
La terraza de la Calle Carretería estaba a rebosar, como casi siempre que Cuenca decide hacer de primavera aunque el calendario se empeñe en llevarle la contraria. Las sillas de aluminio rascaban el suelo, las cañas sudaban en los posavasos, y un camarero resignado esquivaba carritos, mochilas y bolsos de señora como quien recorre un laberinto diseñado por un enemigo íntimo.
En una mesa de cuatro, bajo una sombrilla que anunciaba un helado que nadie había visto jamás, se habían concentrado cinco personajes que, a primera vista, podían confundirse con cualquier tertulia de terraza. Pero bastaba acercar un poco la oreja —algo que Carretería facilita generosamente— para descubrir que no hablaban del último partido del Madrid, sino de algo mucho más delicado: trenes, jueces, concejales y dignidad ciudadana. Es decir, de Cuenca en estado puro.
A la derecha, el jurista veterano, don Eulogio, llevaba la americana colgada del respaldo, la camisa perfectamente planchada y una carpeta de cuero sobre las rodillas, como si en cualquier momento pudiera levantarse a dictar una providencia imaginaria. Frente a él, Lucía, jurista también, pero de otra generación: vaqueros, zapatillas cómodas y un ordenador portátil que no parpadeaba porque la batería había decidido declararse en huelga en el peor momento posible.
Entre los dos, con una libreta manoseada y un bolígrafo que sufría constantes ataques de nervios, estaba Marta, periodista local, la que sabía exactamente qué vecino se llevaba mal con qué concejal desde la Expo del 92, como mínimo. A su lado, su prima Ana, recién llegada de Valencia, se abanicaba con un folleto turístico que mostraba una Ciudad de las Artes y las Ciencias reluciente, mientras miraba Carretería con mezcla de ternura y antropología. Frente a ellas, cerrando el círculo, se acomodaba Julián, miembro activo —muy activo, según algunos; demasiado, según otros— de una de las plataformas en defensa del tren convencional.
En la mesa de al lado, ligeramente girada hacia ellos como quien no quiere la cosa, un concejal del Ayuntamiento de Cuenca —al que la ciudad conocía por nombre, apodo y hasta mote de infancia— hablaba en voz suficientemente alta como para que lo escuchara medio bar, pero suficientemente baja como para poder alegar luego que aquello era una conversación estrictamente privada. Le acompañaba otro tertuliano municipal, que asentía con la energía de quien lleva años diciendo “sí” como forma de vida y de nómina.
—Yo lo que digo —empezó don Eulogio, removiendo el café con solemnidad jurídica— es que a la Audiencia Provincial le estamos pidiendo milagros. Y la Audiencia, como mucho, puede multiplicar autos, pero no trenes.
Lucía soltó una carcajada breve.
—Eso deberías ponerlo en un artículo doctrinal, Eulogio: “De la imposibilidad metafísica de que la Audiencia Provincial reabra un ferrocarril”. Te lo publican fijo.
—Tú ríete, hija, pero la gente de la calle cree que un juez puede hacer cualquier cosa —respondió él—. Que si condena, que si absuelve, que si reabre líneas cerradas por el Consejo de Ministros… Lo próximo será pedir que el juez les apruebe la hipoteca.
Marta apuntó algo en su libreta, aunque ya sabía que esa frase no la iba a poder usar tal cual. Tenía demasiado veneno y demasiada verdad, una combinación explosiva incluso para un digital modesto.
—Bueno, tampoco les culpes —intervino Julián, que había llegado con una carpeta llena de papeles, mapas y recortes—. A la gente le han vendido que el Supremo, el Constitucional, Europa, la Virgen de la Luz y hasta la ballena de la Ciudad Encantada van a intervenir en el asunto del tren. Y luego somos nosotros, cuatro plataformas y diez pueblos, los que nos comemos la frustración.
Ana, la prima valenciana, levantó la mano como si estuviera en clase.
—Yo tengo una duda —dijo—. ¿Qué hace exactamente la Audiencia Provincial? Porque en mi casa, desde que dije que venía a Cuenca a ver a mi prima, mi padre repite: “A ver si allí los jueces os devuelven el tren ese que os han quitado”. Y ya me está dando vergüenza volver.
—Tu padre es un ejemplo sociológico perfecto —respondió Lucía—. La Audiencia Provincial hace básicamente dos cosas: ver recursos penales y civiles, y recordarnos que el Derecho Procesal tiene menos glamour que Netflix. Lo del tren es otra liga. La del Consejo de Ministros, la del Supremo, la del Constitucional… y la de los votos.
—Y la de las sillas —añadió Marta, mirando de reojo a la mesa del concejal—. No olvidemos la liga de las sillas.
El concejal, como si adivinara la referencia subliminal, se inclinó hacia su compañero de tertulia y subió ligeramente el volumen.
—Lo que no entiende esta gente —decía él, con sonrisa ensayada de pleno municipal— es que el proyecto de ciudad pasa por superar el tren convencional. Hay que mirar al futuro, al turismo de calidad, a la transformación urbana. Esta mentalidad ruralista es la que nos lastra.
Julián clavó los ojos en Marta.
—¿Has oído eso? —preguntó, teatral—. ¿“Mentalidad ruralista”? Lo próximo será pedir que los pueblos pidan perdón por existir.
—Tranquilo —contestó Marta—. Lo he oído, lo he apuntado y lo voy a recordar. El día que ese concejal se presente de candidato a algo, le voy a sacar la frase hasta en la felicitación de Navidad.
—El problema —intervino de nuevo don Eulogio— es que el cierre del tren lo han convertido en un acto de modernidad. Se han inventado una especie de doctrina: “quitar servicios es progreso”. Y claro, luego la ciudadanía se queda con cara de “¿no éramos europeos?”.
Ana miró la calle.
—En Valencia, cuando quitan un autobús, hay manifestación, recogida de firmas y algún diputado autonómico fingiendo indignación en la tele —dijo—. Aquí os quitan el tren y encima os dicen que es por vuestro bien, para que tengáis una carretera preciosa y unos autobuses muy monos.
—Nos han vendido la “movilidad sostenible sin tren” —añadió Lucía—. Es como vender “mar sin agua”. Pero oye, lo llaman “transformación del modelo” y ya parece un máster.
Julián abrió su carpeta y desplegó un mapa que ocupó media mesa.
—Mira, Ana —le explicó—. Esta línea Madrid‑Cuenca‑Valencia llevaba décadas desmontándose en silencio. Primero te quitan frecuencias, luego te cambian horarios a horas imposibles, después dejan de mantener estaciones, hasta que un día te dicen: “No hay viajeros”. Y claro, con esos horarios, el que viaja es un héroe o un despistado.
—Y cuando ya lo tienen lo suficientemente muerto —remató Marta—, aparece la palabra mágica: “racionalización”. Que es el eufemismo fino para “machetazo”.
La conversación del concejal continuaba, como una especie de banda sonora torcida de lo que pasaba en la mesa de al lado.
—La ciudadanía no entiende la complejidad de las decisiones —decía él, gesticulando con una mano, mientras con la otra dejaba que el hielo se derritiera en su refresco—. Los proyectos de transformación necesitan sacrificios. Y a veces hay que tomar decisiones impopulares.
—¿Como no dimitir jamás? —susurró Lucía, arqueando una ceja.
—Ese —añadió Marta— es un sacrificio que al parecer nunca entra en los “escenarios de transformación”.
Ana no podía evitar mirar al concejal con cierta fascinación antropológica.
—Entonces —preguntó—, ¿este señor es de los que apoyaron lo del cierre?
—Este señor —respondió Marta— es de los que llevan años explicando que el tren convencional era viejo, caro, poco eficiente y muy del siglo pasado. Lo cual puede ser cierto en parte, pero convenientemente olvidan quién lo dejó en esa situación y por qué se invirtió en todo lo demás menos en esto.
—Es el típico político —añadió Julián— que te dice: “Yo también quiero tren, pero no podemos vivir de nostalgias”. Y acto seguido vota todo lo contrario. Tiene una habilidad innata para estar sentimentalmente contigo en la manifestación y físicamente en la foto del convenio.
Don Eulogio apoyó las manos en la mesa y miró a cada uno de los presentes como si estuviera dictando sentencia.
—La cuestión jurídica es clara —dijo—. El Consejo de Ministros cierra el tramo. El Tribunal Supremo respalda el cierre. Los ayuntamientos recurren al Constitucional. Algunos se van a Europa. Y la Audiencia Provincial de Cuenca, mientras tanto, está en otra película. Como mucho, podría intervenir si se demostrara que hay delito en la trastienda: prevaricación, malversación, lo que ustedes quieran. Pero aún así, amigo Julián, ni una sentencia penal va a hacer que el tren vuelva a pasar por aquí.
—¿Y entonces? —preguntó Julián—. ¿Qué nos queda? Porque manifestaciones ya llevamos unas cuantas, recursos también, artículos ni te cuento… Si encima la gente cree que la Audiencia puede salvarles y luego no puede, el cabreo será monumental.
—Lo que queda —contestó Lucía— es decir la verdad. Que la justicia provincial no tiene la llave del tren. Que el problema está donde siempre: en la política y en los tribunales superiores. Y que, si el tren vuelve, será porque alguien en Madrid y en Europa decide que dejar esta provincia tirada fue un error, no porque un juez de Cuenca lo ordene en un auto brillante.
—Vamos, que si queremos tren —resumió Ana— tendremos que hacer ruido donde duele: en los votos y en la imagen pública.
Marta sonrió.
—Ahí entra la prensa local, prima —dijo—. Que no tenemos AVE, pero tenemos titulares.
En ese momento, el concejal levantó la voz, quizá porque intuía que la tarde necesitaba un clímax.
—Lo que no podemos aceptar —declaró, con tono de mitin improvisado— es que se nos acuse de traicionar a la ciudad. Hemos traído inversiones, hemos traído proyectos, hemos firmado convenios. ¿Qué han traído otros? ¿Manifestaciones y pancartas?
Julián se giró, sin disimulo.
—Pues mire —le dijo, interpelándole ya directamente—, algunos hemos traído años de billetes de tren pagados religiosamente, estaciones vaciadas a base de decisiones políticas y pueblos que se han quedado sin otra cosa que no sean las pancartas. Y, ¿sabe qué? Hasta las pancartas las pagamos nosotros.
El concejal se removió en la silla, poco habituado a que la terraza respondiera como un pleno sin moderador.
—Yo entiendo su pasión —dijo, modulando el tono—, pero no podemos estar anclados en el pasado. El futuro es la alta velocidad, el turismo, las nuevas centralidades…
—El futuro —le cortó Lucía— será lo que ustedes pacten en los despachos. Pero lo que ha sido el pasado y el presente ya lo sabemos: tren cerrado, pueblos peor comunicados y media provincia sentada en la estación del autobús viendo pasar la “transformación” por las notas de prensa.
Ana, con ese descaro que solo se permite quien no vota allí, remató:
—Y además, concejal, si de verdad cree que la Audiencia Provincial le va a arreglar la papeleta política, igual tenemos que explicarle también a usted cómo funciona la separación de poderes.
Don Eulogio carraspeó, con una media sonrisa.
—Se lo explicamos cuando quiera, señor concejal —añadió—. En la misma terraza, si hace falta. Yo traigo la Ley de Enjuiciamiento Criminal, Lucía el Código Penal, y usted trae el convenio del XCuenca. A ver quién se sonroja primero.
Marta miró el reloj, consciente de que tenía material para tres columnas, dos hilos de redes y un editorial con título contundente.
—Bueno —dijo, recogiendo su libreta—, yo ya tengo lo que necesitaba. Una tarde de Carretería, dos juristas, una prima valenciana, un activista cansado y un concejal en estado puro. Con esto rellenamos media hemeroteca.
Julián plegó el mapa con cuidado, como si doblara el futuro de la provincia.
—Al final —murmuró—, el tren convencional se ha convertido en una prueba de estrés democrático. A ver cuánto aguanta antes de descarrilar del todo.
—No te equivoques —replicó Marta—. El tren ya lo descarrilaron ellos. Ahora lo que estamos probando es cuánto aguante tiene la gente para seguir pidiendo lo obvio sin que le tomen por nostálgica, por aldeana o por “mentalidad ruralista”.
Ana se levantó, miró la calle y respiró hondo.
—Pues yo te digo una cosa —concluyó—: si esto que pasa aquí pasara en Valencia con una línea entera, les montan tal lío que hasta el juez de paz se hace trending topic. Igual lo que os falta no son tribunales, sino ruido.
Lucía brindó con su vaso de agua, que era lo único que quedaba entero en la mesa.
—Por el ruido bien dirigido —dijo—. El que sabe que la Audiencia Provincial no puede reabrir trenes, pero sí puede investigar delitos; que el Supremo ya ha hablado, pero no tiene la última palabra sobre la dignidad; y que los concejales pueden perder lo que más temen: la comodidad de hablar sin que la terraza les conteste.
El concejal, mientras tanto, pidió la cuenta. El camarero se acercó con calma, acostumbrado a que en Carretería se paguen a partes iguales las cañas y las tormentas de palabras.
La tarde empezaba a caer sobre Cuenca. Las vías oxidadas del tren convencional, allá a lo lejos, seguían sin tráfico pero no sin historia. En Carretería, en cambio, el tráfico de argumentos estaba lejos de cerrarse. Al fin y al cabo, allí no mandaba ni el Consejo de Ministros ni el Supremo. Mandaba, como siempre, la conversación.