció para explicar, sino para resistir. La tesis oficial convierte una crisis política en ofensiva externa. La debilidad del discurso reside en su negativa a asumir responsabilidad institucional. La fortaleza reside en la ausencia de alternativa parlamentaria inmediata. La Moncloa intenta separar formalmente al Ejecutivo de las derivadas vinculadas a Zapatero, pero dicha separación parece más narrativa que operativa. Observada presencia discreta de ZP en el complejo presidencial la noche previa. Clima interno: contención, temor a nuevas filtraciones, dependencia extrema de socios. Evaluación: Gobierno vivo, autoridad dañada, fase de descomposición administrada.

Añadió una última línea:

El edificio no teme tanto a la oposición como a sus propios sótanos.

Pulsó enviar.

Durante tres segundos no pasó nada.

Luego apareció la confirmación.

RECEIVED.

Julián apagó el teléfono.

Al abrir la puerta del cuarto técnico, encontró a Valcárcel esperándolo en el pasillo.

—Trabaja usted mucho, Cervera.

Julián sintió que el corazón le golpeaba en la garganta.

—Había unos expedientes pendientes.

Valcárcel sonrió por primera vez en todo el día.

—Los expedientes siempre acaban pendientes de alguien.

No lo detuvo. No lo interrogó. No lo amenazó. Eso fue lo peor. Se limitó a apartarse para dejarlo pasar.

—Descanse —dijo—. Mañana necesitaremos a todos los leales.

Julián subió las escaleras con las piernas blandas.

Al día siguiente, a las 8:37, encontró un sobre blanco sobre su mesa. Dentro había una sola hoja, sin membrete:

“Sabemos que informa. La pregunta es a quién.”

No había firma.

Durante unos segundos, Julián creyó que era el final. Luego entendió que era algo peor: una invitación.

Afuera, en el pasillo, los funcionarios iban y venían con carpetas, los asesores hablaban en susurros, los teléfonos ardían, los ministros entraban por puertas discretas y en una televisión sin sonido el presidente repetía que seguiría gobernando.

Julián guardó la hoja en el bolsillo interior de la chaqueta.

Entonces comprendió la verdad completa. No era el único infiltrado. Tal vez ni siquiera era el más importante. La Moncloa estaba llena de patriotas de alquiler, leales provisionales, servidores del Estado, servidores del partido, servidores de sí mismos. Él solo había cometido el error de creer que la traición tenía una dirección.

El teléfono interno sonó.

—Cervera —dijo una voz—. Seguridad quiere verlo.

Miró por la ventana. Madrid resplandecía bajo el sol de junio, indiferente, abrasada, teatral. Pensó en Helen Ward, en Valcárcel, en Zapatero entrando por la puerta lateral, en Sánchez defendiendo en el Congreso una fortaleza que quizá ya estaba tomada por dentro.

—Voy —respondió.

Colgó, se ajustó la corbata y salió al pasillo.

Mientras bajaba hacia Seguridad, oyó desde la sala de prensa una frase repetida por todos los canales:

“El Gobierno resiste.”

Julián sonrió.

Resistir, pensó, no significa seguir vivo. A veces solo significa tardar más en caer.

Y siguió caminando.

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